miércoles, 7 de enero de 2026

MICROTEXTOS XII

Los muñecos

En varias calles de la ciudad de El Alto, acechadas por la delincuencia diurna y nocturna, los vecinos colgaron enormes muñecos de las luminarias. Están hechos de ropas embutidas con trapos de todos los colores y tamaños. No tienen rostros, ni edades, ni nombres, pero sí un letrero en el pecho y un texto parecido a la sangre: Ladrón pillado será linchado y quemado.

El líder

Sembraba la palabra, con vehemencia y coherencia, sin saber si sus partidarios eran tierras fecundas, donde un día podían cosecharse sus ideas revolucionarias  y sabias enseñanzas. Hablaba y hablaba, en las asambleas, congresos y reuniones, no por ser un hablador, sino un auténtico líder de las masas y un magnífico representante de las aspiraciones populares. 

La corrupción

En un país bananero, donde todo anda de cabeza, el político que roba es aplaudido y el policía honesto es ridiculizado, el que miente es aplaudido y el que dice la verdad es abucheado. En un país bananero, donde todo anda patas arriba, la honestidad es plata y la corrupción es oro.

El pecado

Dicen que en el Paraíso, el diablo tomó la forma de una serpiente, una criatura dotada del don de la palabra y capaz de expresar sus pensamientos con deslumbrante lucidez. Se alzó sobre su cola y le convenció a Eva para que le diera de comer el fruto prohibido a Adán, ya que si ambos comían del árbol de la sabiduría, de lo Bueno y lo Malo, no morirían, como les dejó dicho Dios, sino que se les abriría los ojos y los oídos, y serían como su Creador. Ella le obedeció como mujer sumisa y probó el fruto prohibido del árbol de la sabiduría, que Dios, por alguna divina equivocación, puso en medio del jardín del Edén. Poco después, Eva le entregó la fruta prohibida a Adán, quien, como hombre sumiso, hincó los dientes en la manzana. Así fue como nuestros primeros padres, incitados por la serpiente y desobedeciendo el mandamiento de su Creador, introdujeron el pecado y la muerte en este mundo.

Cuestión de gatos

Eduardo Mondragón no compartía la idea de que los gatos eran animales sagrados, como se imaginaban los antiguos egipcios, y mucho menos dioses protectores de la salud y la fortuna. Tampoco había por qué venerarlos y mimarlos como lo hacían los budistas tibetanos, que los consideraban acompañantes en el tránsito obituario y que en la vida eran como hermanos del alma, sobre todo, si se los trataba con consideración y cariño.

Tampoco le interesaba si  Julio Cortázar tuvo una extraordinaria afición por los gatos en París, si Ernest Hemingway criaba numerosos gatos en su casa de Cuba, si Carlos Monsiváis vivía rodeado de gatos, si Edgar Allan Poe inmortalizó a su gato negro y si Stephen King, en su novela, Cementerio de animales, retrató a un gato capaz de resucitar a los muertos, ni para qué citar a los otros querendones de felinos como T.S. Eliot, Mark Twain, Charles Dickens y otros.

Le tenía sin cuidado que también las escritoras como Charlotte Brontë, Colette, Patricia Highsmith, Elizabeth Bishop, Elena Poniatowska y Doris Lessing, entre otras, hayan sido amantes de los gatos. Lo único que le interesaba a Eduardo Mondragón, el enemigo principal de los gatos, era que estos felinos, que por las noches se tornaban en pardos, desaparecieran del mapa por ser carniceros de dientes afilados. Los odiaba con todas las fuerzas de su alma, desde el día en que un gato se entró por la ventana de su cuarto y se comió al canario de su vida.

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