viernes, 1 de enero de 2016


LA REENCARNACIÓN

Desde el día en que entró a trabajar en la mina, lo destinaron a la sección Block-caving, para realizar un trabajo en extremo peligroso e insalubre. La galería estaba llena de buzones y buzones, y el minero, enfrentándose a la muerte en su condición de lamero, estaba encargado de hacer chorrear la carga hasta el nivel 650, con la ayuda de barretas y explosiones de dinamita.

El minero, que empezó como chambón y aprendió las mañas del trabajo de la mano del cabecilla de su cuadrilla, un antiguo obrero que atesoraba todo el saber y la experiencia, concibió la idea de que la única forma de salir con vida de la galería era suplicándole protección al Tío, suprema deidad del mundo subterráneo, bueno con los buenos y malo con los malos.

El lamero, después de chispear la guía, conectada al fulminante y al cartucho de dinamita, llutada en la roca o en la carga atascada en el buzón, salía corriendo de la galería al grito de: ¡Tiro! ¡Tiro! ¡Tiro!..., para evitar que nadie fuera sorprendido por la explosión ni nadie fuera a dar al otro lado de la vida por un simple descuido.

Una vez ejecutado el desembolso de la carga, que se precipitaba a través de los buzones produciendo un ruido de mil demonios, la galería se llenaba de una masa compacta de polvo, que no permitía ni siquiera distinguir al compañero a dos metros de distancia. De modo que lo único que el lamero respiraba durante la jornada eran las partículas de polvo.

A cinco años de haber trabajado en una galería insalubre, jugándose la vida con la muerte, tenía los pulmones dañados por el mal de mina y el cuerpo prematuramente envejecido, hasta que empezó a toser de manera convulsiva y a escupir coágulos de sangre, como si sus pulmones se le estuvieran escapando por la boca.

El minero estaba acostumbrado a entregar su fuerza de trabajo a cambio de un salario de hambre, mientras otros amasaban fortunas a costa de quienes arrojaban sus pulmones petrificados por la silicosis. Quizás por eso, en los momentos del pijchu, cuando la cuadrilla se reunía en el paraje del Tío, no faltaban los obreros que, sintiéndose víctimas de una despiadada explotación, le reprochaban al amo de los minerales por no ayudarlos a mejorar su condición de vida ni de trabajo, a pesar de las ofrendas que le dejaban cada vez que estaban pijchando a su lado.

Esta fue la razón del porqué el minero, afectado por el mal de mina como todo lamero, no resistió a un ataque de cólera, se vació una botella de alcohol aguado y, asegurarse de que nadie lo viera ni se diera cuenta de su ausencia, se dirigió al paraje del Tío, llevándose en las manos un combo de 25 libras.
    
El Tío lo miró desde su trono y no se inquietó para nada. Conocía de antemano el motivo de su presencia y las razones de su enojo. El minero, borracho y encolerizado, levantó varias veces el combo por encima del guardatojo y, golpe tras golpe, destrozó la estatuilla del Tío.

–¡Del polvo vienes y al polvo volverás! –le gritaba, mientras blandía el combo con ambas manos, una y otra vez, hasta hacer saltar en pedazos la diabólica imagen del Tío.

Lo que el minero no vio, en el momento en que destrozaba al supuesto responsable de su desgracia, era que el espíritu del Tío abandonó la estatuilla y se refugió en un rincón del paraje, a la espera de que su atacante terminara de descargar su furia y luego se retirara del paraje, llevándose el combo con el que lo embistió salvajemente.

Cuando el minero volvió a su hogar, le contó a su esposa que, encorajinado por la borrachera, la frustración y la impotencia de soportar una subsistencia miserable, destrozó a combazos la estatuilla del Tío.

–¡Jesús, María y José! –fue lo único que atinó a exclamar su esposa, persignándose delante de las estampitas de santos y vírgenes colocadas en una repisa empotrada en la pared.

El minero hizo un gesto de desaliento y, rindiéndose ante el cansancio y la borrachera, se tumbó sobre la cama, sin quitarse las botas ni la ropa de trabajo. Al poco rato, con el cerebro sumido en las tinieblas de una estremecedora pesadilla, se le apareció la imagen intangible del Tío, como un ente incorpóreo que sobrevivió a la destrucción de su cuerpo.

–Nadie puede desalojarme de la mina, por mucho que destroce mi estatuilla –le dijo, clavándole una mirada ardiente–. Por eso sigo vivo, delante de tus ojos, dispuesto a meterme en tu cuerpo cuando a mí me dé la gana...

El minero se quedó mudo y quieto, se empapó en sudor frío y en lágrimas de espanto. Estaba claro que la simple inmovilidad de su cuerpo era suficiente para deducir que su estado de ánimo no era idéntico al de la vigilia y que, debido a fuerzas ajenas a la voluntad humana, sentía un vacío por dentro, como si su alma, durante el trance de la pesadilla, le hubiese abandonado para emprender un viaje al más allá, sin que él pudiera hacer nada para atraerlo de vuelta.

Al día siguiente, poco antes del alba, despertó de la pesadilla al primer toque de la sirena, se levantó sin hacer ruidos, cogió su bolsa de Calcuta, con los enseres necesarios para cumplir con una nueva jornada. No se despidió de su esposa ni de sus hijos, abrió y cerró la puerta. Se encaminó rumbo a la bocamina, pero sin dejar de pensar en que de nadie sirvió que su esposa se santiguara ni que tuvieran una herradura de caballo en la puerta, que él mismo puso contra los malos augurios y los espíritus malignos, porque el Tío, acostumbrado a desafiar los mandatos divinos, como si quisiera imponer siempre su propio mandato en medio de una lucha entre el Bien y el Mal, se aparecía igual que la luz y el aire, allí donde nadie lo invitaba y donde menos se lo esperaba.

Al llegar a la galería de la sección Block-caving, donde era conocido como el lamero más intrépido entre sus compañeros, lo primero que hizo, incluso antes de quitarse la bolsa de Calcuta, fue dirigirse al paraje del Tío, curioso por ver los estragos que causó en su arrebato de rabia y borrachera. Alumbró con la lámpara el lugar donde estaba el trono del Tío y no divisó más que escombros: botellas rotas de aguardiente, cigarrillos, serpentinas, mixturas y hojas de coca esparcidas como por un torbellino. De la estatuilla no quedó nada, salvo los pedazos de roca a la que fue reducida a combazos.

El minero estaba sorprendido por su violento accionar, aunque estaba consciente de que su osadía tendría consecuencias funestas, tratándose nada menos que del Tío, quien no perdonaba a las personitas que se atrevían a insultarlo y a ponerle las manos encima. En efecto, ni bien el minero se dispuso a salir del paraje, no pudo mover los pies, como si una fuerza sobrenatural las sujetara desde el fondo de la tierra. Estaba sobrecogido por el susto, sin comprender lo que sucedía con su cuerpo; tenía la cara compungida, los ojos llorosos y los nervios en estado de pánico; en vano abrió la boca para gritar y pedir auxilio, su voz no se escuchó y se quedó atorada en su garganta. En eso nomás, un ventarrón caldeado se metió en el paraje y el minero, como atrapado en el ojo de un huracán, fue despojado de sus ropas y quedó como Dios lo trajo al mundo. Después vino lo peor, ya que ante la luz de la lámpara, iluminándolo desde el guardatojo tirado en el suelo, sintió que algo candente le penetró en el cuerpo, como empalándolo en una estaca recién sacada del fuego.

En el paraje estallaron carcajadas diabólicas y al minero, que experimentaba un repentino trastorno de los sentidos, le salieron cuernos en la frente y afilados colmillos en la boca; su lengua se le hizo gorda como la de una vaca y sus orejas largas como las de un burro; sus cabellos se tornaron en rubios y sus ojos echaron lumbres en la oscuridad; los dedos de las manos y los pies se transformaron en pezuñas; su piel se hizo rechoncha y espantosa; su cuerpo se deformó hasta el límite del horror y hasta su miembro viril adquirió dimensiones sobrehumanas.

El minero sufrió una metamorfosis más dolorosa que un suplicio infernal, hasta que encarnó todos los atributos del Tío, desde los cuernos hasta las pezuñas de los pies. Así fue como el espíritu del amo de los socavones, que se salvó de los combazos y se quedó intacto, se reencarnó con una tremenda ferocidad en el cuerpo material del minero, quien, desde ese instante, estaba más conectado con las catacumbas del demonio que con el reino celestial de Dios.

Sus compañeros de cuadrilla, al no saber dónde se había metido, lo buscaron en los buzones de las diferentes galerías, y, al no encontrar otros rastros que sus desgarradas ropas en el paraje del Tío, lo dieron por desaparecido, como a tantos otros que, una vez que entraron a la mina, no volvieron a salir a la luz del día.

Desde esa vez, en la sección Block-caving, donde los mineros se enfrentaban ojo a ojo con la muerte, no vieron más al lamero, descolgando la carga con barretas y dinamitas, ni escucharon sus resonantes gritos de: ¡Tiro! ¡Tiro! ¡Tiro!..., aunque algunos tenían la sospecha de que la nueva estatuilla del Tío, que apareció de la noche a la mañana en el paraje donde pijchaban a diario, era el mismo minero que, pensando en darle muerte al soberano de la mina, acabo entregándole su vida y su cuerpo, en el que se reencarnó el espíritu del Tío, con la misma crueldad con que castiga a quienes le faltan al respeto y no le rinden tributo ni pleitesía antes de penetrar en los laberintos de su dominio.

Glosario

Acullicar: Masticar hojas de coca.

Carga: Rocas, mineral y tierra mezclados que se vacían en el buzón.

Lamero: Obrero que descuelga la “carga” de mineral atascada en los buzones, colocando entre las rocas cartuchos de dinamita.

Mal de mina: Nombre popular de la silicosis.

Llutar: Sujetar con barro la masa de dinamita en la abertura de la roca o en la “carga” atascada en el buzón.

Pijchar: Masticar hojas de coca.

Pijchu: Acullico de coca.

Tío: Deidad. Diablo y dios tutelar que habita en el interior de la mina. Los mineros le temen y le brindan ofrendas. Su estatuilla es de greda y rocas, está colocada en el lugar de paso obligado de los mineros.

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