miércoles, 1 de junio de 2011


AUGUSTO CÉSPEDES Y EL PANFLETO LITERARIO

La novela de Augusto Céspedes forma parte de una serie denominada Tredje Ögat (El Tercer Ojo), que la editorial Askild & Kärnekull destinó a los lectores suecos, con el apoyo económico de una institución estatal y bajo el cuidado de prestigiosos traductores, como es el caso de Lena Melin, quien también tradujo Yo el Supremo, de Augusto Roa Bastos.

Entre los ocho libros que componen esta serie, cuyos autores son africanos, asiáticos y latinoamericanos, Metal del diablo es la obra que representa a Bolivia, un país conocido más por el narcotráfico y los golpes de Estado que por su literatura, aunque Céspedes manifestó que los bolivianos tienen dos riquezas: sus materias primas y sus escritores, y que ambos podían venderse.

De cualquier modo, para quienes conocemos su prosa llena de vigor, causticidad y casi siempre impregnada de un sabor político, resulta interesante releer Metal del diablo en el idioma de August Strindberg, puesto que Céspedes es uno de los pocos autores bolivianos que han tramontado las fronteras nacionales y su nombre figura entre los escritores más connotados del mundo hispanoamericano.

Los personajes de sus cuentos y novelas, retratados con ironía y mordacidad, son seres que han vivido y actuado en el escenario político nacional. En Sangre de mestizos y Crónica de una guerra estúpida, están presentes los soldados desnudos y hambrientos que participaron en la guerra tramada por la Standard Oil entre Bolivia y Paraguay; en El dictador suicida, El Presidente colgado, Salamanca, el metafísico del fracaso y Las dos queridas del tirano, aparecen los generales de la muerte y los presidentes criollos, cuyos dichos y hechos se parecen más a las fábulas que a la historia; en Metal del diablo, en cambio, nos ofrece la personalidad caricaturizada de Simón I. Patiño, el magnate minero que, durante varias décadas, fue dueño de una empresa transnacional, bajo cuya sombra se movía todo el aparato estatal boliviano.

Se cuenta que, cuando Céspedes presentó Metal del diablo al concurso convocado por la editorial Reinhardt de Nueva York, los familiares de Patiño, enfurecidos por el argumento de la novela, quisieron adquirir los originales para reducirlos a cenizas. A lo que Céspedes, valiéndose de su sutil ironía, replicó: que si de verdad estaban interesados en conocer la novela, mejor se compraran toda la edición, una vez que estuviera impresa. Con todo, apenas salió a luz, en 1946, fue censurada y quemada por los gobiernos que servían a la oligarquía minera.

A más de medio siglo de ese hecho insólito, cualquiera que lea el libro, indistintamente de su nacionalidad o condición de clase, advertirá que la intención del autor ha sido convertir Metal del diablo en la gran novela minera; intento que, empero, quedó frustrado por dos razones fundamentales:

1. Así como en el llamado realismo mágico de la literatura latinoamericana no se sabe dónde comienza la realidad y dónde termina la fantasía, tampoco se sabe en la obra de Céspedes dónde comienza el novelista y dónde termina el político, pues cada vez que intenta escribir algo concerniente a la realidad boliviana, aflora de inmediato el político y sus obras acaban por parecerse a los panfletos. No en vano algunos de sus críticos han aseverado que: el político frustra al novelista en Céspedes.

2. En sus obras, claramente impregnadas de una ideología nacionalista, no aparece la burguesía imperialista, sino sólo una pequeña parte de ella, encarnada en el protagonista de Metal del diablo, quien fue el mayor accionista de un trust que, al margen de triturar los pulmones de los mineros bolivianos, explotaba también a obreros de otras latitudes. En consecuencia, la novela de Céspedes no es más que un breve esbozo de la biografía grotesca de Patiño/Omonte, donde está ausente la verdadera historia del movimiento obrero boliviano. No es casual que la crítica sueca haya coincidido en señalar que: La obra de Céspedes quedó trunca entre la novela histórica y el panfleto literario.

Augusto Céspedes (Cochabamba 1904 – La Paz 1998). Narrador, historiador, abogado, periodista y diplomático. Durante su juventud actuó como oficial de reserva en la Guerra del Chaco, conflicto que inaugura un ciclo en la literatura nacional. De esta experiencia surge su primer libro de relatos en 1936. Se desempeñó como periodista en varios diarios de La Paz, especialmente en La Calle y La Razón, caracterizándose por sus artículos que apoyaban incondicionalmente los principios del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), partido del que fuera miembro fundador. En 1938 fue electo diputado por Cochabamba y, con la asunción de Villarroel en 1943, ocupó diversos cargos: Secretario General de la junta de Gobierno, Diputado por el distrito minero de Bustillo y Embajador ante Paraguay. Tras el derrocamiento del presidente Villarroel, y hasta la revolución boliviana de 1952, permaneció en la Argentina, donde publicó el libro que comentamos. La publicación de la obra no sólo desencadenó la crírica de la prensa oficial, sino que suscitó hechos políticos concretos: en 1947, durante una manifestación pública, fueron quemados numerosos ejemplares de Metal del diablo, junto con títulos de otros autores. Aunque En 1957 fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura, se dedicó más a la política que a la literatura, no en vano solía repetir: Preferí ser un buen político en vez de ser un buen escritor.

Sus obras principales: Sangre de mestizos (1936), cuentos; El dictador suicida (1956), estudio biográfico del presidente Germán busch; El presidente colgado (1966), estudio histórico sobre el colgamiento del presidente Guarberto villarroel; Trópico enamorado (1968), novela; Salamanca o el metafisico del fracaso (1973), estudio histórico; Crónicas heroicas de una guerra estúpida (1975), crónicas de la Guerra del Chaco y Las queridas del tirano (1984), novela inspirada en la vida del dictador Mariano Melgarejo.

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