jueves, 7 de mayo de 2020


LOS POLLOS

Mi padre, que fue el primero en aprender el idioma sueco en la familia, leyó un anuncio en el periódico Dagens Nyheter (Noticias del Día): Veinte pollos por sólo 100 coronas. Escriba su nombre y dirección en el cupón y luego envíelo sin pagar gastos de correo. Nosotros cumpliremos la orden y usted recibirá el paquete a la brevedad posible.

Mi padre llenó el cupón y lo despachó en un sobre cerrado.

El día que llegó el aviso del correo, mi padre, creyendo haber hecho una excelente compra, decidió que mi madre fuese a recoger el paquete; es más, como creía que el paquete era grande y pesado, ordenó también que mis hermanos menores la acompañaran por si necesitaba ayuda.

Mi madre se puso en la fila y esperó su turno con insoportable paciencia. Al poco rato, cuando se acercó a la ventanilla, enseñó el aviso del correo y la cédula de identidad de mi padre.

Apenas trajeron el paquete a la ventanilla, mi madre, al constatar que era pequeño y no pesaba mucho, le dijo a la empleada del correo que, quizás, se equivocó de paquete. La empleada revisó el aviso y comprobó que todo estaba en orden.

Mi madre pagó las 100 coronas y volvió a casa con el paquete bajo el brazo. Abrió la puerta y, seguida por mis hermanos que iban por detrás como los pollos de una gallina, entró en el apartamento sin decir ni pío.

Mi padre, que hasta entonces seguía pensando en que había hecho la mejor compra de su vida y que comeríamos carne de pollo hasta reventar, miró extrañado el paquete y exclamó:

–¡¿Este paquetito contiene los veinte pollos?!

Mi madre no dijo nada y se encogió de hombros.

Mi padre cogió el paquete y lo puso sobre la mesa. Segundos después, acorralado por la mirada de mi madre y mis hermanos, abrió el paquete con asombrosa desesperación, hasta que en el interior del cartón no encontró más que una veintena de hueveras con forma de pollos.

–¡¿Qué?! –exclamó, tomándose la cabeza con las manos.

Mis hermanos, sin entender nada de nada, se miraron de reojo. Mi madre no pudo contener la risa. Lo miró a mi padre con sorna y le preguntó:

–¿Leíste mal el anuncio, o qué? Ésta es una prueba más de que, tanto a ti como a nosotros, nos falta un montón para entender el idioma sueco.

–No es posible –repuso mi padre, sin darse por vencido.

Buscó el anuncio del periódico y se lo enseñó a mi madre.

–¡Aquí está! Dice: Veinte pollos...

–Es correcto –contestó mi madre–, pero debajo de la rúbrica dice también: HUEVERAS.

–¡Ajá! –exclamó mi padre, ruborizándose por su grave error–. Yo pensé que HUEVERAS era el nombre de la empresa que vendía los pollos...

No pasó mucho tiempo, hasta que todos nos miramos las caras y estallamos en una sonora carcajada, que de seguro se oyó en toda la cuadra.

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