lunes, 16 de enero de 2017


LAS ALMAS DE CATAVI

En el patio de una envejecida vivienda, ubicada detrás de la antigua Casa Gerencia de Catavi, se escuchan los ladridos de un perro que parece enloquecer cada vez que oye el prolongado silbido de una sirena instalada en el techo del Teatro Simón I. Patiño. Esto sucede todos los días, perro y sirena invaden el silencio al filo de la madrugada, cuando ni siquiera la luz del alba alcanzó a filtrarse en las viviendas ni los primeros rayos del sol lograron posarse en la punta de los cerros.

Los caídos en la masacre de Catavi

El perro sale de su caseta, bate la cola a diestra y siniestra, y comienza a aullar como si el lamento de las almas en pena se hubiese desatado en su interior, hasta que las trompetas de la sirena dejan de ulular y la población vuelve otra vez a la calma, al mismo tiempo que el perro vuelve a meterse en su caseta construida con cajones de dinamitas.

Las mujeres más supersticiosas están seguras de que el perro ve el ánima de quienes perdieron la vida accidentados en el Ingenio Victoria, sin despedirse de sus padres, esposas ni hijos. Pero también que ve el alma de los mártires que cayeron abatidos en la masacre de la pampa María Barzola, la mañana del 21 de diciembre de 1942, cuando una marcha de mineros y palliris se dirigía hacia la Gerencia de Catavi, para reclamar por sus derechos laborales, al son de atronadores gritos de protesta, cachorros de dinamita, banderas rojas tendidas al viento y un pliego petitorio aprobado en asamblea general.


El perro, que tiene una alzada regular, la pelambre negra y cerdosa, moderadamente larga, y la mirada profundamente triste, como la de los perros de la puna, acostumbrados a pelear contra los soplos del viento y las corrientes de aire frío, corretea por el patio haciendo cabriolas, siempre que su dueño le sirve su comida en un plato de fierro losado, y, aunque no es un perro de caza sino de casa, persigue a los gatos del vecindario como si fuesen sus presas.

Espíritus en sitios emblemáticos

Apenas asoman las penumbras del ocaso, despierta de su extendida siesta, abre sus melancólicos ojos y agita su cabeza, da saltos impulsándose sobre sus patas traseras y, haciendo restallar la cola como un látigo en el aire, enseña sus afilados colmillos bajo la luz de la luna que, en las noches despobladas de estrellas, parece un plato de porcelana suspendido sobre los cerros. Es un perro inteligente, hiperactivo, de orejas largas y actitud valiente, tan valiente que es capaz de enfrentarse, con bravura y potente ladrido, a las almas que merodean por las cercanías del Teatro Simón I. Patiño, el Hospital Obrero y la antigua Casa Gerencia, en la que ahora no habitan más los espíritus de las gringas y los gringos que, en su condición de técnicos de la empresa, vivieron como verdaderos aristócratas a costa del sudor de los obreros, gozando de todos los privilegios en las amplias y cómodas viviendas, que actualmente están abandonadas y desoladas, como si un colosal ventarrón hubiese cruzado por esta población minera, llevándose consigo toda su grandeza y esplendor, tras la aplicación del Decreto Supremo 21060 y la posterior relocalización, que provocó una masiva emigración de sus habitantes hacia el campo y las ciudades.

El perro y la sirena

La sirena, que cada mañana y cada noche se escucha en Catavi, se parece en algo a la sirena que había en Siglo XX, la misma que primero sirvió para hacer señales en un barco mercante chileno y luego para indicar la hora de entrada y salida de los trabajadores mineros; y, como no podía ser de otra manera, para convocar a las asambleas en la Plaza del Minero, donde la sirena, que emitía un sonido estridente desde la azotea de la sede sindical, jugaba un rol importante en los momentos en que se agudizaban los conflictos sociales, cuando anunciaba la presencia militar, las masacres y apresamientos de los dirigentes.

Cuando la sirena toca por última vez en Catavi, cerca de la medianoche, el perro se arma de coraje para ahuyentar a las almas de los obreros muertos en el Ingenio Victoria y la pampa María Barzola, con la misma bravura con que aleja a los extraños que se acercan a la puerta del patio, donde el perro ladra y aúlla como un lobo herido, hasta que la sirena se calla como por mandato supremo en medio de la oscuridad.


Los cataveños aseguran que, a eso de la medianoche y cuando la sirena invade los dominios del silencio, el perro detecta con su fino olfato el olor del almita del minero que se hizo volar con cartuchos de dinamita. Dicen que el animal lo ve como a un ser esquivo y huidizo, como si sintiera miedo, el mismo miedo que él provoca con su presencia entre los vivos. Los testigos revelan que, algunas noches, el almita se aparece como una silueta ensangrentada en las paredes de la antigua Casa Gerencia y, otras veces, convertido en el espectro de una persona mutilada que se desliza con agilidad felina, que traspasa los muros de las habitaciones, sin necesidad de abrir puertas ni ventanas, y que se detiene en el jardín que parece un paraíso, donde contempla la belleza cromática de las flores y el macizo tronco de dos enormes árboles, en torno a los cuales solían jugar los hijos de los gerentes de la empresa.

El almita del minero inmolado

Su paso por las habitaciones deja impregnado un olor a dinamitas y carne chamuscada, y su presencia en el jardín de la antigua Casa Gerencia es breve, tan breve que apenas dura lo que dura el toque de la sirena, porque cuando ésta enmudece de golpe, el perro deja de ladrar como si le hubieran cortado la lengua. Sólo entonces vuelve a meterse en su caseta y se tiende a descansar sobre las frazadas sucias y deshilachadas que, a veces, aparecen en el patio expuestas bajo el sol.

El almita en pena, que el perro ve todas las noches, corresponde al minero que se inmoló de manera atroz y sin precedentes. Quienes lo conocieron en los campamentos de Siglo XX y Catavi, donde vivió y trajinó desde muy joven, aseveran que el almita no encuentra el descanso eterno desde su trágica muerte, acaecida aquel martes 30 de marzo del 2004, cuando entró en el edifico anexo del Congreso Nacional, a unos cincuenta metros del Palacio de Gobierno, armado con varios cartuchos de dinamita adheridos al cuerpo. Los policías de seguridad, que intentaron arrebatarle los detonadores que llevaba en las manos, forcejearon un instante con el minero, hasta que éste los activó y la explosión los hizo volar por los aires en medio de una ventolera de fuego, sangre, polvo y hojas de coca.

La onda expansiva, que se oyó a varias cuadras a la redonda y llegó hasta el corazón mismo de la sede de gobierno, hirió al menos a diez policías, hizo añicos los vidrios de las ventanas y dejó mutiladas a las víctimas, cuyos cuerpos volaron como piltrafas de muñecos de trapo, disparados por el soplo de la explosión. Y eso que no se activaron todas las dinamitas, ni las que el minero llevaba sujetas en la espalda ni los cinco kilos de explosivos que cargaba en el maletín. Poco después, los restos dispersos fueron metidos en bolsas negras de polietileno y retirados del edificio, donde no quedó más que escombros, manchas de sangre, pedazos de carne chamuscada y las hojas de coca que el minero llevaba en una bolsita de plástico.

El almita no retornó para vengarse

Las personas que no se movieron de Catavi, por nada ni para nada, ni antes ni después de la relocalización, cuentan que al almita del minero inmolado, que parece haber retornado desde el más allá para reclamar sus derechos en la Gerencia de la Empresa Minera Catavi, se lo siente por las noches como un vientecillo helado, incluso se escuchan sus pasos en los adoquines de la Avenida Bolívar y se lo escucha llorar en los pasillos fríos y vacíos de lo que antes fuera el Hospital Obrero, donde se encienden y apagan las luces por las noches, mientras se escuchan quejidos y lamentos por todas partes.


Los lugareños cuentan que el almita llora por sus wawitas que quedaron huérfanos y por la desgracia de sus compañeros que perdieron su trabajo, pulpería y hogar, y, por si fuera poco, que quedaron en la cochina calle. Él no hizo más que exigir justicia en honor a la verdad, porque cuando se hizo volar con los cartuchos de dinamitas, estaba reclamando la devolución de sus aportes al sistema de jubilación, después de haber trabajado 14 años en la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL).

El almita no ha retornado para hacer daño, afirman una y otra vez. Él no quiere descargar su venganza contra nadie. Sólo quiere que hagamos penitencia para que no se condene como espíritu maligno. Por eso rezamos a su nombre, para que un día encuentre la paz en su última morada, porque en vida fue una persona muy buena y querida. No hizo daño a nadie, pero tampoco se puede negar que tuvo una muerte por demás violenta. Hacerse volar con dinamitas debe ser como comprarse un pasaje directito al infierno, ¿no ve?

El almita se aparece en varios sitios

Parece que no quiere marcharse de Catavi. Se ha quedado con nosotros y entre nosotros, porque estaba ligado afectivamente a la producción minera y a las personas que lo querían y respetaban. Ésa es la razón por la que su alma descarnada, que está atrapada entre el mundo de los vivos y los muertos, se manifiesta en diferentes lugares. Algunos lo han visto ingresar al Teatro Simón I Patiño, sentarse en el sillón de cuero del palco de preferencia, que antes estaba reservado para el gerente de la empresa. También lo han visto ingresar en la Escuela de Enfermería, donde los papeles de la oficina vuelan encima del escritorio sin que nadie los toque. Eso no es todo, otros cuentan que, pasada la medianoche, cuando el perro negro, que vive cerca de la antigua Casa Gerencia, deja de ladrar y la sirena deja emitir un sonido capaz de despertar a los muertos, el almita se mete en el Sauna Turco de los baños termales y hace fila en las ventanillas de lo que antes era la pulpería de la empresa.

Como nadie atenderá las demandas del minero que, por no tener jubilación, trabajo ni pan que llevar a su casa, se inmoló en el edifico anexo del Congreso Nacional, su ánima seguirá deambulando por las dependencias de la antigua Casa Gerencia, mientras el perro, que vive encerrado en el patio de la casa envejecida, persiguiendo a los gatos y espantando a los intrusos, seguirá ladrándole toda vez que oiga el agudo ulular de la sirena, que inunda el silencio desde por la mañana hasta la media noche.

Las almas de palliris y mineros

Los aullidos del perro, que se confunden con el ulular de la sirena, son una prueba fehaciente de que las almas de las palliris y los mineros muertos en circunstancias trágicas, no han encontrado la paz eterna en su tumba; al contrario, retornaron para hacer cumplir sus demandas laborales en las oficinas de la Gerencia de la Empresa Minera Catavi que, hoy por hoy, están desmanteladas desde que se produjo el retiro colectivo de los trabajadores, quienes cargaron sus pertenencias en los camiones Leyland y dejaron los campamentos rumbo a otros horizontes, con la esperanza de encontrar nuevas y mejores condiciones de vida.

En tanto en las calles y casas de esta población, cuya grandeza parece haber sido borrada de un plumazo de la historia del movimiento obrero boliviano, se quedaron las almas de las palliris y los mineros que, noche tras noche, son ladrados por el perro que los ve aparecerse cada vez que oye el ulular de la sirena instalada en el techo del Teatro Simón I. Patio, único monumento que permanece intacto desde que el magnate minero mandó a construirlo con bloques de piedra labrada y con la intención de preservarlo para la posteridad, como uno de los mayores símbolos de la primera gran industria minera, que se instaló al pie de los cerros volcánicos de Catavi.  

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