MICROTEXTOS
XII
Los muñecos
En varias calles de la ciudad de El Alto, acechadas por la delincuencia
diurna y nocturna, los vecinos colgaron enormes muñecos de las luminarias.
Están hechos de ropas embutidas con trapos de todos los colores y tamaños. No tienen
rostros, ni edades, ni nombres, pero sí un letrero en el pecho y un texto
parecido a la sangre: Ladrón pillado será linchado y quemado.
El líder
Sembraba
la palabra, con vehemencia y coherencia, sin saber si sus partidarios eran
tierras fecundas, donde un día podían cosecharse sus ideas revolucionarias y sabias enseñanzas. Hablaba y hablaba, en
las asambleas, congresos y reuniones, no por ser un hablador, sino un auténtico
líder de las masas y un magnífico representante de las aspiraciones populares.
La corrupción
En
un país bananero, donde todo anda de cabeza, el político que roba es aplaudido
y el policía honesto es ridiculizado, el que miente es aplaudido y el que dice
la verdad es abucheado. En un país bananero, donde todo anda patas arriba, la
honestidad es plata y la corrupción es oro.
El pecado
Dicen
que en el Paraíso, el diablo tomó la forma de una serpiente, una criatura
dotada del don de la palabra y capaz de expresar sus pensamientos con
deslumbrante lucidez. Se alzó sobre su cola y le convenció a Eva para que le
diera de comer el fruto prohibido a Adán, ya que si ambos comían del árbol de
la sabiduría, de lo Bueno y lo Malo, no morirían, como les dejó dicho Dios,
sino que se les abriría los ojos y los oídos, y serían como su Creador. Ella le
obedeció como mujer sumisa y probó el fruto prohibido del árbol de la
sabiduría, que Dios, por alguna divina equivocación, puso en medio del jardín
del Edén. Poco después, Eva le entregó la fruta prohibida a Adán, quien, como
hombre sumiso, hincó los dientes en la manzana. Así fue como nuestros primeros
padres, incitados por la serpiente y desobedeciendo el mandamiento de su
Creador, introdujeron el pecado y la muerte en este mundo.
Cuestión de gatos
Eduardo
Mondragón no compartía la idea de que los gatos eran animales sagrados, como se
imaginaban los antiguos egipcios, y mucho menos dioses protectores de la salud
y la fortuna. Tampoco había por qué venerarlos y mimarlos como lo hacían los
budistas tibetanos, que los consideraban acompañantes en el tránsito obituario
y que en la vida eran como hermanos del alma, sobre todo, si se los trataba con
consideración y cariño.
Tampoco
le interesaba si Julio Cortázar tuvo una
extraordinaria afición por los gatos en París, si Ernest Hemingway criaba
numerosos gatos en su casa de Cuba, si Carlos Monsiváis vivía rodeado de gatos,
si Edgar Allan Poe inmortalizó a su gato negro y si Stephen King, en su novela, Cementerio de animales, retrató a un gato capaz de resucitar a los
muertos, ni para qué citar a los otros querendones de felinos como T.S. Eliot,
Mark Twain, Charles Dickens y otros.
Le tenía sin cuidado que también las escritoras como Charlotte Brontë, Colette, Patricia Highsmith, Elizabeth Bishop, Elena Poniatowska y Doris Lessing, entre otras, hayan sido amantes de los gatos. Lo único que le interesaba a Eduardo Mondragón, el enemigo principal de los gatos, era que estos felinos, que por las noches se tornaban en pardos, desaparecieran del mapa por ser carniceros de dientes afilados. Los odiaba con todas las fuerzas de su alma, desde el día en que un gato se entró por la ventana de su cuarto y se comió al canario de su vida.

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