jueves, 1 de septiembre de 2016


REFLEXIONES

Quien ha vivido desde siempre en una realidad hecha a golpes de injusticias sociales y discriminaciones raciales, sueña con que es posible construir un mundo más humano que el que ofrece el capitalismo salvaje, pero a condición de derribar los muros que separan a los ricos de los pobres, a los blancos de los negros, a los indios de los gringos y a los hombres de las mujeres,

Si se quiere estructurar una sociedad más tolerante y equitativa, como si fuese un nuevo reto en los proyectos de las nuevas generaciones, será necesario abolir las fronteras que separan al Sur del Norte, a Dios del diablo, a los religiosos de los ateos, a los gobernantes de los gobernados; es más, en lugar de levantar muros y trazar fronteras, se deberán construir puentes de comunicación entre las diversas culturas, tradiciones, lenguas, razas y creencias, porque, acéptese o no, todos tenemos las mismas necesidades, los mismos derechos y las mismas responsabilidades, aparte de que todos llevamos dentro de nosotros un poquito de los otros.

Queda por demás claro que me gustaría vivir en un país donde no existan ricos ni pobres, ni gigantes ni enanos como en los países imaginados por Jhonatan Swif en Los viajes de Gulliver. Tampoco me interesa vivir en un país donde existan princesas encantadas como en los cuentos de hadas, ni en el mundo imaginario creado por Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas. Lo que yo quiero es vivir en un país donde los niños sean felices y se respeten sus derechos, donde los hombres no vulneren los derechos de las mujeres ni las autoridades de la justicia hagan gala de su arrogancia, quitándole la balanza y la venda de los ojos de la señora Justicia.

Detesto toda forma de chauvinismo y censura contra las ideas que cuestionan los desmanes de los poderes de dominación. No comparto la insensatez del fanatismo religioso ni la conducta autoritaria de quienes se atribuyen la representación popular, para imponer sus ideales como verdades únicas y absolutas, aun sabiendo que el humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra y que, además, levanta la piedra y la arroja sobre el techo de vidrio de su propia casa.

Prefiero el pluralismo cultural y racial, la diversidad ideológica y sexual, la libertad de opinión y de crítica, el respeto a los Derechos Humanos, a una vida privada y una muerte digna; todo esto en el marco de las normas comunes de convivencia democrática, que permitan evitar las experiencias históricas de los regímenes totalitarios del siglo XX. Prefiero que todos seamos cabeza de ratón que cola de león y seamos los principales artífices de nuestra propia felicidad en medio de las adversidades que la vida plantea a cada paso, a cada instante.

Respeto a los individuos de buena fe y a los políticos que, en lugar de vivir de la política, viven para la política, como los artistas viven para el arte y no del arte. Respeto a los gobernantes de conducta transparente, incapaces de robarse los bienes del pueblo de las arcas del Estado. Respeto, asimismo, a los empleados públicos que sirven a su pueblo y no se sirven del pueblo para mejorar su estatus social y económico, como los zánganos que engordan a costa de chupar la sangre de otros, sin importarles el daño que causan con su conducta de bichos inmundos.

No creo en las promesas de los demagogos, acostumbrados a hablar hasta por los codos y a borrar con el codo lo que escriben con la mano. En estos casos, prefiero a quienes hacen mucho y hablan poco, porque saben que quien mucho habla, mucho yerra. Tampoco creo en los falsos profetas que me prometen el reino de los cielos a condición de que deje de ser agnóstico. En este caso, prefiero a los apóstoles de las ciencias humanas, en las que primero se debe mostrar, mostrar y demostrar, para luego hablar con convicción y pruebas en la mano.

Sueño en que vivamos en relación con la Madre Tierra, a espaldas de las promesas futuristas de la gran tecnología, porque confío en la armonía del individuo con el ecosistema, donde se respeten el derecho de vivir en armonía con la Pachamama y los astros de la constelación celeste y con la naturaleza que nos ampara, con las piedras que hablan, los ríos que cantan, los árboles que soplan vida, los vientos que silban junto a los animales silvestres y los pájaros que forman un coro de trinos, porque si no somos parte del todo, menos seremos parte de la nada.


La historia de la humanidad es la historia de la lucha por alcanzar la libertad, una lucha ininterrumpida y continuada por tener la posibilidad de elegir una forma de vida en absoluta libertad. La defensa de la libertad personal es imprescindible para la existencia de una sociedad libre, basada en la democracia participativa, la tolerancia y el respeto a las diferencias culturales, raciales, lingüísticas y religiosas. Incluso la historia de la lucha de clases y las diferencias entre los seres humanos -el fuerte y el débil, el opresor y el oprimido, el rico y el pobre- representan la misma lucha por la libertad individual, porque cada uno sea uno mismo, por sentirse una persona con voluntad propia para decidir su futuro, vivir la propia vida y no la que imponen los demás. En consecuencia, todo individuo es libre de elegir su modo de vida, mientras esta forma de vida no atente contra la libertad del prójimo ni sea un mecanismo de censura y represión.

La libertad, con ideales pragmáticos y también con utopías, es el mayor sueño que atesora el hombre libre, quien, más que nadie, sabe que la libertad no es lo mismo que la libre empresa, que es la libertad de explotar la fuerza de trabajo de los obreros. Tampoco es lo mismo la libertad de prensa, que implica comprar periódicos y periodistas, con el único objeto de crear una opinión pública favorable al sistema capitalista. Hablar de la libertad de un pueblo, aunque sea con la mejor intención y voluntad, es una simple metáfora, a veces peligrosa, si no se tiene en cuenta que la liberación de un pueblo no es nada sin la libertad de cada uno de los individuos que conforman el tejido social. Es decir, no hay libertad social si no hay libertad personal.

Aunque muchas cosas han cambiado en los últimos tiempos, sigo soñando en que es posible construir una sociedad más libre y democrática, donde el valor de las cosas no estén sustentados en el tener sino en el ser y donde todos vivamos en absoluta armonía con la naturaleza y nuestros semejantes. Sigo soñando en que es necesario juntar nuestras manos para construir los puentes que nos conduzcan hacia un mundo mejor, y que la mejor manera de llegar a tiempo hasta allí es andar a paso lento pero seguro.

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