sábado, 8 de octubre de 2016


A PROPÓSITO DE CUENTOS DE LA MINA

Cierto día, como todo escritor pegado a las nuevas tecnologías de comunicación, recibí un E-mail de la amiga Elisa, quien me manifestaba, a través de su breve y cordial mensaje remitido desde Francia, su interés por adquirir mi libro Cuentos de la mina. Yo le pasé los datos de la editorial cochabambina Kipus y le sugerí que les escribiera directamente, solicitándoles un ejemplar del mencionado libro.

Así lo hizo. Al cabo de un tiempo, volvió a escribir para comentarme que Cuentos de la mina le llegó por correo y sin problemas. Lo interesante de su mensaje era que éste venía acompañado de un archivo adjunto, con una fotografía que ella tomó el día que recibió el sobre membretado por la editorial.

En el mismo mensaje, como cosa curiosa, me pedía que, por favor, le enviara una dedicatoria con mi firma, para pegarla en la primera página del libro, porque, según me decía, una vez que ella lo leyera, tenía pensado regalárselo a un querido amigo, con quien compartía sus inquietudes de mujer dedicada a las artes musicales.

Desde luego que ese pedido, aun siendo muy honroso para un autor, no me pareció una brillante idea; primero, porque yo tenía que escanear mi firma y, segundo, porque una vez pegada en el libro no se vería nada presentable. Así que desistí a su pedido y le agradecí por haber comprado el libro, que tuvo que atravesar el charco para llegar hasta sus manos.
   
Al margen de esta anécdota, lo interesante es constatar que este libro es el que más lectores me ha ganado fuera de Bolivia. No es casual que esté traducido a otros idiomas y que al Tío de la mina me lo imagine hablando en otras lenguas distintas a las que él domina en su propio contexto sociocultural. Pues una cosa es leer el título del libro en la lengua original, Cuentos de la mina, y otra muy diferente leer en italiano (Racconti dalla miniera), en alemán (Die Legende vom Tio), en francés (Contes de la Mine) o en sueco (Djävulen i gruvan).

Está claro que el Tío de la mina, protagonista principal del libro, es un ser mitológico capaz de transgredir las fronteras nacionales, las vallas culturales, sociales, raciales y lingüísticas. Es, pues, un personaje fascinante que expresa de manera viva el subconsciente de los mineros. Si leemos los textos psicoanalíticos de Freud, Jung o Fromm, encontraremos, sin lugar a dudas, análisis explicativos de que los seres humanos encarnamos un ángel y un demonio que habita en nuestro fuero interno. Y son estos dos elementos que me han motiva a describirlo al Tío de manera ambigua, con dos espíritus que conviven dentro de un mismo cuerpo, como si se tratara de un ser humano que abriga en su interior tanto la bondad como la maldad.

El Tío (Huari o Supay), que es una deidad venerada por los trabajadores en el interior de la mina -por ser el dueño de los yacimientos minerales y el protector de las familias mineras-, asomó en mi vida desde mi más tierna infancia. De modo que cuando empecé a cultivar el cuento como género literario, me asaltó la idea de convertir al Tío en un personaje vital de mi obra literaria, ya que su imagen demoniaca, junto a sus aventuras y desventuras, retozaba en mi memoria ávida de salir a la luz como el obrero después de permanecer durante horas en las oscuras galerías. Escribir sobre el Tío de la mina ha sido una manera de recrear el mundo mágico de los mineros, pero también una forma de liberarme de mis fantasmas del pasado, como si hubiese querido arrancarme del alma una espinita que me atormentaba desde la infancia.

Ahora que el Tío se mueve con sus propios pies y habla con voz propia, como todo ser hecho de carne y hueso, me da la enorme satisfacción de que me haya elegido como a su escribano, como al compañero de sus travesías y como al amigo de sus aventuras. Sin el Tío de la mina hubiera sido más difícil que mi obra literatura fuese solicitada desde allende los mares y despertara el interés de los lectores que me escriben desde los más diversos países.

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