jueves, 19 de septiembre de 2013


A BORDO DE UN BUQUE CON FRANCISCO COLOANE

El último Grumete de la Baquedano, de Francisco Coloane (Quemchi, Chile, 1910-2002), es una obra que cayó en mis manos con el peso misterioso de un libro bitácora, que se salvó de un naufragio después de haber navegado por alta mar, bajo el brazo de un marino ansioso por narrar las aventuras que le tocó vivir a bordo de un buque de guerra.

La obra está dividida en catorce capítulos y presenta, a lo largo del tratamiento del tema, valores morales y estéticos que, probablemente, lo convierten en uno de los relatos más hermosos de la vida de los marinos que navegan viento en popa por los canales australes de Chile, pues, a ratos, gracias a la magia y la intensidad del relato, el lector tiene la sensación de estar a bordo de la corbeta La Baquedano, sujeto al timón y mecido por las olas que se rompen contra la proa.

De este modo, Francisco Coloane, escritor sencillo, pero sensible, como solía considerarse, nos invita a dar un paseo imaginario por la vasta geografía chilena, llevándonos a bordo de La Baquedano, que zarpa del puerto y navega por una geografía que él frecuentó desde su infancia, conviviendo con pobladores humildes y trabajadores que forjaron su ser y estimularon su vocación literaria.

Para cualquiera que haya incursionado en el mundo narrativo de Coloane, no será sorprendente descubrir en El último grumete de la Baquedano, a ese viejo marino acostumbrado a contarnos, una y otra vez, historias cuyos cabos sueltos están también presentes en sus novelas Cabo de Hornos, La tierra del fuego y en su libro de memorias Los pasos del hombre, donde el autor relata sus viajes y aventuras transcurridos en la región austral de uno de los países más largos y angostos de América Latina.

El último grumete de la Baquedano, escrito con pasión y conocimiento de causa, es un libro que bien podría servir como excelente manual de navegación para quienes se embarcan en un puerto, con las esperanzas de saciar su sed de aventuras y curiosidad con los secretos escondidos en la vastedad del mar. El autor hace gala de un estilo depurado y elegante, y desarrolla un argumento que fluye con soltura a lo largo del relato, desde la caracterización de los personajes, hasta el registro de giros idiomáticos y expresiones propias de la jerga marina: ¡Veinte grados a babor!, ¡Cierra la tarasca!, ¡Cazar las escotas de estribor!, ¡Atrinca para la mar!, ¡Prepararse para vivar por avante!...

Francisco Coloane, en esta obra de profunda trascendencia humana, sorprende con la sencillez y sensibilidad de los grandes narradores de la literatura universal. No pocas veces, más por su temática que por su estilo, fue comparado con Jack London y Joseph Conrad, aunque a él no le agradaban ni desagradaban las comparaciones con otros autores, cuyos temas también abordan las aventuras de piratas y marinos. Coloane sabía, de algún modo, que el mar no sólo es una inmensidad azul que se pierde en el horizonte, sino un personaje con vida propia, una suerte de amante que respira en sus flujos y reflujos. Tal vez por eso recordaba la tarde en que doña Eliana Rojas le dijo: “El rumor del mar es como los pasos de alguien que se acerca pero que nunca llega”, una imagen metafórica que lo llevó a sentir nostalgia por el mar, y que fue confirmado por las palabras que su padre le susurró antes de morir: Volvamos al mar.  

Leer El último grumete de la Baquedano implica, sin lugar a dudas, hacerse cómplice del hilo argumental, sobretodo si alguna vez se estuvo a bordo de un barco que zarpa rumbo al Sur, donde las ráfagas del viento ululan en las noches y los témpanos de hielo flotan como osos polares en Tierra del Fuego.

El protagonista principal de la obra, Alejandro Silva Cáceres, era el segundo hijo de una madre viuda que, para solventar las necesidades de su humilde hogar, lavaba y planchaba las ropas de dril y paño de los marinos, cuyos oficiales lucían uniformes blancos y camisas de cuello almidonado los días domingos.

Alejandro, hasta antes de embarcarse clandestinamente en La Baquedano, era alumno aplicado en la escuela primaria y el liceo. Estudió con la obsesión de ingresar algún día a la Escuela de Grumetes de la Armada. Quería ser marino a cualquier costa, aun sabiendo que su padre murió en un naufragio y que su hermano mayor, Manuel, desapareció en Magallanes, adonde se marchó con la ilusión de que en los mares del Sur se ganaba mucho dinero cazando nutrias, lobos, zorros y otros animales de piel fina.

De los trescientos y un hombres que estaban a bordo de La Baquedano, el último tripulante era Alejandro Silva Cáceres, oriundo de Talcahuano, quien, escondido en el peñol de la proa, inició la mayor aventura de su vida, luego de haber tomado la decisión de despedirse, por medio de una carta, de su madre y sus profesores de liceo. Aunque tenía apenas quince años, como el capitán de una de las novelas célebres de Julio Verne, poseía el espíritu valiente y sagaz de un marino dispuesto a enfrentar los avatares del destino. Al fin y al cabo, estaba consciente de que éste era el último viaje de la corbeta Baquedano y la única oportunidad que tenía para convertirse en uno más de los grumetes del glorioso buque de guerra, que levantó los velámenes y zarpó hacia los canales del Sur, llevando a bordo a trescientos y un hombres que se internaron en la inmensidad del mar, con la proa en dirección al viento.

Alejandro, al cabo de ser descubierto en su escondite por el guadiamarina, fue presentado al capitán y luego al comandante, quien, al escuchar las explicaciones del muchacho, decidió que lo consideraran el último grumete. A partir de entonces, Alejandro aprendió a armar un coy con el colchón y las dos mantas de reglamento, a levantarse al toque de la corneta y a subordinarse al mando de sus superiores. Aprendió, asimismo, el nombre de los instrumentos y compartimientos de una corbeta de guerra, y posteriormente las maniobras de una navegación a vela.

Así, poco a poco, empezó a amar a La Baquedano como a su propia madre, pues era una nave en la cual, además de impartir las instrucciones correspondientes a la Escuela de la Armada, se contaban historias de aparecidos y buques fantasmas, como ese cuento de El fantasma del Leonora, referido por un viejo sargento que pasó su vida a bordo de La Baquedano. En realidad, el fantasma del Leonora, velero rescatado de las rocas del Estrecho de Magallanes, no era más que un mascarón de proa; tenía aspecto de sirena, los brazos abiertos como queriendo abrazar al mar y las aletas plegadas a los bordes, igual que una aparición, blanca como el mármol. El sargento contó que, mientras los tripulantes dormían en el camarote, se les aparecía esta figura femenina, de cara hermosa y túnica blanca. Los tomaba del brazo y los conducía a través del velero, con la intención de arrojarlos por la borda y desaparecerlos sin dejar rastro alguno.

Francisco Coloane, aferrado a su pluma de narrador innato, cuenta las peripecias de su joven protagonista, con la experiencia de quien ha recorrido muchos mares y ha visto muchos sitios. Está claro que el autor, por su ascendencia natural, revivía su niñez en medio de la naturaleza agreste y accidentada de Chiloé. Además, se debe recordar que Coloane navegó desde su infancia por los canales del Sur, que vivió desde su adolescencia en Puerto Montt y Punta Arenas, que era hijo de un capitán de barco ballenero que hacía su travesía hacia el Estrecho de Magallanes, y, para entender mejor sus vivencias y experiencias como hombre y escritor, se puede afirmar que Coloane no sólo fue navegante en los canales australes, sino también cazador de lobos, ovejero y diestro domador de potros en las estancias de Tierra del Fuego.

Todo ese caudal de vivencias le permitieron contar, con la destreza narrativa de un Jack London o un Robert Louis Stevenson, las maravillosas aventuras de un grupo de marinos cuyo único escenario de acciones era el espacio abierto entre la popa y la proa. Coloane, sin titubeos ni circunloquios, sabía transmitir las sensaciones del alma ante una naturaleza salvaje que, a veces, se sobreponía a las fuerzas humanas en medio de los vaivenes del mar.


De hecho, los tripulantes de La Baquedano, junto al joven protagonista, estaban destinados a resistir las embestidas del mar, con sus olas que se elevaban por encima de la cubierta, y los vientos que zarandeaban los velámenes, mientras la corbeta se mecía cual una cáscara de nuez en medio de la tempestad que enseñaba que el marino, para sobrevivir a la travesía, debía mirarle a la muerte cara a cara, enfrentándose a los peligros con la serenidad en los nervios y la tenacidad en los músculos.

Francisco Coloane, eximio narrador de los sentimientos humanos y las fuerzas indómitas de la naturaleza, permite imaginar, en el libro que comentamos, la violencia implacable de las aguas embravecidas: El mar aumentaba sus furias; ya no parecía océano, sino un mundo de montañas enloquecidas que bailaban estrellándose unas contra otras. El viento aullaba y bramaba a ratos, el aguacero caía como si otro mar se descargara encima. De vez en cuando, algo como unos gritos lacerantes, plañideros, estentóreos, salían de las bocanadas de agua y viento: era la voz de la tempestad.

De otro lado, Francisco Coloane, al estilo de Selma Lagerlöf, quien escribió El maravilloso viaje de Nils Holgersson, para darnos una lección de geografía sueca desde el lomo de un ganso, nos pasea a bordo de La Baquedano -la formidable Chancha-, realizando una descripción magistral de la zona austral de Chile. Coloane, como todo marino convertido en narrador, tenía la facultad de guiar al lector por un itinerario geográfico que compendia fiordos, cabos, penínsulas, archipiélagos, islas y bahías.

Bien podría decirse que El último grumete de la Baquedano es un pretexto o un medio del cual se valió el autor para enseñarnos el paisaje accidentado y exuberante de lugares como Talcahuano, Puerto Montt, Golfo de Penas, Punta Arenas y Magallanes, donde los bosques, contemplados a lo lejos, se levantan como montañas recortadas contra el cielo. No es menos maravilloso imaginar el paisaje de la bahía de Puerto Refugio que, aparte de ser un sitio ideal para salir a mar abierto y cazar ballenas, está rodeado de grandes cordilleras cuya única vegetación son los robles y musgos, o el encanto especial que ofrece el canal que conduce a Puerto Edén, cuyo espléndido paisaje, además de hacer honor a su nombre, es la tierra de los indios alacalufes, que viven de los productos que les concede la tierra y el mar.

La Baquedano, como cualquier buque de guerra que sigue la ruta del Sur, atraviesa por sitios mentados por los marinos más viejos, como es La Tumba del Diablo en Punta Arenas, población ganadera de la Patagonia, situada en las márgenes del Estrecho de Magallanes y frente a la legendaria Tierra del Fuego. Se dice que aquí fue amarrado y fondeado el Diablo, con tres toneladas de grilletes y cadenas, y que: ¡En las noches de tempestad arrastra sus cadenas debajo del mar, y los pocos marinos que lo han oído y están vivos dicen que es un ruido terrible, que queda en los oídos para siempre! ¡Más horrible que el de la tempestad!

Cabe recordar que la obra de Coloane no sólo trata de rescatar la fauna y flora del Sur de Chile, sino también sus mitos y leyendas, cuyos personajes respiran a través de la pluma de este narrador que, aparte de haber sabido anudar coherentemente los cabos sueltos de sus historias, constituye uno de los escritores tradicionales más fecundos de la literatura chilena contemporánea.

Si en su novela Guanaco blanco retrata personajes míticos como son Timaukel, el más poderos de todos, y Quenos, constructor de praderas y canales, en El último grumete de la Baquedano cuenta la leyenda de tres familias que se salvan del diluvio al estilo bíblico del Arca de Noé. Se tratan de tradiciones orales que el autor recogió de primera mano en los lugares de origen. De ahí que cada uno de sus libros, al margen de ser leídos como simples cuentos o novelas, contienen textos de carácter antropológico y etnológico, que rescatan mitos y leyendas de las culturas ancestrales, con héroes y epopeyas que, tras haber sobrevivido al avasallamiento de la colonización occidental, se conservan en la memoria colectiva, transmitiéndose de boca en boca y de generación en generación.

El último grumete de la Baquedano, por intermedio de los pensamientos y sentimientos de su joven protagonista, nos pone en contacto con personas cuyos valores culturales y códigos de vida son diferentes a los de Occidente. Es decir, nos permite comprender mejor las razones fundamentales de la diversidad cultural, no desde la perspectiva del discurso demagógico del poder, sino desde la visión consciente de un escritor que se sumó a la causa de los pueblos originarios, exigiendo respeto a sus derechos más elementales.

Con todo, casi al final del relato, cuando La Baquedano arribó al Cabo de Hornos, donde se cruzan las aguas del Pacífico y el Atlántico, el último grumete, Alejandro silva Cáceres, encuentra a su hermano mayor, Manuel, quien, vestido a la usanza de los indios yáganse, vivía en calidad de cacique con una india de buen parecer y tres hijos menores. Manuel, más que representar el mestizaje cultural, asumió como suyas las costumbres ancestrales de los yáganse. Quizá por eso, mientras contemplaba las aguas gélidas del mar, se le acercó a Alejandro y le dijo: ¡Los hombres somos como los témpanos, la vida nos da vueltas a veces y cambiamos!

En esta región inhóspita y agreste, conocida como El Paraíso de la Nutria, los indios váganse sobreviven aislados del mundanal ruido de las urbes, llevando una vida sedentaria en medio de la nieve y el viento helado. Se alimentan casi exclusivamente de la caza de nutrias, lobos, pingüinos y otras aves, debido a que, a diferencia de los primeros occidentales que llegaron atraídos por la fiebre del oro, los habitantes ancestrales no conciben la propiedad privada y prefieren llevar una vida en simbiosis con la naturaleza, tomando los alimentos que les provee el mar, y, algunas veces, del trueque que realizan con los tripulantes de los barcos mercantes que atraviesan por ese frío confín del mundo.

El último grumete de la Baquedano, como todos los relatos clásicos bien contados, es una obra que no podía dejar de tener un desenlace feliz, ya que el joven protagonista, Alejandro Silva Cáceres, a su retorno a Talcahuano, lleva el uniforme de marino, y, para la alegría de su madre, las pieles y el oro que le entregó su hermano Manuel, como prueba de que el amor de un hijo por una madre es inmutable a pesar del tiempo y la distancia.

Así pues, este hermoso libro de Francisco Coloane, que fue escrito en recuerdo de la nave que formó a tantas generaciones de marinos chilenos, es un texto de lectura obligatoria para quienes desean conocer algo más sobre la legendaria historia de La Baquedano, ese buque-escuela de la Armada que, tras haber realizado el último crucero hacia el Cabo de Hornos, echó para siempre sus anclas en un puerto, como cualquier corbeta de guerra que envejeció en sus innumerables batallas y periplos.

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