martes, 1 de abril de 2025

ALEXANDRA BRAVO Y SUS PLUMAS

Cierto día, muy entrada la noche, sonó mi teléfono sacándome del sueño. Cuando levanté el auricular, escuché una voz conocida, casi familiar. Era Alexandra Bravo, quien acababa de llegar de suiza para exponer una parte de su arte plumario, que practicó entre las tribus de la amazonia peruana, en el Museo Etnográfico de Estocolmo.

Acordamos vernos en la puerta del Museo. Aquella tarde el frío calaba hasta los huesos y la nieve caía sin cesar. La aguardé en la puerta hasta que ella salió acompañada por un pintor argentino, cuyo nombre no recuerdo. Alexandra estaba igual que antes, como si los años no le hubiesen tocado un pelo. Llevaba una pluma de pendiente y otra pluma de collar; tenía los ojos cansados, una cabellera enmarañada como por el resoplido del viento y una sonrisa que se ampliaba en su rostro a punto de estallar en una carcajada.

Mientras el pintor argentino nos conducía en su auto hacia el centro de la ciudad, conversamos animadamente, recordando la primera vez que nos conocimos en París, en una conferencia de exiliados bolivianos, que se llevó a cabo en el verano de 1977. Recordamos también las veces que fuimos al Museo Moderno, donde ella me hablaba de arte y de sus tentaciones políticas.

En un tramo del trayecto, se le acercó al pintor argentino y le dijo: Este boliviano es como mi hermano. Yo no supe cómo disimular mi vergüenza y me limité a mirar las luces de la ciudad, que parecían luciérnagas en la noche, y a recordar aquel día que, mientras viajábamos en el metro, ella me enseñó el perfil de su rostro, preguntándome: ¿Te gustan los rasgos de mi cara? Sí –le contesté–, pero para contemplarnos y no tocarlos. Ella me clavó una mirada seria y mantuvo un largo silencio.

Apenas arribamos al centro de la ciudad, descendimos del auto. El pintor argentino prosiguió su camino y nosotros ingresamos a un restaurante chino, donde conversamos desde lo más mínimo hasta lo más íntimo.

Hablamos de la estética del arte y, sobre todo, de sus proyectos e inquietudes. ¿Dónde y cómo nació tu interés por las plumas?, le pregunté. Es una historia muy larga –contestó–. Sin embargo, todo empezó el día que visité el Museo Etnográfico de Berlín, donde me enfrenté maravillada a una exposición de plumas; allí mismo, en el sótano que apestaba a desinfectante, aprendí las técnicas del arte plumario. Cuando retorné a Zúrich, ya tenía en la cabeza un mundo de ideas, todas ellas en base a las plumas. Estando en eso, se me presentó la oportunidad de viajar a Perú a desarrollar un trabajo en comunidades campesinas. Después me fui a la Amazonia en busca de conocimientos y materiales, que me permitieran realizar mi proyecto.  

La calle estaba vacía y en el restaurante no quedamos más que nosotros. Yo pedí otra cerveza y ella siguió contándome sus aventuras en Zúrich y en la Amazonia. A ratos, la pluma que le adornaba la oreja y el pescuezo, me evocaba, además del estereotipo que creó el hombre blanco del indio emplumado, a la figura extravagante de Frida Khalo, quien levantaba más aspavientos con sus atuendos autóctonos que con sus dibujos y pinturas.

Alexandra –le dije–.Supongo que las plumas tienen su historia como todas las cosas. Por qué no me cuentas un poco. Ella contestó muy rapidito: Las plumas son solo plumas. Empero, desde la más remota antigüedad han sido tan importantes como las aves que las llevan. En muchas culturas, los pájaros han simbolizado no solo la fuerza, la sabiduría y el coraje, sino también la vida, la muerte y la guerra. De ahí que las plumas de estas aves tuvieron un carácter social, religioso, mitológico y práctico. Por ejemplo, entre los incas, mayas y aztecas, las plumas eran sinónimos de poder y estatus social; con las plumas adornaban las diademas, los mantos sagrados, las armas de guerra y el cuerpo de los guerreros. En Europa, las plumas eran un atributo de las clases dominantes, de los caballeros con sombreros de copa alta y de las damas de relampagueantes joyas y sombreros de ala ancha. Y, en efecto, en las calles de escaparates lujosos se pueden ver todavía a personas de andar aristocrático, llevando en el sombrero un ala de colibrí o la cola de un quetzal, como si cargaran un arcoíris en la cabeza; sin saber que estas maravillosas aves, cuyas plumas se han trocado en joyas tan preciadas como el oro, jade o turquesa, son especies en peligro de extinción en las zonas donde son cazadas y desplumadas.

En vista que es difícil conseguir plumas de aves en extinción, ¿Puedes decirme de dónde provienen las plumas con las cuales trabajas?, le pregunté esperándome una respuesta larga. Ella me guiño el ojo y, levándose de la silla, contestó: De las aves de corral.

Salimos del restaurante, caminamos una cuadra entre la nieve que refulgía bajo la luz de las luminarias e ingresamos al metro que está al lado de La Casa del Concierto, donde todos los años se entregan los Premios Nobel.

Al cabo de nuestra conversación, apareció el metro rumbo a Hasselby y Alexandra se despidió, preocupada del porqué los señores del Museo Etnográfico de Estocolmo no le dejaron decir que para ella el arte plumario es una forma de manifestar su solidaridad y compromiso político con la lucha de los pueblos indígenas de América Latina.