lunes, 16 de marzo de 2026
UNA
ENTREVISTA EXTRAVIADA
Aquí
tenemos, después de mucho tiempo, una entrevista extraviada en los laberintos
de los documentos almacenados en una computadora portátil. Las respuestas a las
preguntas realizadas por la periodista Milenka Parisaca Carrasco, que era
responsable del suplemento Crónicas del
diario Ahora el Pueblo, son una
muestra del compromiso cumplido por el escritor Víctor Montoya, quien se tomó
el debido tiempo para contestar las preguntas que le llegaron por correo
electrónico aproximadamente a mediados de 2024.
1. ¿Cómo defines
tu estilo a la hora de escribir microrrelatos, cuentos y novelas? ¿Existe
alguna diferencia?
El
estilo literario, que es como la identidad del autor, está determinado por el
tipo de obra que se escribe. Por ejemplo, no es lo mismo escribir un ensayo que
escribir una novela. Los recursos literarios varían dependiendo del género
literario de la obra; en el ensayo se usan elementos fácticos, en cambio en la
novela entran en juego tanto lo real como lo ficticio. Sin embargo, el autor debe estar consciente
de que cada vez que concibe una obra literaria, sea esta una novela, un cuento,
un microrrelato o una crónica, debe considerar que la obra tenga altos valores
éticos y estéticos, y que la temática que va a desarrollar le permitan explayar
los diversos recursos técnicos de la moderna narrativa latinoamericana, sin
trastocar su estilo personal ni deslucir su peculiar manera de convertir en
literatura los elementos de la realidad y la ficción.
2. ¿Qué papel
juega la investigación en tus obras y cómo encuentras el equilibrio entre la
ficción y la realidad?
Muchos
de los cuentos los he escrito luego de haber realizado una investigación previa
de los temas que iban a tratar. De hecho, mis ensayos y crónicas están basados
en trabajados de investigación, no en vano incluyen extensos datos bibliográficos
al final del libro. El equilibrio ente la realidad y la ficción depende del
género literario. En los ensayos, por ejemplo, no existe espacio para la
ficción, pues se abordan temáticas que requieren estar pegadas a la realidad
fáctica y al material bibliográfico; en cambio en las novelas, cuentos y
relatos existen andamiajes literarios que permiten combinar la realidad y la
ficción con absoluta libertad, pero siempre cuidando que la narración parezca
lo suficientemente real o verosímil. Si el escritor no se cree la historia que
está relatando, menos se lo creerá el lector. Entonces es importante que la
realidad y la ficción se fundan como el
anverso y reverso de una misma moneda, sin que el lector note qué parte es real
y qué parte es ficción en la novela o el cuento.
3. ¿Cómo
describirías tu proceso creativo al concebir y desarrollar una historia? ¿Qué
te inspira?
Como
todo proceso de gestación, donde una idea concebida, sea en el contexto real o
imaginario, debe tener un comienzo, un medio y un final, con la intensión de
que la obra, que es como criatura espiritual del autor, pueda deleitar y
satisfacer las expectativas del lector. A los escritores, de un modo general,
nos inspiran, entre otras, las historias humanas y universales, relacionadas a la
vida, el amor, el desamor, los conflictos sociales y la muerte. A mí, en lo
personal, suelen inspirarme las temáticas que me tocan muy de cerca el corazón
y la mente, temas en las que pueda reflejar mis propias inquietudes,
frustraciones, ensueños, insatisfacciones y mis deseos de mejorar las
condiciones sociales. Por lo general son temas con los que me identifico tanto
en mi condición de escritor como en mi condición de lector.
4. ¿Cómo
percibes la evolución de tu escritura a lo largo de tu trayectoria como autor?
Es
un largo proceso de aprendizaje, como cuando un niño aprende a andar después de
gatear. En el camino se cometen muchos errores, pero se aprende a corregir los
errores con el tiempo, la autocrítica y la experiencia. El oficio de la
escritura se parece a cualquier otro trabajo artesanal, donde la experiencia
hace al maestro. Es decir, uno nunca deja de aprender. La escritura requiere de
un constante ejercicio y uno debe machacar el oficio sin cesar, al menos, si
uno quiere quedar relativamente satisfecho con su obra de creación. García
Márquez decía que uno aprende a escribir escribiendo, como se aprende a nadar
nadando.
5. Desde tu
infancia, has mostrado una inclinación por la clase obrera. Sin embargo, ahora
perteneces a la clase media. ¿Qué te lleva a seguir identificándote con esta
clase social que aún enfrenta muchas reivindicaciones pendientes?
No
solo he mostrado una inclinación natural hacia la clase obrera, sino que yo
mismo soy hijo de entrañas mineras. He nacido y vivido en el seno de una
familia minera. Mi abuelo, mi padre y muchos de mis parientes han sido mineros
en el norte del departamento de Potosí. El hecho de que ahora pertenezca a la
clase media, no es motivo para desconocer mi origen de clase; es más, siempre
me he sentido orgulloso de ser hijo de esa clase social revolucionaria, que
tanto ha aportado al desarrollo económico del país, a la toma de conciencia
política de las mayorías desposeídas y la formación de Bolivia como nación. Me
identifiqué con la clase obrera desde que tengo uso de razón. Los mineros han
contribuido en mi formación personal. Ellos me han dotado de una conciencia
política y ellos son los personajes de una gran parte de mi mundo literario.
6. ¿Cómo fue tu experiencia en Suecia, durante el exilio, bajo la dictadura de Hugo Banzer, y de qué manera influyó en tu trabajo como escritor?
La
experiencia del exilio es casi siempre la de un desterrado, de aquel que es
expulsado, contra su voluntad, de la tierra que lo vio nacer. No obstante, tuve
la suerte de haber sido todavía un adolescente cuando la dictadura de Banzer me
lanzó a las mazmorras de la prisión y me exilió a Suecia, país donde terminé mi
educación secundaria y proseguí mis estudios de educación superior. Desde luego
que una nueva realidad, un nuevo idioma y una nueva forma de vida influyen en
la conducta y el pensamiento de cualquiera que acaba siendo un inmigrante en el
país que lo acoge. Esta misma situación, de un modo consciente o inconsciente,
hace que un escritor aborde temáticas que tienen que ver con su nueva realidad
sociocultural, incluso ocurre que en el momento de escribir se piensa en dos
idiomas, en mi caso, en español y
sueco.
7. ¿Cómo ha sido
tu proceso de reconciliación o reflexión sobre las experiencias vividas en
Bolivia durante la dictadura de Banzer y en el exilio a tu retorno a tu país?
Mi
retorno al país, después de más de tres décadas de ausencia, fue una
experiencia que me generó emociones encontradas. Por una parte, vuelves a
reinsertarte en un contexto del que te apartaste por un buen tiempo, y, por
otra, sientes que estás dejando atrás, lejos de tu país de origen, una vida, un
trabajo, una familia, que no es solo boliviana sino también extranjera. Con
todo, mi retorno al país ha sido como la del pez que vuelve a nadar en sus
propias aguas. Ya no había dictaduras militares y se notaba que el país estaba
cambiando para el bien de todos. Causa una enorme satisfacción el saber que la
lucha que uno libró en el pasado, contra las injusticias sociales, las discriminaciones
raciales y los sistemas dictatoriales, no fue en vano, sino un sacrificio que
valió la pena, al menos, para demostrar que sí es posible construir una
sociedad distinta a la que nos ofrece el capitalismo salvaje.
8. ¿Qué mensaje
o reflexión esperas transmitir a través de tus escritos sobre la injusticia
social y la resistencia en situaciones políticas difíciles?
No
siempre tengo la intención de transmitir un mensaje o una reflexión a través de
mis escritos. En el mejor de los casos, me cuido mucho de ese maniqueísmo
didáctico de querer enseñar siempre lo qué es bueno y lo qué es malo, ver las
cosas en blanco y negro, sabiendo que la realidad presenta también tonalidades
grises. Las obras recargadas de demasiadas sentencias o advertencias censo-moralistas
no siempre son las que más gustan a los lectores, ya que estos prefieren libros
que estimulen su fantasía y los transporten, en las alas de la imaginación y de
la mano de los personajes inventados, hacia otras realidades distintas de su
entorno inmediato y cotidiano. La lectura debe darles el placer y la sensación
de haber sido partes de una historia que nació de la inventiva del autor. En mi
caso, incluso cuando escribo sobre la realidad dantesca de los mineros, intento
que mis obras no sean una suerte de panfletos literarios, con consignas del
sindicalismo revolucionario, sino obras donde el realismo social y el realismo
mágico se complementen, tal como ocurre el mundo minero, donde, además de darse
una explotación inhumana, se respira una cosmovisión donde prevalece la magia
de los cuentos, mitos y leyendas que provienen de la tradición oral de las
culturas ancestrales.
9. ¿Cuál es la importancia de una literatura social que mire a los sectores populares? ¿Crees que en la actualidad se perdió ese tipo de literatura?
Pienso
que en la pasada centuria se escribió mucha literatura entroncada en el realismo social. Este es el caso de la
literatura indigenista y minera. Los autores, identificados con las
reivindicaciones de los obreros y campesinos, creyeron que con sus obras podían
contribuir a la concientización de los oprimidos y la conquista de la
liberación nacional. En el presente siglo, los autores están más dedicados a
abordar temas que tienen que ver con las necesidades existenciales de los
individuos y las nuevas tecnologías de la sociedad moderna, y creo que están
más abocados a trabajar con el lenguaje, que en lanzar mensajes sociopolíticos
a diestra y siniestra. Tampoco se trata
de hacer una literatura por literatura, pues no es lo mismo escribir sobre los
pétalos de una flor que sobre un drama humano, que nos convoca a la reflexión y
a buscarle una solución. Por lo demás, la literatura contemporánea de Bolivia,
en los últimos años, ha ganado merecidos espacios a nivel continental y
mundial, gracias a su temática de carácter universal y su calidad
estética.
10. ¿Qué te
llevó a explorar el tema del Tío de las minas en tus escritos?
No
tuve que explorar nada ni hizo falta que lo invente. El Tío ya estaba ahí, en
el interior de la mina, esperándome para convertirme en su escribano, porque
él, más que yo, es quien cuenta sus historias de aventuras y desventuras. El
Tío estaba metido en el crisol de mi memoria y en mi mundo subconsciente desde
la niñez. Escuché hablar de él en boca de mi abuelo y de varios de mis
familiares que tenían que ver con la labor minera y sus asuntos. Ahora bien, el
Tío no es el único personaje central que habita en mi obra, aunque a él le he
dedicado lo mejor de mi tiempo y mi creación literaria. El Tío de la mina es un
excelente personaje literario no solo porque representa las contradicciones
entre lo profano y lo sagrado, sino también porque posee atributos que permiten
poner de relieve el realismo fantástico existente en los mitos, cuentos y
leyendas que abundan en la tradición oral de las poblaciones andinas y, sobre
todo, en los centros mineros, donde se lo venera y rinde pleitesía,
ofrendándole coca, cigarrillos y aguardiente a través de las ch’allas, wilanchas y otros ritos ancestrales.
11. ¿Cómo defines la relación entre el Tío de las minas y la figura del diablo en tu obra?
El
Tío de la mina y el diablo bíblico no son el mismo personaje, salvo para los
judeocristianos que creen que el Tío es el mismísimo demonio llegado del
infierno para promover el mal entre los humanos. Lo cierto es que los
conquistadores, desde los albores de la colonia, confundieron a la deidad de la
cosmovisión andina con el diablo, intentando atribuirle vicios y maleficios,
como parte del proceso de extirpación de idolatrías que los catequizadores
emprendieron en el seno de las culturas originarias. No obstante, para los
mineros –o los mitayos del pasado–, el Tío poseía más facultades de bondad que
de maldad, por cuanto lo reconocieron como al Supay (Diablo), deidad del ukhupacha
(mundo subterráneo), representado
más tarde por el Tío, protector de las riquezas minerales y los mineros,
quienes, asumiendo una actitud de respeto y sumisa veneración, lo incorporaron
con honda fe en su mundo familiar, asumiendo la idea de que el Tío es dios y
diablo en la cosmovisión andina y la mitología minera.
12. ¿Podrías
explicar si realmente mantienes conversaciones con el Tío, o si más bien es una
estrategia para llevar a tus lectores más allá de la imaginación?
El
Tío es un personaje tanto real como ficticio, el que mejor simboliza el
mestizaje cultural y el sincretismo religioso entre el paganismo ancestral y la
religión católica. Eso me da la posibilidad de fantasear en torno a una serie
de temas donde no están exentos los tratados filosóficos, la sabiduría popular,
los postulados religiosos y una fuerte dosis de humor que genera encendidas
polémicas en torno al presente y el pasado de nuestra esencia multicultural. En
los supuestos diálogos que mantengo con el Tío, como si de veras se tratara de
un ser vivo como cualquiera que tiene sentimientos y pensamientos, no me olvido
de recrear los mitos, leyendas y consejas del mundo fantástico de los mineros,
quienes, desde los albores de la época colonial, empezaron a venerar a este
personaje mitológico, mitad dios y mitad demonio, que reina en los tenebrosos
socavones. Desde luego que todos estos diálogos, que se supone son ficticios o
imaginarios, son una suerte de estrategia literaria que me permite llegar a los
lectores interesados por conocer el mundo mágico y mítico de los mineros
bolivianos, pero también para estimular su imaginación y demostrarle que, a
veces, la realidad puede superar a la ficción y que la fantasía puede trocarse
en realidad.
13. ¿Hay algún
otro personaje o historia que hayas escrito que sea especialmente significativo
para ti?
Existen
varias historias y varios personajes que son significativos en mi obra
literaria y en mi vida existencial como escritor. Solo por citar algunas de mis
obras, puedo afirmar que los personajes y las historias narradas en mis Cuentos violentos o Cuentos en el exilio son de carácter más íntimos, más personales,
porque abordan hechos reales y de primera mano. Lo mismo se repite en mis
libros El laberinto del pecado y Huelga y represión, cuyos personajes y
temas son una suerte de espejos donde se reflejan varias de las experiencias
que me tocó vivir en carne propia. El hecho de que estén presentadas como obras
de ficción, no les quita su valor testimonial ni autobiográfico, por lo que se
constituyen en obras que tienen un gran significado para mí y que, a su vez,
ocupan un sitial especial entre los libros que he publicado hasta el presente.
Otros ejemplos son mis crónicas que están pobladas de personajes del mundo
real.
14. ¿Qué consejo les darías a los escritores aspirantes que están empezando su viaje en el mundo de la escritura?
Que
lean mucho y aprendan lo mejor de otros autores, en cuanto a recursos
narrativos y temáticos, como los que nos legaron los más descollantes
escritores de la literatura universal. Los aspirantes a escritores tienen que
ser consciente de que para aprender a domar el lenguaje y manejar con destreza
las técnicas escriturales, no hay otra alternativa que forjar el oficio sin
cesar, con paciencia y conocimientos, como se forja el acero en el yunque. Todo
lo demás, como el reconocimiento a la inventiva y al trabajo del escritor,
viene por añadidura, sabiendo que la creación de una obra literaria requiere
más transpiración que inspiración.
15. ¿Qué
significa para ti tener lectores que se conectan con tus historias y
personajes?
Para
cualquier escritor es una enorme satisfacción saber que sus libros se venden y
llegan a manos de los lectores. Ahora si estos se conectan con las historias y
los personajes del libro es doble la satisfacción, sobre todo, si se considera
que un autor debe buscar a sus lectores, llevándoles un producto que no los
defraude tanto por su forma como por su contenido. Todo escritor debe ser
consciente de que su existencia en el ámbito literario depende de los lectores,
porque ellos son los jueces que determinan el destino que tendrá el libro, de
ellos depende que una obra sobreviva al tiempo o sucumba en las catacumbas del
olvido. En síntesis, así como no hay escritores sin libros, tampoco hay escritores
sin lectores. El escritor debe tener lectores para legitimar su existencia en
un contexto cada vez más exigente y competitivo.
16. ¿Tienes
algún proyecto futuro del que te gustaría hablar o del que estés especialmente
entusiasmado?
Como todo escritor, cuya vida gira en torno a la actividad literaria, tengo varios proyectos en marcha, pero prefiero mantenerlos en secreto hasta que llegue la hora de revelarlos públicamente. No creo que valga la pena meter el pan en un horno que todavía no está caliente. Todos los proyectos saldrán a luz a su debido tiempo. Por ahora no queda más que seguir trabajando con el mismo empeño y entusiasmo de siempre.
jueves, 12 de marzo de 2026
ÓSCAR
ALFARO A VUELO DE PÁJARO
A
Óscar Alfaro me parecía haberlo conocido en el sueño, cuando mi madre, sin
saber al cuidado de quién dejarme, me llevó, siendo niño, a la Escuela Jaime Mendoza, en la población de
Llallagua, donde ella ejercía como directora del establecimiento educativo.
Me
dejó jugando en el patio, mientras ella trabaja atendiendo los asuntos de sus
colegas, los alumnos y los padres de familia, hasta que, bajo un límpido cielo
y en medio de la algarabía de los niños, que revoloteaban como abejas en un
panal, apareció un hombre de contextura delgada, con un maletín en la mano y un
extraño modo de caminar; tenía los lentes casi redondos y una barbita de chivo,
dándole la apariencia de ser un ser extraordinario. No era el nuevo profesor,
ni el supervisor escolar, sino el poeta tarijeño Óscar Alfaro, el Príncipe de la literatura infantil boliviana,
quien llegó a las poblaciones de Llallagua, Siglo XX y Catavi, como parte de un
recorrido por las escuelas de la COMIBOL, programado por la Federación Sindical
de Trabajadores Mineros de Bolivia, para que leyera y difundiera sus poemas
infantiles entre los profesores de enseñanza primaria.
Cruzó
el patio de cemento, en compañía de mi madre, y se metió en un aula, donde
estaban reunidos los profesores, sentados ya en los estrechos pupitres, donde
el poeta les saludó amablemente, antes de tomar asiento en una silla, cerca de
la pizarra y la mesa del profesor. Abrió su maletín y sacó varios libros, con
ilustraciones en colores, que los puso sobre la mesa a modo de exposición.
Luego les dirigió unas palabras, explicándoles el porqué de su visita. Los
profesores le miraron atentos y en silencio, como hipnotizados por las mágicas
frases de un mago. Él se levantó de la silla, hojeó uno de sus libros y leyó su
poesía, con una voz suave pero firme.
Yo
observé la escena desde la ventana, sin que los profesores advirtieran mi
presencia de niño curioso y desobediente. Al cabo de la lectura, algunos de los
profesores se le acercaron al poeta, le dieron la mano y hasta le compraron sus
libros, que él, con muestras de gratitud y cariño, se los autografió uno por
uno.
Mi
madre se compró Cien poemas para niños,
un libro que después leí con mucho entusiasmo, con la sensación de que, en cada
verso, me parecía escuchar su voz, como si él mismo me lo estuviese leyendo al
oído, con esa misma entonación melódica que escuché aquel maravilloso día en
que el poeta pasó por la Escuela Jaime
Mendoza, como un pájaro peregrino que vuela de jardín en jardín, ofreciendo
ramilletes de versos y llevando en su maletín las joyas más preciadas por los
niños.
Concluida su visita, salió del aula en compañía de mi madre y, rengueando de una pierna, cruzó el patio sin apuros, hasta perderse tras la puerta que daba a la calle, donde estaba la Plaza 6 de Agosto y la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción.
domingo, 8 de marzo de 2026
LA
SERENA
Juana
tenía 32 años y era madre de dos hijos. Nació al pie del Cerro Rico de Potosí,
donde trabajaba como serena en una
cooperativa minera. Quedó viuda y a cargo de la familia desde el fatídico día
en que su marido, obrero de la misma cooperativa, voló en pedazos tras la
explosión de una descarga de dinamitas. Así enviudó siendo todavía joven, como
muchas mujeres casadas con mineros.
Ella
vivía en dos pequeños cuartos, con sus hijos y un perro que era guardián de la
casa. Ingresó a trabajar en la cooperativa minera en lugar de su marido, quien,
según sus confesiones, era un hombre borracho, machista y maltratador.
La
casa no tenía agua potable, luz eléctrica ni cocina a gas. Nunca contó con
ingresos propios ni fue dueña de nada, mucho menos del paupérrimo salario de su
marido, que no alcanzaba para llenar la canasta familiar ni para que sus hijos
asistieran a la escuela.
Desde
que empezó a trabajar como serena, en
los depósitos de minerales de la cooperativa, aprendió a luchar para sobrevivir
en un infierno no apto para las mujeres, teniendo como únicas armas el coraje,
una piedra y una dinamita en mano. Se convirtió en experta en el manejo del
explosivo, siempre listo para estallar ante el primer atisbo de peligro.
Todas
las noches trabaja acompañada de su perro y, a veces, también de sus hijos,
para ahuyentar a los jukus, que
merodean la zona, queriendo robar las bolsas de mineral que los cooperativistas
extraían de la mina y dejaban en unos depósitos, con paredes de adobes y techos
de calamina, construidos de manera improvisada cerca de la bocamina.
Juana
era compañera de los cooperativistas que, a pesar de trabajar sin seguridad
industrial y en condiciones infrahumanas, le seguían metiendo barreno y
dinamitas a los parajes que dejaron
los trabajadores de la COMIBOL. Ellos trabajaban en el interior de mina y ella
como serena encargada de vigilar los
bienes de la cooperativa, enfrentándose a jukus
que, noche tras noche, se aparecían al amparo de la oscuridad para robar el
mineral.
Juana
estaba ya acostumbrada a enfrentarse a los jukus
y a los mineros atrevidos que, aun teniendo una mujer en casa, intentaban
abusarla y violarla delante de su perro; por eso ella, precavida desde el día
de su nacimiento, andaba siempre con una piedra en el bolsillo de la pollera y
una dinamita cargada en la mano, para defenderse de los desgraciados que
amenazan su integridad de mujer, viuda y madre.
Juana
le rezaba al Tata Q'ajcha para que no
le pasara nada y le suplicaba al Tío
de la mina para que la protegiera siempre, por ser viuda de un minero cooperativista
y por el bien de sus hijitos huérfanos de un padre que murió en un paraje lejano, donde las vetas de estaño
estaban ya agotadas.
Juana
era el ejemplo de una mujer que no se dejaba vencer por las adversidades,
consciente de que la vida no era fácil para una viuda y serena de una cooperativa, pero sí una gran escuela donde se
aprendía que no hay mal que por bien no
venga, hasta que un día, mientras trabajaba como de costumbre, llegó un
gringo turista, interesado por conocer el Cerro Rico de Potosí. Apenas la vio
cerca de la bocamina, en compañía de sus hijos y su perro, se sintió atraído
por la belleza exótica de esa mujer de sombrero, manta y pollera.
El
gringo la enamoró con buenas intenciones, la acompañó en su trabajo por las
noches y, al cabo de un tiempo, le propuso matrimonio con el propósito de
llevársela a su país. Así fue como Juana y sus hijos se libraron de las temibles
garras del laboreo minero.
Los
cooperativistas, conocedores de la miserable realidad de una serena, decían que Juana tuvo suerte,
que recibió la bendición del Tata Q'ajcha
y el consentimiento del Tío de la
mina para encontrar un hombre de sentimientos nobles, quien, además de amarla
con la sinceridad de su corazón, la haría feliz por el resto de sus días.
Desde
entonces no se volvió a saber nada de Juana ni de sus hijos, salvo que dejó de
ser serena en la cooperativa minera y
que se marchó a tierras lejanas para no volver más a la ciudad donde
nació.
Glosario
Guardatojo: Casco de protección usado en el laboreo minero.
Jukus: Ladrones de mineral.
Paraje: En el interior de
la mina: sitio o lugar de trabajo.
Serena: Mujer que cumple
la función de vigilar por las noches los depósitos de mineral y los bienes de
la cooperativa minera.
Tata K’ajcha: Cristo Minero. Santo Patrono. Crucifijo situado en los primeros metros de
la galería principal. En Potosí, según
la tradición popular, su imagen aparece como un Cristo moribundo con su
“guardatojo” de minero.
Tío: Deidad. Diablo y dios tutelar que habita en el interior de la mina. Los mineros le temen y le brindan ofrendas. Su estatuilla es de greda y rocas, está colocada en el lugar de paso obligado de los mineros.
lunes, 2 de marzo de 2026
CUENTOS
BREVES
Los
cuentos, cada vez más breves, ganan en vigor y en tiempo. El microcuento hace
gala de una técnica narrativa que gira en torno a la brevedad brevísima. Toda
palabra tiene un significado específico, como si la connotación semántica del significante
constituyera el eje principal del principio, la trama y el desenlace de estas
brevedades que, por sí mismas, se acomodan al poco tiempo que dispone el lector
para experimentar un goce estético de la lectura de un relato estructurado
sobre la base de una invención sintetizada y un puñado de palabras que componen
una historia comprimida como el gas en una garrafa del tamaño de un puño.
Los
cuentos breves, por su propia naturaleza, corresponden a un género literario
que fue cultivado desde la antigüedad tanto en Oriente como en Occidente. Los
autores, desde siempre y de un modo intuitivo, sintieron el deseo y el reto de
crear microcuentos, que tuviesen la virtud de abreviar las historias que, de
otro modo, podían extenderse tanto en el tiempo como en el espacio. El desafío
consistía en contar un hecho real o ficticio en pocos minutos y en pocas
palabras, como los buenos chistes, que son mejores, muchísimo mejores, mientras
menos tiempo requieran para dar la estocada final, como lo hace el matador en
el ruedo de toros.
No hay nada más valioso que un autor/a, después de haber pergeñado un cuento breve, sorprenda a los lectores con su ingenio y su capacidad de no quitarle tiempo al tiempo ni el poco tiempo que tiene el lector en una sociedad cada vez más intensa y estresante, donde el hábito de leer un libro impreso es cada vez menos atractivo. Así que el microcuento debe durar, en el mejor de los casos, lo que dura un orgasmo breve pero intenso.
miércoles, 11 de febrero de 2026
EL
ESCRITOR COMO APRENDIZ DE OTROS ESCRITORES
Eduardo
Galeano era uno de esos escritores empeñados en atrapar las palabras andantes,
en rescatar la memoria colectiva, en reescribir los grafitis, los cuentos
apócrifos, los chistes populares y hasta las diversas versiones de una misma
historia, quizás, porque más que un creador de narraciones personales, era un
modulador de voces anónimas.
Él
mismo, más que un inventor o escritor original, fue un auténtico cazador de historias no oficiales y un
escribidor al servicio de los de abajo, de los marginados, ninguneados y nadies, que necesitaban de la
magnífica pluma de un escritor contestatario e irreverente.
En
consecuencia, ni las palabras ni las ideas eran completamente suyas. Toda su
obra era –y sigue siendo– una suerte de coro sinfónico, donde se justaban voces
diversas en una disposición de querer contar una misma historia contemplada desde
todos los ángulos, con sus más diversos olores, sabores, tonos, colores y
matices.
Galeano
enseñaba que nadie es el inventor de
un tema, y mucho menos, si se trata de las epopeyas luminosas de un continente
o una civilización. Las fuentes que usan los escritores son las mismas, las que
provienen de los ancestros, la tradición oral y los protagonistas tanto
reconocidos como anónimos de la historia.
El
propio Galeano, como la totalidad de los escritores, era un simple copión de la realidad, un recopilador de
lo que por ahí andaba suelto. Él mismo hablaba con voces prestadas y usaba los
mismos documentos, a los que, aun siendo patrimonios colectivos, les estampaba
su impronta personal, pero conservando las fuentes primarias de los hechos
históricos, convencido de que nadie es dueño de la historia de América Latina y
el mundo.
Nadie
pueda darse ínfulas de ser original,
cuando se sabe que no existe nada nuevo bajo el sol, y que todos manejan las
mismas fuentes, las mismas palabras y los mismos relatos que se transmiten, con
ciertas modificaciones, por medio de la tradición oral y la memoria colectiva.
Esto lo saben los poetas que escriben las variantes de un mismo tema y una
misma metáfora universal, inventadas en un pasado remoto por otros poetas
anónimos.
Todos
los escritores, de un modo consciente o inconsciente, son aprendices de otros
escritores, por cuanto la originalidad es relativa, así la calidad estética
esté revestida de un estilo propio. Desde luego que un escritor puede seguir de
cerca las técnicas narrativas y las frases bien estructuradas de otro, pero a
condición de que las añada, al menos, una interpretación personal, con un
estilo que lo diferencie del resto en la inmensa fauna literaria.
Los
escritores latinoamericanos hoy consagrados en la constelación de las letras
universales, luego de haber superado su complejo de originales, reconocen sus influencias de otros cultores del arte literario.
Nadie es enteramente original, salvo
que haya vivido sin libros y en una isla solitaria. Los demás aprenden de los
demás, de los autores que los precedieron en el tiempo y el espacio.
No en vano Eduardo Galeano, con la humildad de un aprendiz de escribano, decía: Mucho aprendí de Juan Carlos Onetti, el narrador uruguayo, cuando yo me estaba iniciando en el oficio (...) De Onetti aprendí, también, el placer de escribir a mano...
miércoles, 4 de febrero de 2026
LECTURA
DE LA SUERTE EN PLOMO
En
La Ceja de la ciudad de El Alto, en plena feria de la Alasita, vi a un yatiri
sentado detrás de una pequeña mesa, atendiendo a sus clientes del más diverso
linaje, quienes le solicitaban que les leyera la suerte y el futuro en un trozo
de plomo que, entre volutas de espeso humo, era derretido en un cucharón
colocado sobre el brasero calentado con carbón, para luego ser vertido en un
recipiente de agua fría.
El
yatiri, originario de una provincia del
norte paceño, era un sujeto serio y maduro, de pelo blanco y rala barba; tenía
un punto de sorna en la mirada y, supuestamente, mucha experiencia en el arte
de adivinación; vestía con poncho rojo, gorro de lana, pantalón negro y
calzados envejecidos por las interminables caminatas.
Delante
del yatiri estaba una mujer que, tras
la interpretación espiritual de las formas metálicas, que le predijeron su
desdichado destino, se levantó batiendo las polleras y enjugándose las lágrimas
que le brotaban de sus hermosos ojos negros. Fue entonces que, impulsado por la
curiosidad de conocer lo que me deparaba la vida, decidí que el enigmático personaje
me adivinara el futuro, nada menos que en un trozo de plomo derretido al fuego
y solidificado en agua fría.
El
yatiri, acostumbrado a predecir el
futuro de la gente en cuestión de salud, amor, negocios y viajes, se decía a sí
mismo que estaba conectado con los achachilas,
espíritus que moran en las cumbres nevadas de los Andes, quienes le concedían
el prodigio de ser un agorero del género humano.
–Toma
asiento –dijo con su boca llena de coca, presto a explorar mi futuro por unas
pocas monedas.
Me
senté en la pequeña banca de madera y me dispuse a esperar, con infinita
paciencia y mucha expectativa, el resultado que arrojaría el plomo fundido.
Encima
de la mesa, de un metro por un metro, yacía una bolsa de coca, una botella de
aguardiente, un crucifijo y un brasero ardiente, con un cucharón donde ponía el
trozo de plomo para que fuese derretido por las llamas del carbón que ardía al
rojo vivo.
El
yatiri andino, que atendía a sus
clientes furtivos, sentados en la pequeña banca, mientras avivaba las llamas de
las brasas, procedió a colocar el pedazo de plomo dentro del cucharón. Después
sorbió un trago de aguardiente directamente de la botella y, mirando cómo el
fuego fundía el metal entre burbujas, dijo:
–La
fe mueve montañas.
Al
cabo de un tiempo, retiró el cucharón del brasero, con el plomo todavía en
ebullición, y lo vació rápidamente en el recipiente de agua fría, formando
figuras caprichosas y sólidas al instante, que fueron escrupulosamente
interpretadas por el adivino andino, como quien quiere encontrar las futuras
claves de la vida en un trozo de metal tóxico.
Yo
miraba en derredor, casi perdido en medio de la multitud que asistió a la Alasita, y el yatiri parecía rezar para sus adentros, invocando a sus recursos
internos, que emanaban desde el fondo de su alma, como si pusiera en acción
otros poderes sobrenaturales lejos de la ciencia y la razón.
Al
advertir que estaba algo distraído pero inquieto, aguardando que leyera mi
suerte en las figuras amorfas formadas en el plomo solidificado, movió la
cabeza de arriba abajo y, sorbiendo otro trago de aguardiente, exclamó:
–¡Tendrás
un brillante futuro! Las figuras son elevadas, claras y sin manchas…
Esbocé
una ligera sonrisa y no dije nada. Le pagué las monedas por su servicio, me
levanté de la banca con el cuerpo pesado y me dispuse a proseguir mi camino.
–Espera
un momento –dijo, deteniéndome en seco.
Me
volví con parsimonia, sin saber lo que quería el yatiri, quien me invitó a sentarme otra vez.
–No
sé por qué –dijo–, pero me t’inka que
tú eres la persona indicada para contarte en qué consiste mi trabajo.
De
entrada, se definió como un hombre dedicado al estudio de los fenómenos
paranormales, esotéricos y místicos, una sabiduría que le permitía escuchar voces
en medio del silencio, ver espíritus del más allá, conversar con ellos y
transmitir energías cósmicas a través de la palma de las manos; más todavía, me
confesó que se dedicaba a practicar rituales andinos desde siempre, ritos para
encontrar a la pareja ideal y sanar a los enfermos, ritos para hacer milagros y
prever con anticipación las catástrofes naturales.
No
en vano, en el tronco del árbol, donde apoyaba su robusta espalda, colgó un
letrero en cuyo texto se leía: Yatiri
aymara ausculta la suerte en plomo derretido. Aquí se da respuesta sobre la
infidelidad de la pareja, la forma de salir de la pobreza o revelar el nombre
de la persona que te embrujó por celos o por envidia. Aquí se le lee la suerte y
lo qué depara el mañana, con solo derretir un metal que atrae la energía de las
personas y tiene los mismos poderes provenientes de Dios.
El
hombre, dedicado a la lectura de la suerte en plomo, al advertir interrogantes
y dudas en mi frente, sacó de su bolsa de lana una serie de piedras talladas y me
las ofreció, a buen precio, como talismanes para mejorar mi vida, hacer cumplir
mis deseos y evitar el mal de ojo o los maleficios a los que podían someterme
mis enemigos.
Le
miré a los ojos, diminutos como los de un ratón, y recorrí por el mapa de su rostro,
que dibujaba gestos parecidos a los de un p’ajpaku,
con una verborrea a flor de labios y una actitud de hombre pícaro.
Poco
después, en medio del bullicio de la calle, me levanté del asiento y, sin ni
siquiera despedirme, me alejé del lugar, sin dejar de pensar en que todos, en
épocas de crisis económica, buscan la manera de ganarse el pan del día, así sea
con las tradiciones propias de una comunidad ancestral, donde las
supersticiones forman parte de la vida y la mente de sus habitantes.
Glosario
Achachilas: Espíritus ancestrales en la cosmovisión andina. Protectores de las comunidades, personificados en las montañas o cerros.
Alasita: Feria tradicional de miniaturas dedicada a la abundancia y la prosperidad.
P’ajpaku: Charlatán, embustero,
embaucador callejero.
T’inka: Corazonada,
presentimiento, intuición o impulso espontáneo, a menudo irracional.
Yatiri: Curandero,
adivino, chamán, guía espiritual en la comunidad aymara.
miércoles, 28 de enero de 2026
viernes, 23 de enero de 2026
LAS
LAMAS DEL K’ENKO EN CATAVI
¡Ah,
carajo! ¡Todo se fue a la mierda!, exclamó un cataveño, mientras miraba las
imágenes, que se transmitían por medio de las aplicaciones de TikTok, sobre la
catástrofe medioambiental que tuvo como escenario la pequeña comunidad de
Andavilque.
La
laguna artificial el K’enko, que
estaba ubicada al lado de la población de Catavi, conservaba una gran reserva
de mineral en forma de lama, ya que
durante mucho tiempo se bombearon a esta laguna las colas o los desperdicios provenientes de la planta de concentración
de estaño denominado Ingenio Victoria.
Así se conservó varias décadas, desde la época en que el empresario minero
Simón I. Patiño perdió su imperio en este sitio del municipio de Llallagua, al
norte del departamento de Potosí.
La
laguna el K’enko era un lugar casi
turístico, donde los enamorados iban a caminar por las orillas y a tomarse
fotografías, No faltaban los cataveños que, motivados por la nostalgia de los
años idos y vividos, retornaban desde el interior del país para ir a contemplar
las aguas plomizas de la laguna que se les quedó grabada en la memoria desde la
más tierna infancia.
Todo
era asombro y maravilla en esta zona de la pampa de Catavi, hasta el día en que
la laguna, tras la falta de mantenimiento y las intensas precipitaciones
pluviales, colapsó y se desbordó, generando una gigantesca mazamorra, mezcla de
lama, agua y residuos minerales, que
se descolgó desde las alturas y, llevándose todo a su paso, se precipitó cuesta
abajo, hasta inundar el pequeño poblado de Andavilque.
El
desastre ocurrió aproximadamente a las 5:00 de la madrugada del 16 de marzo del
2025. Los testigos cuentan que se oyó un repentino estrépito que sacudió la
parte sud de Catavi. Los pobladores ni siquiera alcanzaron a ponerse de pie,
cuando la mazamorra inundó la comunidad precolombina de Andavilque,
perteneciente al ayllu Chullpa, cuya población se dedicaba a la producción
agrícola, crianza de ovinos, camélidos, vacunos, curtiembre y hasta a la
elaboración de chicha y chicharrón.
La
laguna artificial el K’enko, un dique
que se encontraba en la parte alta de Andavilque, cerca de los desmontes de colas-arenas, fue vencida por las
fuerzas de la naturaleza y sus espesas aguas se desbordaron como en una
película de ciencia ficción. Los pobladores quedaron en estado de espanto y de
llanto. El rebalse causó graves daños medioambientales, porque el dique
contenía plomo, zinc, cadmio, sulfuros y estaño de baja ley.
El
pánico y la zozobra alcanzaron dimensiones apocalípticas. Las personas y los
animales, en un intento por poner a salvo sus vidas, se abrieron paso entre el
lodo plomizo y espeso, mientras los gritos de auxilio se oían junto al zumbido
de las aguas y la lama encajonándose
río abajo.
Varios
animales, entre ellos perros y gatos, fueron sorprendidos y enterrados por la lama. La mazamorra primero se comió la
cancha de fútbol y luego las viviendas de adobes y techos de calamina. Por
suerte, algunos pobladores alcanzaron a huir hacia las partes altas del terreno
y a subirse a los techos para evitar ser llevados por el material de arrastre.
En
poco tiempo todo estaba consumado. El lodazal, que descendió hasta apoderarse
de Andavilque, dejó un panorama pintando de color plomizo, como si toda la lama de Catavi, acumulada durante
décadas por la industria minera, se hubiese rebelado contra la codicia humana,
que no dejó de horadar el vientre de la Pachamama ni dejó de explotar los
yacimientos estañìferos del norte de Potosí.
Ese
mismo día, los medios de comunicación y las redes sociales difundieron imágenes
capaces de erizar la piel y golpear los sentidos. Los informes oficiales de lo
sucedido, de las causas y consecuencias del lago artificial, considerado por
muchos un atractivo turístico, dieron
cuenta de que el 80% de las viviendas y los cultivos quedaron como navegando en
medio de la desgracia y bajo un cielo cargado de nubes. No solo quedaron
cientos de damnificados, sino que la laguna el K’enko contenía minerales tóxicos, que dañarían la salud de los
pobladores, constituyéndose en una irreparable catástrofe medioambiental, que
afectó también a otras comunidades campesinas a lo largo del río.
La
laguna artificial el K’enko, que
causó una colosal catástrofe en Andavilque, desapareció del mapa de la noche a
la mañana, como desaparecen los malos proyectos de un soplo. Por cuanto lo que
un día fue una de las reservas más importantes de la Empresa Minera Catavi, un
sitio donde los enamorados y turistas acudían para darse besos y tomarse
fotografías, otro día se convirtió en un paisaje desolado y en un ejemplo del
manejo irresponsable de una industria minera que la abandonó a su suerte, tras
el maldito Decreto Supremo 21060 de 1985, que provocó el cierre de las minas
nacionalizadas y una relocalización
sin precedentes en la historia de Bolivia.
Glosario
Colas-arenas: Residuos de mineral procedentes de la planta de procesamiento de estaño del Ingenio de Catavi.
Chicha: Bebida alcohólica hecha con jugo de maíz fermentado.
K’enko: Laguna artificial ubicada cerca de la población de Catavi. Conserva una
gran reserva de estaño, debido a que durante décadas se bombardearon los
residuos minerales provenientes del “Ingenio Victoria” de la Empresa Minera
Catavi.
Lama: Greda pegajosa que se produce durante la perforación. Residuos de
mineral fino (polvo) procedentes de la planta de procesamiento de estaño del
Ingenio de Catavi.
Relocalización: Despido masivo de trabajadores mineros, que buscan nueva residencia.
miércoles, 7 de enero de 2026
MICROTEXTOS
XII
Los muñecos
En varias calles de la ciudad de El Alto, acechadas por la delincuencia
diurna y nocturna, los vecinos colgaron enormes muñecos de las luminarias.
Están hechos de ropas embutidas con trapos de todos los colores y tamaños. No tienen
rostros, ni edades, ni nombres, pero sí un letrero en el pecho y un texto
parecido a la sangre: Ladrón pillado será linchado y quemado.
El líder
Sembraba
la palabra, con vehemencia y coherencia, sin saber si sus partidarios eran
tierras fecundas, donde un día podían cosecharse sus ideas revolucionarias y sabias enseñanzas. Hablaba y hablaba, en
las asambleas, congresos y reuniones, no por ser un hablador, sino un auténtico
líder de las masas y un magnífico representante de las aspiraciones populares.
La corrupción
En
un país bananero, donde todo anda de cabeza, el político que roba es aplaudido
y el policía honesto es ridiculizado, el que miente es aplaudido y el que dice
la verdad es abucheado. En un país bananero, donde todo anda patas arriba, la
honestidad es plata y la corrupción es oro.
El pecado
Dicen
que en el Paraíso, el diablo tomó la forma de una serpiente, una criatura
dotada del don de la palabra y capaz de expresar sus pensamientos con
deslumbrante lucidez. Se alzó sobre su cola y le convenció a Eva para que le
diera de comer el fruto prohibido a Adán, ya que si ambos comían del árbol de
la sabiduría, de lo Bueno y lo Malo, no morirían, como les dejó dicho Dios,
sino que se les abriría los ojos y los oídos, y serían como su Creador. Ella le
obedeció como mujer sumisa y probó el fruto prohibido del árbol de la
sabiduría, que Dios, por alguna divina equivocación, puso en medio del jardín
del Edén. Poco después, Eva le entregó la fruta prohibida a Adán, quien, como
hombre sumiso, hincó los dientes en la manzana. Así fue como nuestros primeros
padres, incitados por la serpiente y desobedeciendo el mandamiento de su
Creador, introdujeron el pecado y la muerte en este mundo.
Cuestión de gatos
Eduardo
Mondragón no compartía la idea de que los gatos eran animales sagrados, como se
imaginaban los antiguos egipcios, y mucho menos dioses protectores de la salud
y la fortuna. Tampoco había por qué venerarlos y mimarlos como lo hacían los
budistas tibetanos, que los consideraban acompañantes en el tránsito obituario
y que en la vida eran como hermanos del alma, sobre todo, si se los trataba con
consideración y cariño.
Tampoco
le interesaba si Julio Cortázar tuvo una
extraordinaria afición por los gatos en París, si Ernest Hemingway criaba
numerosos gatos en su casa de Cuba, si Carlos Monsiváis vivía rodeado de gatos,
si Edgar Allan Poe inmortalizó a su gato negro y si Stephen King, en su novela, Cementerio de animales, retrató a un gato capaz de resucitar a los
muertos, ni para qué citar a los otros querendones de felinos como T.S. Eliot,
Mark Twain, Charles Dickens y otros.
Le tenía sin cuidado que también las escritoras como Charlotte Brontë, Colette, Patricia Highsmith, Elizabeth Bishop, Elena Poniatowska y Doris Lessing, entre otras, hayan sido amantes de los gatos. Lo único que le interesaba a Eduardo Mondragón, el enemigo principal de los gatos, era que estos felinos, que por las noches se tornaban en pardos, desaparecieran del mapa por ser carniceros de dientes afilados. Los odiaba con todas las fuerzas de su alma, desde el día en que un gato se entró por la ventana de su cuarto y se comió al canario de su vida.
sábado, 3 de enero de 2026
APRENDIZAJE
DE LA ESCRITURA
De
la misma forma que existe un “centro cerebral del lenguaje”, existe también un
“centro de la escritura”, que dirige y coordina todos los movimientos delicados
de la mano que participan en el acto de escribir.
La escritura es, por lo tanto, un acto complejo y asociado, cuya realización
exige la colaboración armónica funcional de los centros ópticos, acústicos y
motores del cerebro.
Los
niños en edad preescolar, que aprenden a escribir las letras de su nombre, lo
hacen combinando el sonido y el signo alfabético que lo representa; un proceso
de aprendizaje que, como todo conocimiento adquirido, requiere de ciertas
destrezas físicas y facultades mentales, pues la estructuración de las letras
y, en cierto modo, el aprendizaje de los sonidos y nombres de las letras
implica una forma avanzada de coordinación sensorial y motriz. Así, el
aprendizaje de un sonido para una letra requiere de una capacidad lógica en la
percepción, una capacidad mental que no siempre está desarrollada en los niños
que aprenden a leer antes de la edad escolar.
El
niño, en su condición de sujeto pensante y principal artífice en el proceso de
aprendizaje, investiga desde un principio su entorno inmediato, constatando la
existencia de dimensiones como “arriba” y “abajo”, “izquierda” y “derecha”,
“delante” y “detrás”. Después adquiere un conocimiento mucho más detallado
sobre las relaciones cognitivas, a partir de sus experiencias y vivencias
cotidianas; un permanente proceso de asimilación que lo conduce al aprendizaje
paulatino de la escritura, que no siempre está exenta de dificultades en todos
los casos.
Los
especialistas en el tema recomiendan a los educadores del ciclo preescolar
estimular en los niños el ejercicio de dibujar, debido a que constituye una
práctica necesaria en el proceso de aprendizaje de la escritura. Según el
psicólogo norteamericano Jerome Bruner, la temprana creación pictórica ayuda a
entrenar las funciones de la memoria y es determinante en el desarrollo
idiomático. Bruner concibe la imagen gráfica y el idioma verbal como una
evolución ordenada durante el periodo preescolar y considera el lenguaje
escrito como algo único en el desarrollo cognitivo. Lo mismo que para el
psicólogo ruso Lev Vygotsky, el dibujo es el primer paso del lenguaje escrito y
una poderosa herramienta para el pensamiento, puesto que las letras no son más
que una suerte de dibujos en miniatura; es más, el educando debe hacer que el
niño asimile una conciencia idiomática, al menos cuando se sabe que vivimos en
una Era de comunicación tecnológica, en la que el lenguaje escrito constituye
un elemento funcional y fundamental.
El
niño tiene que aprender primero a reconocer y distinguir cada una de las letras
y grupos de letras, imprimiendo en su cerebro las respectivas imágenes o representaciones
visuales. Debe aprender los respectivos sonidos y “almacenar” en el cerebro las
correspondientes imágenes sonoras. De esta forma puede el niño empezar a
escribir, relacionando la imagen sonora y la visual de cada una de las letras y
grupo de letras. Al mismo tiempo, entra en función el
centro motor de los músculos de la mano (y del antebrazo), que realizan la
reproducción gráfica de las letras y palabras, primero copiando o al dictado
(con lo que se recuerdan las imágenes visuales y sonoras de las letras) y
después espontáneamente.
El aprendizaje de la escritura, que es un medio fundamental de expresión del pensamiento, depende, de un modo general, de los siguientes factores: 1. de una facultad mental que le permita asimilar el concepto de letra durante el proceso de aprendizaje. 2. de una organización necesaria y una destreza sensomotriz. 3. de una motivación social de parte de la familia y el entorno escolar. 4. de una metodología de enseñanza adecuada en la escuela primaria.
viernes, 26 de diciembre de 2025
SEGUNDO RECONOCIMIENTO PARA VÍCTOR MONTOYA EN CATAVI
El 21 de diciembre del año en curso, el escritor Víctor Montoya fue reconocido en sesión de honor por su amplia trayectoria literaria y cultural. A continuación transcribimos las palabras vertidas en el evento:
Quiero expresar mis más sinceros agradecimientos a la Subalcaldía de Catavi, al Concejo del Gobierno Autónomo Municipal de Llallagua, al Comité de Defensa de los Intereses de Catavi (CODINCA) y a las organizaciones vivas de este valeroso distrito minero, por haber tenido a bien concederme un reconocimiento en el marco de la conmemoración del Día del Minero Boliviano y los 58 años de celebración de la efemérides de Catavi.
Cómo no voy a sentirme honrado de ser reconocido en una población que fue la cuna de grandes pintores y muralistas como Miguel Alandia Pantoja y Enrique Arnal. En estas mismas tierras, de volcanes apagados y campos deportivos que atesoraron sus épocas de gloria, nacieron también los escritores Ted Córdova Claure, Roy Querejazu Lewis, Walter Espinoza Barrientos y Raúl Azurduy Rossel, entre otros.
Catavi permanece en mi mente y mi corazón desde los años de mi infancia. Frecuenté los baños termales, su plaza y sus calles durante mi adolescencia. Conozco sus grandezas y sus miserias. Fui alumno del colegio “Junín” y un inquieto investigador de su memoria colectiva e histórica.
Catavi fue el epicentro de la fabulosa industria minera durante la “Era del Estaño”, con una densidad demográfica relativamente pequeña, pero con una importancia histórica que supera a varias de las poblaciones del norte de Potosí. Aquí se estableció la empresa “Patiño Mines”, que controlaba la economía nacional desde la Casa Gerencia. Aquí se ejecutó la masacre minera el 21 de diciembre de 1942, en esas mismas pampas que luego se llegaron a conocer con el nombre de “Campos de María Barzola”. Aquí se firmó la Nacionalización de las Minas en octubre de 1952 y aquí se organizó el Archivo Historia Minero de Catavi, con proyecciones de convertirse en un nuevo museo del norte de Potosí.
En Catavi, junto a Uncía y Siglo XX, se puso en pie al sindicalismo revolucionario, que por muchas décadas se constituyó en la vanguardia indiscutible de las luchas sociales de Bolivia, exigiendo mejores condiciones de vida y de trabajo para los obreros y sus familias, hasta que su fuerza combativa declinó considerablemente tras el infame decreto 21060 de 1985. Mas no por eso sus líderes sindicales quedaron en el olvido. La gente todavía los recuerda con admiración y cariño. Ahí tenemos a Filemón Escóbar y Emilio Sejas, cuyos monumentos lucen estoicos en la Plaza 6 de Agosto. No son menos importes los esclarecidos dirigentes del Sindicato Mixto de Trabajadores de Catavi, como Arturo Crespo, Francisco Taquichiri, Gualberto Vega y Octavio Carvajal, entre muchos otros.
Por todo lo expresado, está claro que este reconocimiento, que recibo con afecto y humildad, me causa un enorme regocijo en lo más hondo de mi ser, pues nunca he dejado de considerarme un hijo de entrañas mineras y un escritor del norte de Potosí.
Gracias, una vez más, a todos los implicados en esta conmemoración del Día del Minero Boliviano y los 58 años de celebración de Catavi.








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