lunes, 9 de septiembre de 2013


EL TÍO DE HOJALATA

En la ciudad de El Alto, donde abunda el congestionamiento de vehículos, las basuras tiradas a su suerte, los perros callejeros y las pandillas de delincuentes, abundan también los mercados de alimentos, las casetas de comidas típicas y los thantakhatus de ropas usadas y cachivaches diversos.

En la Feria de la Zona 16 de Julio, donde pululan turistas y alteños todos los jueves y domingos, puede encontrarse desde un tornillo oxidado hasta un automóvil último modelo. Los vecinos aseveran que se trata de la Feria más grande de América Latina. Aquí se dan cita miles y miles de comerciantes informales que, hacinados en las aceras de al menos diez calles y avenidas extensas, ofrecen sus mercaderías, incluso las usadas y robadas, al mejor postor y a plena luz del día.  

Como todos los habitantes de El Alto, salí un domingo dispuesto a conocer la Feria de la cual escuché hablar desde que me establecí en Ciudad Satélite. Tomé un minibús hasta La Ceja y me bajé cerca de la carretera de la Autopista, crucé la Avenida 6 de Marzo por una pasarela que, de tanto soportar el peso de los peatones, daba la sensación de que se tambaleaba como una mecedora.

Llegar hasta la Zona 16 de Julio no fue nada fácil, tuve que avanzar abriéndome paso, casi a codazos, entre la gente que abarrotaba las calles, cargando bultos como una caravana de hormigas que iban y venían en un trajinar incesante.

En una de las calles, donde el comercio daba la sensación de ser un caldero en ebullición y los vendedores actores de un teatro de variedades, me topé con la tienda de un artesano hojalatero, en cuyas vitrinas estaban expuestas una variedad de máscaras que lucen las fraternidades folklóricas en la fastuosa Entrada del Gran Poder y la Entrada de la 16 de Julio, que se realiza cada 15 de julio, en honor a la Virgen del Carmen.

Mi curiosidad fue tan grande que, como encandilado por una luz extraña, me detuve para observar de cerca la impresionante máscara de un Achachi Moreno, que pendía de la pared a manera de muestra. Y, claro está, no dudé en entrar en la tienda para preguntar el precio de ese objeto que atrapó mi interés por su elegancia y colorido.

El dueño me atendió con amabilidad, proporcionándome el precio de varios de los objetos expuestos en las vitrinas. Al final, sólo motivado por la curiosidad, le pregunté si acaso era él quien hacía las máscaras.

–Sí –contestó.

–¡Ah! ¡Qué maravilla! –exclamé, enseñándole una alegría espontánea. Luego me atreví a preguntarle si me lo podría hacer, con el mismo material que usaba para las máscaras, la estatuilla de un Tío de la mina.

Miró la máscara del Achachi Moreno y dijo:

–Es posible. Sólo que ahora no tengo mucho tiempo, estoy con unos trabajitos que me encargaron los morenos de la Señorial. Sin embargo, en un par de semanas podría tenerlo listo.

–¡Perfecto! –acepté. Luego añadí–: No hay apuros, pero quiero estar seguro de que me lo harás. Así que te dejaré un adelanto. ¿Qué te parece?

–No hay problemas –repuso.

Recibió el billete de cincuenta bolivianos y se lo metió en el bolsillo de su chamarra salpicada de pinturas y ácidos.

–Entonces volveré en un par de semanas –dije, estrechándole la mano a tiempo de despedirme.

Él esbozó una ligera sonrisa, dio media vuelta y desapareció detrás de la puerta de su taller.
Por fin tendré un Tío de hojalata, me dije para mis adentros, desandando por las mismas calles y avenidas atestadas de comerciantes minoristas, automóviles y peatones.

Cuando volví a la tienda, dos semanas después, la estatuilla estaba todavía a medio camino. El hojalatero me hizo pasar a su taller para enseñarme su obra de arte, como un niño pícaro queriendo compartir su juguete prohibido con otro niño.

–Te falta muy poco para terminar –le dije, con la mirada puesta en la estatuilla que estaba sobre la mesa de trabajo, al lado de un soldador de pistola.

–Así es –contestó–, sólo falta ponerle su último detalle a este Tío travieso.

Efectivamente, le faltaba su falo tan grueso como su brazo; uno de los atributos característicos de este ser mitológico, guardián de las riquezas minerales en las entrañas de la Pachamama.

–Sólo falta que le pongas su enorme animal entre las piernas –le insinué entre chiste y chiste.

–Sí, pues –corroboró, como siguiéndome la onda–. Es tan largo y grueso que a cualquiera le da miedo.

–Es increíble cómo has sido capaz de hacer esta estatuilla –le comenté, mientras miraba sus ojos lacrimosos por el thinner y enrojecidos por el ácido muriático.

Todo esto forma parte de mi oficio. Corté la lámina de hojalata con tijeras, arrancando las formas y los tamaños que precisaba para darle forma a la cabeza, el cuerpo y las extremidades. Después el trabajo se hizo con la ayuda del compás tijera, la escuadra, los mazos, el soldador, la trancha, el yunque, la bigornia y el torno universal.

Me quedé asombrado ante su erudición, pues, como toda persona ajena a estos menesteres, pensaba que este oficio antiguo sólo servía para hacer utensilios de cocina y juguetes para niños, pero caí en la cuenta de que estaba completamente equivocado.

El oficio del hojalatero, si bien es de carácter artesanal, requiere extrema habilidad, precisión milimétrica y conocimientos; virtudes que se consiguen tras años de aprendizaje y práctica cotidiana. Con el maestro artesano aprendí que cortar la hojalata no es lo mismo que cortar una hoja de papel, pues el simple hecho de cortar, plegar, soldar y moldear finísimas láminas de hojalata con golpes exactos de mazo, es un proceso en el que se conjugan la firmeza y la exactitud del gesto manual.

Al cabo de una lección clara y concisa, me retiré del taller y avancé hasta la puerta principal, seguido por el hojalatero, quien parecía arrear con su cuerpo todo el aire de la tienda.
–Entonces volveré la próxima semana –le dije, estrechándole su mano callosa y teñida por el color negro de las finas partículas de hojalata.

Me alejé del lugar, sin dejar de imaginarme cómo sería el resultado final de la estatuilla. Tampoco podía dejar de pensar en el hojalatero, quien me confesó que desde niño aprendió este oficio en el taller de un pariente suyo. Por su forma de hablar, con los dejos propios del idioma aymara, daba la impresión de que ni siquiera terminó la escuela, pero que los años de trabajo esforzado le dieron una experiencia que no se adquiere en los libros ni en las instituciones académicas.

No cabía duda de que era un gran maestro en su oficio, con conocimientos empíricos en el manejo de la geometría y el dibujo técnico, que le permitían fabricar un sinnúmero de objetos a pedido de los miembros de las fraternidades folklóricas no sólo de La Paz, sino también de otras ciudades del interior; más todavía, me contó incluso que uno que otro turista le encargaba en exclusiva un trabajito para llevárselo a su país en calidad de souvenir.

Transcurrieron los días y, como tenía previsto, volví al taller para recoger la estatuilla del Tío, hecha de hojalata por un maestro artesano dotado de una imaginación prodigiosa y unas manos que adquirieron la destreza de moldear la hojalata con precisión de joyero.  


El Tío, con el rostro decorado con colores vivos, ojos saltones, nariz encorvada, barbilla mefistofélica y un rechoncho sapo entre sus cuernos, era una pieza digna de ser exhibida en un museo de arte.

–¡Es una maravilla! ¡Una verdadera maravilla! –le comenté, sin dejar de escrutar la estatuilla por todos sus costados.

El hojalatero no dijo nada, se limitó a sonreír y a bajar la mirada. Al fin y al cabo, el encargo estaba cumplido y el trabajo acabado.

–Aquí lo tienes –dijo, entregándomelo en las manos–, listo para ch´allarle cuando quieras.

No quedaba más que pagar por los servicios. La estatuilla se cotizó, como es lógico, en función al material y el tiempo empleado por el hojalatero, quien no admitió regateo alguno, consciente del valor que tenían sus trabajos hechos a pulso y sudor.


El precio fue lo de menos, lo importante es que este Tío, en el cual el hojalatero puso todo su empeño y fantasía, como quien crea nuevos objetos, ricos en detalles atractivos que despiertan la súbita fascinación de los curiosos, estaba hecho con un material que resistiría al tiempo y la corrosión, y, como si fuera poco, llevaba la impronta de un taller de artesanías de hojalata de la Zona 16 de Julio de la ciudad de El alto.

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