martes, 19 de julio de 2016


EL CHICHERO Y LA CARNICERA

Cierto día, en medio de la algarabía de unas niñas que jugaban en la calle, escuché el fragmento de una ronda tradicional boliviana, cuyo contenido de espanto y desafuero me llamó la atención, y me dejó pensando en que el feminicidio se reproduce también en el mundo lúdico de las niñas, pues una cosa es cantar Arroz con leche… y otra muy distinta Botón colorado/ mató a su mujer,/ con un cuchillito/ de punta alfiler,/ vendo, vendo,/ tripitas de mala mujer,/ que uno,/ que dos,/ que tres...

Poco después caí en la cuenta de que esta ronda infantil, como muchas otras inspiradas en la realidad social y la violencia contra las mujeres, tenía alguna relación con un crimen conyugal acaecido en una población del norte de Potosí; un trágico suceso del que se habló por mucho tiempo y cuyo principal móvil se fue modificando a medida que se transmitía de boca en boca.

Nunca se conoció la versión oficial, salvo que el dueño de una chichería, un hombre de aspecto rechoncho, cara colorada, barriga prominente y redonda como un botón, acabó con la vida de su esposa, quien trabajaba como carnicera en el mercado de la población que, por ser un pueblo chico, era un infierno grande.

La esposa del chichero, oriunda de los valles de Cochabamba, era una magnífica chola en su gusto y porte; regentaba un puesto en el mercado durante el día y atendía la chichería por las noches, hasta que trancaba la puerta tras el último parroquiano.

Muchos de los clientes frecuentaban la chichería sólo por el placer de ser atendidos por la mujer más hermosa entre todas las mujeres y, a veces, aprovechándose de la confianza dispensada, no perdían la ocasión para echarle un ramo de piropos con lisonjas y galanterías.

La pareja no tenía hijos, pero sí un montón de dinero que les permitía darse los gustitos habidos y por haber. Vivían felizmente casados desde hace muchísimos años, hasta que un mulato llegado de las tierras paradisiacas del Caribe, que estaba de paso rumbo a la ciudad de Potosí, se le atravesó en su camino, haciéndole perder los estribos del corazón.

La carnicera, atraída por los ojos de color carbón, el pelo rizado y la impresionante musculatura de ese cuerpo de ébano, se dejó seducir sin considerar que estaba casada y que los chismes no tardarían en llegar hasta los oídos de su marido.

Cuando el mulato desapareció de la noche a la mañana, como alma que lleva el diablo, la carnicera se hundió en una profunda decepción y perdió las ganas de seguir disfrutando de los bienes que le deparó la vida. Empezó a beber con los parroquianos, quienes asistían a la chichería más por deleitarse con los atributos de su belleza que por consumir bebidas alcohólicas.

No faltó la noche en que, pasada de copas y en presencia de su marido, reveló su amor por el mulato, quien le removió los sentimientos más recónditos de su alma, acariciándole la piel y libándole el néctar que ella guardaba debajo la bombacha ajustada a sus voluptuosas nalgas.
 
El chichero, aunque estaba impactado por la confesión de su esposa y por ser el último en enterarse de la infidelidad del que todos sabían algo, simuló no haber escuchado nada y siguió atendiendo el pedido de los clientes, hasta que llegó la hora de cerrar el local.

La carnicera había bebido tanto que, al promediar la medianoche, apenas podía pronunciar palabras y mantenerse de pie. Ésa fue la oportunidad que su marido aprovechó para conducirla hacia el patio interior de la vivienda, donde procedió a despojarle de las ropas y tenderla sobre la mesa de macizas maderas, donde se troceaban los huesos y las carnes antes de transportarlos al mercado.

El chichero se dirigió al depósito de cuchillos y herramientas de carnicería, levantó la hacha de acero mejor afilada y volvió al patio, donde estaba el desnudo cuerpo de su esposa, quien yacía de espaldas, la cabeza ladeada y las extremidades abiertas bajo los reflejos menguantes de la luna.

La bañó con la mirada, como la primera vez que la tuvo en el lecho nupcial, pero su rencor era tan grande que, sin pena ni asco, le asestó el primer hachazo causándole una profunda herida a la altura del tórax, lo que provocó que ella despertara, gritara y pidiera ayuda.

El chichero, en un desesperado intento por evitar los gritos y quejidos, esgrimió varias veces la hacha en el aire, dejándola caer sobre el cuerpo de la carnicera, que se retorcía como la cola de una lagartija cuarteada; al final, jadeante como galgo azuzado, le asestó el último hachazo en el cuello, de donde brotó la sangre a raudales, mientras la cabeza rodaba por el piso empedrado hasta detenerse cerca del tubo de desagüe.

Antes de que lo sorprendiera el crepúsculo del amanecer, y sin saber dónde esconder el cadáver, se dio prisa en amputar los pies y las manos. Después, con un cuchillo para filetear, cercenó los senos, desmembró las extremidades, extrajo los órganos internos y, entre tajo y tajo, el cuerpo fue reducido a un montón de huesos y carnes.

El chichero terminó agotado y con el sudor goteándole por la frente, pero antes de retirarse a dormir, limpió la mesa de madera, baldeó el piso del patio y quemó en el horno sus ropas empapadas de sangre, para así no despertar sospechas ni dejar vestigios de su cruel delito.
 
Al final, metió la cabeza, las manos y los pies en una bolsa de plástico, que guardó en el refrigerador, hasta que al día siguiente, al anochecer, la arrojó en la corriente del río, que cruzaba por un basural, a escasas dos cuadras de su vivienda.

Las comerciantes del mercado, al notar la ausencia de la carnicera, que no acudió a su puesto de venta, se acercaron a su marido para preguntarle qué había pasado con ella, que siempre era la más puntual entre todas y que hacía un par de días no daba señales de vida. El chichero, mirándolas una por una y sin perder la calma, les dijo que su esposa viajó a Cochabamba, donde sus parientes la necesitaban con urgencia.

Así transcurrió una semana, hasta que una anciana, mientras hacía sus necesidades en la ladera del río, vio en un recodo de aguas estancadas algo parecido a la cabeza de un cerdo, se acercó intrigada para despejar sus dudas y, a poco de remover el objeto con un palo, se tragó un susto escalofriante que la dejó con los pelos de punta, pues lo que estaba allí no era la cabeza de un cerdo, como pensó en un principio, sino la cabeza de una mujer con trenzas y dentadura forrada de oro.

La policía del Departamento de Investigación Criminal (DIC), informada del macabro hallazgo, hizo el levantamiento legal de la cabeza, las manos y los pies, y no tardó en identificar a la víctima, como tampoco tardó en detener al chichero, quien, ante las evidencias que le imputaban, se declaró culpable del asesinato perpetrado contra su esposa.

Cuando los policías le preguntaron por qué lo hizo. Él contestó que la decapitó y descuartizó por cuestiones de honor y porque era una mala mujer, que merecía algo más que la muerte como castigo por su vil traición. Y cuando le preguntaron qué hizo con el resto del cuerpo, él contestó, sin mostrar una pisca de remordimiento, que lo cortó en pedazos y que, mezclándolos con las carnes de otros animales, los vendió en el mismo mercado donde ella regentaba un puesto de carnicería. Asimismo, para poner punto final a su espantoso relato, confesó también que vendió su corazón, su hígado, su estómago, sus riñones y sus tripas, como si fuesen las menudencias de un cordero recién carneado.

Así es como ese crimen conyugal, que por mucho tiempo fue motivo de comentarios del más diverso calibre, pudo haber inspirado la ronda que las niñas, mientras juegan agarradas de las manos y dando vueltas alrededor de un círculo imaginario, corean con voces angelicales: Botón colorado/ mató a su mujer,/ con un cuchillito/ de punta alfiler,/ vendo, vendo,/ tripitas de mala mujer,/ que uno,/ que dos,/ que tres…

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