sábado, 11 de junio de 2011


FRAGMENTOS DE UNA CONVERSACIÓN ÉTICA

Esta fotografía atroz, publicada en un libro de texto, causa un impacto difícil de olvidar, pues la suerte de este gato, atrapado por un instrumental de experimentos, es peor que la de los ciudadanos condenados a la tortura y la pena de muerte. Es cuestión de mirarle a los ojos para adivinar el pánico y el dolor que lo atormentan en medio de un laboratorio donde los humanos parecen no haberse despojado de sus instintos salvajes. Como fuere, esta fotografía, que representa la insensatez de una sociedad que destruye la naturaleza a nombre de la civilización y el progreso, me trajo a la mente una discusión ética que escuché alguna vez en el metro de Estocolmo, entre una mujer sueca y un hombre de origen extranjero.

...Estoy de acuerdo con el experimento en los animales dijo él, sobre todo, si se trata de la investigación farmacológica para salvar la vida de millones de personas; de otro modo, sería difícil curar las enfermedades y conseguir los medicamentos contra el cáncer y el SIDA. De no experimentarse en los animales, ¿quién estaría dispuesto a ser el “conejillo de indias”? Vivimos en una época conflictiva y los humanos tenemos la urgencia de buscar medios que permitan protegernos de la radioactividad y de las armas químicas que amenazan nuestras vidas...

Para empezar replicó ella, debemos respetar la vida, y los animales, al igual que nosotros, son seres vivos, y el someterlos a experimentos es una aberración que sólo se les puede ocurrir a los hombres. Cada año se matan a millones de animales indefensos en los laboratorios de los países industrializados, no sólo en afán de encontrar medicamentos más efectivos contra las enfermedades, sino también productos comerciales que benefician a un reducido grupo de interesados. Además, estoy en contra de consumir carne de animales manipulados genéticamente y engordados con alimentos transgénicos. Estoy en contra de utilizar las pieles para fabricar abrigos de lujo y de maquillarme la cara con cremas que fueron probadas en animales, los mismos que perdieron la vida a cambio de lanzar al mercado una nueva maravilla cosmética que disminuya las arrugas y la edad de las mujeres. Prefiero una vida ecológica, en armonía con la naturaleza, y retirada de las zonas industriales, cuyos gases y deshechos están contaminando el medio ambiente y destruyendo las moléculas de la capa de ozono, que nos protege de las fracciones ultravioletas de la luz solar.

Lo que es yo dijo él, no rechazo las comodidades materiales que me brinda la sociedad moderna. Estoy de acuerdo con la ingeniería genética y con el avance de la tecnología, a pesar de los riesgos que esto implica. Vivo en una Era cibernética desde cuando entró en mi casa ese medio subversivo que se llama Internet, que, a través de las redes sociales, me pone en contacto con el mundo de manera más efectiva y veloz que el correo, el fax o el teléfono. Por ejemplo, ya no se puede hablar de censura de prensa ni de opinión en un mundo globalizado en el cual la fotocopia es un hecho trivial, en el que cualquiera puede grabar un video y descargar música MP3 gratis; un mundo con fax, impresor láser y una tecnología que está disponible incluso para hacer contactos eróticos. Lo demás, a estas alturas de la historia, es puro fanatismo ecológico...

Ella guardó silencio por un instante, después contraatacó con firmeza:

No es fanatismo cuando uno corta el agua de la ducha mientras se jabona o cierra el grifo del lavabo mientras se cepilla los dientes. No es fanatismo reciclar la basura doméstica, elegir electrodomésticos que ahorren energía y utilizar productos que no envenenen el agua ni el aire. Yo mismo separo el papel y el cartón de los restos de basura orgánica para reciclarlos. Tampoco tiro productos químicos, pinturas o medicinas al tacho de basura. Almaceno botellas y envases de vidrio para luego depositarlos en los contenedores. Vivo en una casa que tiene muebles de madera y no de plástico; en el dormitorio tengo una cama hecha de algodón, las cortinas y tapete son de tejidos naturales y las colchas están hechas de telas recicladas...

Ya no estamos en la Edad de la Piedra dijo él. Hace tiempo que el hombre se ha erguido de su condición de primate. La ciencia ha avanzado a un ritmo galopante y, gracias a la invención de la tecnología, el mundo parece haberse hecho cada vez más pequeño, quizás en desmedro de la ecología, pero sí en provecho de la humanidad.

De cualquier modo dijo ella, el acoso a especies animales y vegetales, la superpoblación y la pobreza son amenazas serias y reales. La temperatura media de la atmósfera aumenta 0,33 grados por década y los deshechos arrojados a las aguas superan los 20.000 millones de toneladas. Es decir, los mares se han convertido en el sumidero mundial, a ellos vertemos todo los productos que despreciamos en la sociedad de consumo, como si del mar, además de toda el agua que permite la vida sobre el planeta, no proviniera la alimentación básica del 20% de los humanos. En la sociedad llamada moderna nada ha crecido tanto como la pobreza y la basura. Nos estamos envenenando poco a poco y estamos al borde de una catástrofe ecológica...


Cuando el metro llegó a la estación de Slussen,  ellos se bajaron del vagón, mientras yo proseguí mi camino, pensando en que este tipo de conversaciones éticas valen la pena, aunque nadie es el dueño de la verdad absoluta. Pero eso sí, de una cosa estoy seguro: el experimento en los animales seguirá siendo un tema controvertido que dividirá la opinión pública entre unos que están en contra y otros que están a favor, porque en esta vida, como en la política y en el matrimonio, todo es discutible, excepto la muerte.

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