miércoles, 4 de febrero de 2026
LECTURA
DE LA SUERTE EN PLOMO
En
La Ceja de la ciudad de El Alto, en plena feria de la Alasita, vi a un yatiri
sentado detrás de una pequeña mesa, atendiendo a sus clientes del más diverso
linaje, quienes le solicitaban que les leyera la suerte y el futuro en un trozo
de plomo que, entre volutas de espeso humo, era derretido en un cucharón
colocado sobre el brasero calentado con carbón, para luego ser vertido en un
recipiente de agua fría.
El
yatiri, originario de una provincia del
norte paceño, era un sujeto serio y maduro, de pelo blanco y rala barba; tenía
un punto de sorna en la mirada y, supuestamente, mucha experiencia en el arte
de adivinación; vestía con poncho rojo, gorro de lana, pantalón negro y
calzados envejecidos por las interminables caminatas.
Delante
del yatiri estaba una mujer que, tras
la interpretación espiritual de las formas metálicas, que le predijeron su
desdichado destino, se levantó batiendo las polleras y enjugándose las lágrimas
que le brotaban de sus hermosos ojos negros. Fue entonces que, impulsado por la
curiosidad de conocer lo que me deparaba la vida, decidí que el enigmático personaje
me adivinara el futuro, nada menos que en un trozo de plomo derretido al fuego
y solidificado en agua fría.
El
yatiri, acostumbrado a predecir el
futuro de la gente en cuestión de salud, amor, negocios y viajes, se decía a sí
mismo que estaba conectado con los achachilas,
espíritus que moran en las cumbres nevadas de los Andes, quienes le concedían
el prodigio de ser un agorero del género humano.
–Toma
asiento –dijo con su boca llena de coca, presto a explorar mi futuro por unas
pocas monedas.
Me
senté en la pequeña banca de madera y me dispuse a esperar, con infinita
paciencia y mucha expectativa, el resultado que arrojaría el plomo fundido.
Encima
de la mesa, de un metro por un metro, yacía una bolsa de coca, una botella de
aguardiente, un crucifijo y un brasero ardiente, con un cucharón donde ponía el
trozo de plomo para que fuese derretido por las llamas del carbón que ardía al
rojo vivo.
El
yatiri andino, que atendía a sus
clientes furtivos, sentados en la pequeña banca, mientras avivaba las llamas de
las brasas, procedió a colocar el pedazo de plomo dentro del cucharón. Después
sorbió un trago de aguardiente directamente de la botella y, mirando cómo el
fuego fundía el metal entre burbujas, dijo:
–La
fe mueve montañas.
Al
cabo de un tiempo, retiró el cucharón del brasero, con el plomo todavía en
ebullición, y lo vació rápidamente en el recipiente de agua fría, formando
figuras caprichosas y sólidas al instante, que fueron escrupulosamente
interpretadas por el adivino andino, como quien quiere encontrar las futuras
claves de la vida en un trozo de metal tóxico.
Yo
miraba en derredor, casi perdido en medio de la multitud que asistió a la Alasita, y el yatiri parecía rezar para sus adentros, invocando a sus recursos
internos, que emanaban desde el fondo de su alma, como si pusiera en acción
otros poderes sobrenaturales lejos de la ciencia y la razón.
Al
advertir que estaba algo distraído pero inquieto, aguardando que leyera mi
suerte en las figuras amorfas formadas en el plomo solidificado, movió la
cabeza de arriba abajo y, sorbiendo otro trago de aguardiente, exclamó:
–¡Tendrás
un brillante futuro! Las figuras son elevadas, claras y sin manchas…
Esbocé
una ligera sonrisa y no dije nada. Le pagué las monedas por su servicio, me
levanté de la banca con el cuerpo pesado y me dispuse a proseguir mi camino.
–Espera
un momento –dijo, deteniéndome en seco.
Me
volví con parsimonia, sin saber lo que quería el yatiri, quien me invitó a sentarme otra vez.
–No
sé por qué –dijo–, pero me t’inka que
tú eres la persona indicada para contarte en qué consiste mi trabajo.
De
entrada, se definió como un hombre dedicado al estudio de los fenómenos
paranormales, esotéricos y místicos, una sabiduría que le permitía escuchar voces
en medio del silencio, ver espíritus del más allá, conversar con ellos y
transmitir energías cósmicas a través de la palma de las manos; más todavía, me
confesó que se dedicaba a practicar rituales andinos desde siempre, ritos para
encontrar a la pareja ideal y sanar a los enfermos, ritos para hacer milagros y
prever con anticipación las catástrofes naturales.
No
en vano, en el tronco del árbol, donde apoyaba su robusta espalda, colgó un
letrero en cuyo texto se leía: Yatiri
aymara ausculta la suerte en plomo derretido. Aquí se da respuesta sobre la
infidelidad de la pareja, la forma de salir de la pobreza o revelar el nombre
de la persona que te embrujó por celos o por envidia. Aquí se le lee la suerte y
lo qué depara el mañana, con solo derretir un metal que atrae la energía de las
personas y tiene los mismos poderes provenientes de Dios.
El
hombre, dedicado a la lectura de la suerte en plomo, al advertir interrogantes
y dudas en mi frente, sacó de su bolsa de lana una serie de piedras talladas y me
las ofreció, a buen precio, como talismanes para mejorar mi vida, hacer cumplir
mis deseos y evitar el mal de ojo o los maleficios a los que podían someterme
mis enemigos.
Le
miré a los ojos, diminutos como los de un ratón, y recorrí por el mapa de su rostro,
que dibujaba gestos parecidos a los de un p’ajpaku,
con una verborrea a flor de labios y una actitud de hombre pícaro.
Poco
después, en medio del bullicio de la calle, me levanté del asiento y, sin ni
siquiera despedirme, me alejé del lugar, sin dejar de pensar en que todos, en
épocas de crisis económica, buscan la manera de ganarse el pan del día, así sea
con las tradiciones propias de una comunidad ancestral, donde las
supersticiones forman parte de la vida y la mente de sus habitantes.
Glosario
Achachilas: Espíritus ancestrales en la cosmovisión andina. Protectores de las comunidades, personificados en las montañas o cerros.
Alasita: Feria tradicional de miniaturas dedicada a la abundancia y la prosperidad.
P’ajpaku: Charlatán, embustero,
embaucador callejero.
T’inka: Corazonada,
presentimiento, intuición o impulso espontáneo, a menudo irracional.
Yatiri: Curandero,
adivino, chamán, guía espiritual en la comunidad aymara.
