viernes, 26 de diciembre de 2025

SEGUNDO RECONOCIMIENTO PARA VÍCTOR MONTOYA EN CATAVI

El 21 de diciembre del año en curso, el escritor Víctor Montoya fue reconocido en sesión de honor por su amplia trayectoria literaria y cultural. A continuación transcribimos las palabras vertidas en el evento:  

Quiero expresar mis más sinceros agradecimientos a la Subalcaldía de Catavi, al Concejo del Gobierno Autónomo Municipal de Llallagua, al Comité de Defensa de los Intereses de Catavi (CODINCA) y a las organizaciones vivas de este valeroso distrito minero, por haber tenido a bien concederme un reconocimiento en el marco de la conmemoración del Día del Minero Boliviano y los 58 años de celebración de la efemérides de Catavi.

Cómo no voy a sentirme honrado de ser reconocido en una población que fue la cuna de grandes pintores y muralistas como Miguel Alandia Pantoja y Enrique Arnal. En estas mismas tierras, de volcanes apagados y campos deportivos que atesoraron sus épocas de gloria, nacieron también los escritores Ted Córdova Claure, Roy Querejazu Lewis, Walter Espinoza Barrientos y Raúl Azurduy Rossel, entre otros.

Catavi permanece en mi mente y mi corazón desde los años de mi infancia. Frecuenté los baños termales, su plaza y sus calles durante mi adolescencia. Conozco sus grandezas y sus miserias. Fui alumno del colegio “Junín” y un inquieto investigador de su memoria colectiva e histórica.   

Catavi fue el epicentro de la fabulosa industria minera durante la “Era del Estaño”, con una densidad demográfica relativamente pequeña, pero con una importancia histórica que supera a varias de las poblaciones del norte de Potosí. Aquí se estableció la empresa “Patiño Mines”, que controlaba la economía nacional desde la Casa Gerencia. Aquí se ejecutó la masacre minera el 21 de diciembre de 1942, en esas mismas pampas que luego se llegaron a conocer con el nombre de “Campos de María Barzola”. Aquí se firmó la Nacionalización de las Minas en octubre de 1952 y aquí se organizó el Archivo Historia Minero de Catavi, con proyecciones de convertirse en un nuevo museo del norte de Potosí.

En Catavi, junto a Uncía y Siglo XX, se puso en pie al sindicalismo revolucionario, que por muchas décadas se constituyó en la vanguardia indiscutible de las luchas sociales de Bolivia, exigiendo mejores condiciones de vida y de trabajo para los obreros y sus familias, hasta que su fuerza combativa declinó considerablemente tras el infame decreto 21060 de 1985. Mas no por eso sus líderes sindicales quedaron en el olvido. La gente todavía los recuerda con admiración y cariño. Ahí tenemos a Filemón Escóbar y Emilio Sejas, cuyos monumentos lucen estoicos en la Plaza 6 de Agosto. No son menos importes los esclarecidos dirigentes del Sindicato Mixto de Trabajadores de Catavi, como Arturo Crespo, Francisco Taquichiri, Gualberto Vega y Octavio Carvajal, entre muchos otros.

Por todo lo expresado, está claro que este reconocimiento, que recibo con afecto y humildad, me causa un enorme regocijo en lo más hondo de mi ser, pues nunca he dejado de considerarme un hijo de entrañas mineras y un escritor del norte de Potosí.

Gracias, una vez más, a todos los implicados en esta conmemoración del Día del Minero Boliviano y los 58 años de celebración de Catavi.


 

miércoles, 17 de diciembre de 2025

EL TABLERO DE LA MUERTE

Atahuallpa está tendido de bruces en un rincón de su fortaleza convertida en prisión. Tiene cadenas en los pies, las manos y el cuello, y lleva un manto tejido por las vírgenes del Sol.

El Inca alza su rostro, mira las paredes de granito y el techo de paja. Se levanta con el chirrido de las cadenas y arrastra los pies en dirección a la puerta. En el patio, los soldados encargados de su custodia hacen rodar los dados sobre la piel del tambor, mientras Hernando de Soto y Riquelme juegan al ajedrez en un tablero pintado sobre una mesa, con piezas hechas de barro y cocidas al horno.

El Inca contempla la partida de ajedrez desde el quicio de la puerta y recuerda el ocaso de su Imperio:

El día que acudí al encuentro de este puñado de ladrones salidos de la mar, con mentiras en la lengua y en el alma, llegué a la plaza amurallada de Cajamarca, sentado en una litera empenachada con plumas. Llevaba mis vestiduras más suntuosas, una diadema de lapislázuli y un cetro mitad oro, mitad madera. Junto a mí estaba la comitiva de nobles, portando joyas en las orejas, collares de esmeraldas y conchas marinas. Atrás venían mis concubinas de túnicas flotantes y un ejército de guerreros armados de hondas, mazas, lanzas, arcos y flechas.

Al caer la noche, precedida por ventarrones aullantes, aguardé la llegada de los hombres de caras blancas y barbas luengas que, según versiones del chasqui, no eran dioses sino mortales, que iban embutidos en cascos y túnicas metálicas, montados en animales más veloces que las llamas y cargando fierros que sonaban como truenos.

Al otro día, el capitán de barba prieta, que escondió a sus soldados detrás de los muros, advirtiéndoles arrancar de su corazón todo temor como mala hierba, ordenó a Hernando de Soto venir a mi encuentro en compañía del lengüilla Felipillo y de un grupo de diestros jinetes. Los caballos galoparon abriéndose paso entre mis guerreros y concubinas, quienes, al ver esos monstruos de cuatro patas y dos cabezas, quedaron con el alma en vilo; algunas se desplomaron y otras se desbandaron al son de relinchos y cascabeles.

Cuando Hernando de Soto se acercó a mi litera, tiró de las riendas con todo el furor de sus fuerzas y el caballo se alzó sobre sus patas traseras, esparciendo babas sobre mi manto sagrado. Permanecí impertérrito, con la mirada clavada en el suelo. El conquistador se apeó de un brinco y, por intermedio de Felipillo, me transmitió el mensaje de Francisco Pizarro. Levanté la cabeza, le toqué la coraza y me herí los dedos con la espada. De Soto volvió a montar a caballo y desapareció entre remolinos de polvo.

En ese instante, Atahuallpa escucha la palabra jaque y una algarabía de voces y gritos. Después retira la mirada del tablero y retoma el hilo de su recuerdo: En la plaza se hizo un gran silencio; callaron los tambores, enmudecieron los cantores y pararon las bailarinas. Era tan grande el silencio, que ni las hojas de los árboles se mecían, ni los pájaros remontaban el vuelo. De la puerta del centro salió una figura ataviada con túnicas negras, dos palos cruzados sobre el pecho y un objeto extraño en la mano. Se llamaba Vicente Valverde y su misión era conquistar nuestras tierras y nuestros corazones.

–Este es el Dios verdadero, el breviario –dijo, entregándome ese objeto extraño.

Lo tomé en la mano, lo agité contra la oreja y, al comprobar que no tenía voz, lo arrojé lejos de mí. Valverde se ofendió, retrocedió a paso lento y exclamó: ¡Sacrilegio! ¡Sacrilegio! Pizarro desenvainó la afilada espada y ordenó abrir fuego. Así empezó el ataque; los caballos hicieron retumbar sus cascos, las ballestas sembraron el pánico y los estampidos de los arcabuces sacudieron mi litera como si flotara en alta mar. Al cabo de media hora, todo estaba consumado. Pizarro se apoderó de mi litera, y los soldados, encadenándome las manos y el cuello, me condujeron a la Casa de la Serpiente, en cuyo patio, los capitanes empezaron a jugar al ajedrez, apostando esmeraldas y mariposas áureas que de un soplo se elevaban del suelo.

A dos días de mi cautiverio les ofrecí a los capitanes un fabuloso rescate a cambio de mi libertad. Les propuse llenar una habitación de oro y dos de plata. Me empiné y alcé mi brazo en alto. Un soldado marcó con tinta el lugar por mí señalado y un notario redactó el convenio.

A lo largo de tres meses, caravanas de indígenas acudieron con los tesoros de todo el Imperio. Desde el Cuzco venían las láminas de oro que fueron arrancadas del Recinto Dorado: leñadores con árboles de algarrobo, un niño tendido en una hamaca, discos con cabezas humanas y cuerpos de animales salvajes, copas con piedras preciosas que sonaban como matracas, una araña que paría perlas y una vasija en forma de concha de caracol, cinturones con cabezas de jaguar, coronas engastadas de zafiros y lapislázulis, un jardín con frutos de oro macizo y una fauna de plata y turquesa.

Pizarro, hijo bastardo y cuidador de cerdos en su niñez, se convirtió en el conquistador más afortunado de la historia y un soldado hizo plañir la trompeta, para que los orfebres fundieran en nuevas fraguas las obras de su creación. El horno engulló dioses y adornos, y vomitó lingotes de oro y plata.

Al precipitarse el sol tras el hilo tenso del horizonte, Hernando de Soto y Riquelme hacen los últimos movimientos sobre el tablero de ajedrez. En la frente les perla el sudor y en el pecho les galopa salvajemente el corazón. Cuando de Soto se dispone a mover un caballo, el Inca le toca el hombro y dice: No, capitán. La torre, mejor la torre. Hernando de Soto sigue el consejo y hace jaque mate a Riquelme. Ambos se miran asombrados al comprobar que el Inca había aprendido todos los movimientos y trucos del juego, simplemente observando lo que hacían los jugadores. Mas de nada le sirve al Inca su habilidad y el fabuloso rescate pagado a cambio de su libertad, puesto que la imprudencia de inmiscuirse en lo ajeno, lo llevaría a perder el Imperio y la vida.

Al otro día, Francisco Pizarro, sentándose frente a Atahuallpa, le anuncia que, con trece votos a favor y once en contra, habían decidido condenarlo a morir en la hoguera. El Inca se agarra la cabeza y contesta: No me digas burlas. ¿Qué hice yo para merecer este castigo? Pizarro se retira y desaparece.

Cuatro soldados conducen al Inca hacia la hoguera, pero como él no quiere desaparecer del mundo como ceniza, sino seguir reinando momificado en una chullpa, acepta su conversión al cristianismo para cambiar el tormento de la hoguera por el privilegio de la muerte por estrangulamiento.

El Inca avanza hacia el patíbulo con la cabeza gacha y besando la cruz. Se sienta en una burda silla de madera, apoya la espalda contra un poste y el garrote le parte la nuca, dejándolo con la mirada perdida en la nada.

jueves, 4 de diciembre de 2025

MICROTEXTOS XI

Sobreviviente

Los corsarios del Caribe cazaron a un gigantesco animal marino y en su vientre, entre otros objetos, hallaron anclas de barcos mercantes, cañones de fragatas sucumbidas en las batallas y, atónitos de asombro, hallaron vivo a un hombre, quien permaneció durante tres días y tres noches en el vientre del animal, que Dios puso entre las olas de alta mar para salvarlo del naufragio.

Criaturas imperfectas

Desde el principio, desde la génesis del mundo, el hombre y la mujer no fueron criaturas perfectas, como si Dios los hubiese creado más como un pasatiempo que a su imagen y semejanza. Desde entonces se jodió la humanidad entera. Por Adán y Eva entró la muerte en la Tierra, y por Caín y Abel, sus hijos enemigos, entró la violencia en el cuerpo y el alma del género humano.

Equidad de género

La relación entre un hombre y una mujer, a pesar de las leyes promulgadas en torno a la equidad de género, seguirá siendo compleja, debido a que los sentimientos más profundos no siempre son lineales ni eternos, como hubiésemos deseado que fuesen, sino sensaciones variables que no dejan de sorprendernos a lo largo de la vida.

Las relaciones humanas no han cambiado en lo esencial durante milenios ni cambiará jamás, como no cambiará la relación compleja entre los géneros.

Sin embargo, no cabe duda de que el amor entre el hombre y la mujer haya sido uno de los motores impulsores del desarrollo de las sociedades. No pocos hombres han protagonizado guerras por el amor de una mujer o mujeres que se han movido como maquinarias detrás de los triunfos de un hombre. Desde esta perspectiva social, biológica y emocional, es lógico suponer que la complementariedad en una relación de pareja es un poderoso instrumento capaz de trocar los sueños en realidad.

Los mil y un cuentos

Soy el Sultán Sahinar  de Las mil y una noches, capaz de recontar los mil y un cuentos que escuché en boca de la joven y hermosa Scheherezade, quien, con voz dulce y dulce cuerpo, me entretuvo noche tras noche con sus fabulosas narraciones, encadenándolas una tras otra y dentro de otra, para poner a salvo su vida y no terminar como las tres mil mujeres que desposé, que mandé decapitar y encerrar en el secreto sótano de mi palacio, temeroso de que me traicionaran con otros hombres mejor dotados que yo.

Complementariedad

En todo hay complementariedad, como en la cosmogonía andina, donde el día se complementa con la noche, la mujer con el hombre, el blanco con el negro, la vida con la muerte, la bondad con la maldad y, quiérase o no, el bien se complementa con el mal, como Dios se complementa con el Diablo, para bien o para mal.