jueves, 14 de marzo de 2013


LA SOLEDAD ENIGMÁTICA DE GRETA GARBO

Nacimiento de una estrella


Greta Louisa Gustafsson nació en un barrio sureño de Estocolmo, el 18 de septiembre de 1905, en el seno de una familia humilde. Era la tercera y última de los hijos de Anna Louisa Karlsson, una campesina de sangre lapona que ejercía como empleada doméstica, y Karl Alfred Gustafsson, un barrendero municipal que murió de tuberculosis a los 49 años de edad. 

La diva, que en su adolescencia trabajó como dependiente en unos almacenes y en una peluquería, entró en el cine desde la publicidad, al realizar un anuncio comercial para una casa de trajes de baño en calidad de modelo fotográfico. Desde entonces, impulsada por la curiosidad y la pasión intuitiva por la escena, visitó los camarines y los corredores del Söder Teater (Teatro del Sur) en Mosebacke, donde experimentó por vez primera la fuerza y la magia de ese ámbito donde se daban cita las estrellas del arte dramático, sin sospechar que ella misma, años después, se convertiría en una de las lumbreras más apasionantes del séptimo arte, gracias al fulgor de su belleza y su personalidad inaccesible, que le valió el sobrenombre de “la diva” 

En la Escuela Real de Arte Dramática de Estocolmo, donde estudió una temporada, entró en contacto, a los 18 años de edad, con el director de ascendencia judía Mauritz Stiller, quien en ese momento buscaba una actriz que interpretara el rol de Elizabeth Dohna en la película sobre La saga de Gösta Berling (1923), basada en la novela de la afamada escritora sueca Selma Lagerlöf, premio Nobel de literatura en 1909. La película nunca se terminó de filmar, pero Greta Gustafsson, que fue rebautizada con el nombre de Greta Garbo y  convertida en estrella de la noche a la mañana, firmó un nuevo contrato para encarnar a la protagonista central en la película Den glädjelösa gatan (La calle sin alegría), dirigida por el alemán G. W. Pabst, en 1925. Un año más tarde, y con tres películas en su haber, Greta Garbo, contratada por la Metro-Goldwyn-Mayer, llega a Hollywood, donde arrolló con su belleza y su talento, primero en el cine mudo y seguidamente en el sonoro, interpretando una serie de roles que hoy se recuerdan con nostalgia y admiración, no sólo porque fue la primera actriz que en la pantalla entreabrió sus labios al besar, sino también por esa mágica aura que la iluminaba entera.


La diva del celuloide

De Greta Garbo no se conoce una sola fotografía que la muestre desnuda ante sus admiradores, aunque todos se la imaginan tan cimbreante como Marilyn Monroe y tan candorosa como Ingrid Bergman. De cualquier modo, la lozanía de su rostro, cuya fascinante belleza rompía con los cánones de la estética tradicional del cine norteamericano, recorrió el mundo y fascinó a millones de espectadores, quienes admiraban el perfil de su nariz respingona, el arco de sus cejas sometidas a una depilación casi total, la mirada sensual que desprendían sus ojos, el arco de amor de su labio de granate y el espeso maquillaje que convertía su piel en una porcelana, lista para ser captada por las cámaras que la seguían de lejos y de cerca. Aunque era una mujer recatada por naturaleza, mantenía una relación casi erótica con la cámara, pidiendo rodar sus escenas en platós cerrados, como quien no permite en su recámara más que la presencia del director, del galán y del fotógrafo. No en vano Cecil Beaton, su camaraman y enamorado secreto, confesó que verla era estar presenciando las más remotas profundidades del rostro humano.

Su ya famosa pose, tan difícil de imitar, con la cabeza echada hacia atrás y vista de perfil, es el fruto de un minucioso estudio de su figura. Según dicen algunos aficionados al cine, Greta Garbo aprendió a estirarse el cabello hacía atrás para traslucir inteligencia y no destruir la calma de su mirada, a cerrar la boca para ocultar sus incisivos, a caminar despacio para disimular la desproporción de sus piernas, a dibujarse la boca primero con labios finos y después más carnosos; en fin, que pasó por una suerte de metamorfosis para convertirse en la estrella más codiciada de Hollywood, en cuyos estudios rodó 27 películas, encarnando a personajes como a Mata Hari, Ana Karerina, Camille, Ninotchka, La reina Cristina de Suecia y Margarita Gauthier, hasta que se retiró del mundo de las candilejas en 1941, cuando sólo tenía 36 años de edad y poco después de haber rodado uno de sus más grandes filmes: La mujer de las dos caras, dirigido por George Cukor. Es decir, su paso por el cine fue tan enigmático como su retirada, dejando la fascinación y el misterio para asombro de generaciones venideras; algo que no ha sido eclipsado por la imagen emblemática de Rita Hayworth ni por ningún otro mito creado por el celuloide.


 La dama de la soledad

Apenas se retiró voluntariamente del mundo ficticio de Hollywood, Greta Garbo adoptó el seudónimo de Harriet Brown y se recluyó en un apartamento de Nueva York, de donde sólo salía para pasar algunas temporadas en Suiza y Francia. No obstante, su anonimato no fue del todo hermético, pues hay quienes dicen haberla visto pasar, recta y casi siempre apresurada, por Park Avenue; mientras otras miradas curiosas la vieron paseando en Manhattan o durante algún veraneo en Suiza, envuelta en ropas sin forma y ocultando sus grandes ojos detrás de unas gafas oscuras. Tampoco faltan quienes afirman que Greta Garbo se convirtió en una figura huidiza no tanto porque pretendía ocultarse de la gente, sino porque no soportaba los rayos del sol en la cara.

De cualquier modo, su decisión de cortar abruptamente los lazos con el mundo del espectáculo, en el que había transcurrido lo más deslumbrante de su carrera artística, rodeó su vida de una leyenda de impenetrable silencio y de una aureola de misterio que no ha dejado de fascinar con el correr de los años, puesto que tanto el silencio como la soledad que ella impuso en torno a su vida, hoy tienen su propio lenguaje y su propio magnetismo; más todavía, su introversión y su soledad contribuyeron a fomentar el enigma y a inmortalizar el mito de quien en plena juventud se negó a que el mundo supiera más de ella.

Greta Garbo, a diferencia de otras damas de Hollywood supo guardar celosamente los secretos de su compleja personalidad, manteniéndose hierática ante la curiosidad de quienes la acosaban por donde iba. De ahí que los incontables intentos periodísticos de traspasar la muralla de silencio que había construido en torno a su vida fueron vanos, porque esta mujer diva, que daba al cine el aire sacro de la misa, no ha dejado oír su voz ni al más avispado de los hombres de prensa, ya que ni en los momentos estelares de su carrera dejó trascender los episodios de su vida íntima.

La historia de Greta Garbo es la historia de una mujer que siempre rehusó encontrarse con la prensa. Los periodistas son la peor raza que existe, manifestó en alguna ocasión, disgustada de que le formularan demasiadas preguntas. Asimismo, como era simple y falta de pretensiones en todas las facetas de su vida, le declaró a un amigo suyo la causa de su silencio: No soy tímida -le dijo-, no soy asocial. Hablo con facilidad con la gente que conozco. Pero no me interesa en absoluto la vida oficial. No me gusta aparecer en periódicos y revistas. No me gusta verme expuesta...

Cuando la Academia de Hollywood le concedió un Oscar honorífico en 1955, la actriz no se presentó a recoger el galardón, para no levantar aspavientos ni verse sometida a lo que ella consideraba: la tortura de la publicidad. Lo mismo ocurrió cuando el gobierno sueco le concedió una condecoración en 1983. La actriz se negó a viajar a Suecia para recogerla, exigiendo que fuera el embajador sueco en EE.UU. quien le entregara el premio en su propio apartamento, en Manhattan. Claro está, qué más podía exigir una mujer que siempre rehusó encontrarse con la prensa, para no sufrir el tormento de estar en el punto de mira de la gente. Prefería estar sola, como en una de las escenas de la película Gran Hotel, donde el guionista la hizo repetir: Quiero estar sola, una frase hecha a su medida y su manera, que se convirtió en norma por el resto de sus días.

En julio de 1988, cuando el periodista sueco Sven Broman le preguntó: ¿cómo se sentía? Ella contestó: No me encuentro bien (...) Sólo puedo dar unos pocos pasos. La mayor parte del tiempo permanezco en mi casa, apenas como nada. Me siento triste. La vida que me rodea no es real. Siento la sensación de irme muriendo poco a poco, una sensación que parece haberla seguido desde los años de su infancia, tal vez por eso hay algo de cierto en esa anécdota que trascendió a la prensa en Hollywood, cuando la actriz asistió al estreno de una película, donde, luego de la sesión, alguien le preguntó: Parece usted cansada; sería mejor que se fuera a casa. Esto le habrá dejado a usted muerta. Se produjo un silencio y ella replicó: ¿Muerta? Ya llevo muerta muchos años

Con todo, nunca se llegará a saber la secreta pasión que se escondía en su corazón y su cerebro, si apenas se guarda la sospecha de que ella, al igual que Marilyn Monroe, sentía un impulso concreto hacia la maternidad, aunque nunca deseó tener hijos propios, quizás, debido a que ella misma era una niña vulnerable y andrógina, que llegó a ser la estrella más cotizada de Hollywood, gracias a su talento y su voluntad de hierro. Por lo demás, la personalidad de Greta Garbo, por su complejidad y su misterio, es un campo en el que sólo podrán penetrar los psicoanalistas más expertos y alguno que otro admirador que no pierde las esperanzas de conocer algo más de su vida, aunque ella, la diva, eligió sumergirse en un silencio impenetrable y en una soledad de la que nadie consiguió arrancarla por más de medio siglo, hasta que el 15 de abril de 1990 dejó de existir, en un hospital de Nueva York, no sin antes dejar una estela luminosa en el mundo del cine y ante los ojos de millones de espectadores que seguirán admirando su fascinante belleza, su enigmático rostro, su carcajada casi varonil y sus ojos luminosos y sensuales como sus labios.

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