lunes, 18 de agosto de 2014


ESCRIBIR EN LA LENGUA MATERNA

Hace más de tres décadas que vivo en Estocolmo. Me muevo por sus calles como el pez en el agua y no me siento extranjero, aunque tengo un aspecto que me diferencia del común denominador de los suecos. Sin embargo, a pesar de haber transcurrido más de la mitad de mi vida en este país, escribí todos mis libros en mi lengua materna. Y no pocos me han preguntado: ¿Por qué en español y no en sueco?  La respuesta, como es natural, siempre ha sido la misma: porque el español es la lengua que tengo más cerca del corazón y la que aprendí en el pecho materno.

Para qué escribir en sueco, que apenas cuenta con algo más de 9 millones de practicantes, cuando puedo hacerlo en un idioma en permanente expansión geográfica y demográfica. Según datos del Instituto Cervantes existe un total de 548 millones de hablantes, 470 con dominio nativo y el resto con competencia limitada, entre los que hay 20 millones de estudiantes de español en diferentes países del mundo. Sólo en Estados Unidos, el número de hispanohablantes alcanza los 35 millones. Esta constatación permite afirmar que el idioma español se sitúa como la tercera lengua más hablada, tras el chino mandarín y el inglés.

Las cifras hablan por sí solas y nos recuerdan que escribir en español es ya una ventaja que no podemos ni debemos desecharla. Algunas encuestas revelan que les gustaría estudiar español al 17,7 por ciento de los franceses (8,3 millones de personas) y al 14,1 por ciento de los alemanes (9,5 millones), lo que demuestra el interés creciente por el idioma español, especialmente en Alemania, donde el Instituto Cervantes cuenta con tres centros -en Bremen, Múnich y Berlín, éste último el mayor de su red en el extranjero- y con cuatro centros en Francia, situados en París, Toulouse, Burdeos y Lyon.

Estos datos son congruentes a la hora de afirmar que el español va ganando terreno cada día. Por ejemplo, en Puerto Rico, el 5 de abril de 1991, se lo declaró idioma oficial y primer idioma de enseñanza, reafirmando así las raíces lingüísticas y culturales de este país caribeño, como bien dijo el poeta Pedro Salinas: La lengua no sólo es expresión del conocimiento, del saber racional lógico y de lo afectivo, sino es, a su vez, una afirmación de la personalidad nacional y de la conservación de las señas de identidad históricas.

Algunos dicen que si un latinoamericano no escribe en sueco, o publica su obra en una editorial cuyo nombre es Invandrarförlaget, corre el riego de ser clasificado como escritor inmigrante, como si ser invandrare (inmigrante) fuese un adjetivo peyorativo o sinónimo de malo y negativo; por el contrario, no tengo por qué acomplejarme de mis orígenes. Me siento orgulloso de pertenecer a una cultura tan rica y diversa como es la latinoamericana, donde confluyen Oriente y Occidente, con las milenarias culturas precolombinas.

Ser escritor inmigrante, contrariamente a lo que muchos se imaginan, es sinónimo de expansión y cosmopolitismo. El emigrante es un ciudadano del mundo; aquel que se aleja de su tierra para conocer otras nuevas y aprender que ningún país es el ombligo del mundo. No obstante, por ahí no faltan quienes, encubriendo su propio complejo de inferioridad, opinan que el escritor inmigrante sólo hace una literatura de gueto, con historias de los suburbios, como si el hecho de vivir en una zona residencial y escribir en sueco fuesen una garantía para ser mejor escritor; más todavía, estos criticones de pacotilla ignoran que la capacidad de un escritor no tiene nada que ver con su procedencia, ni con el lugar de su residencia, ni con el idioma en el cual escribe, sino con el valor ético y estético de su obra.

¿Quién dijo que escribir en español nos convertía en autores de segunda categoría? ¿Y quién dijo que escribir en sueco es una garantía para ser mejor escritor? Lo cierto es que la calidad literaria de un autor no depende del idioma en el que escribe, sino de su capacidad y talento a la hora de crear su obra, sea en el idioma que sea. Además, estoy convencido de que una obra bien escrita, en la lengua que fuere, será nomás traducida un buen día, como fueron traducidas las obras de los escritores más connotados de América Latina y el mundo. La prueba está en que muchos de los premios Nobel fueron reconocidos, justamente, por haber enriquecido el acervo de su comunidad lingüística y, por lo tanto, el de la literatura universal.

Escribir en sueco es una opción pero nunca una obligación para los autores latinoamericanos residentes en Suecia, quienes, como peces sacados del agua o como raíces arrancadas de cuajo, siguen escribiendo en su lengua materna, probablemente, porque consideran que el español tiene un círculo de lectores superior en relación a la población sueca, cuyo idioma no trasciende más allá de sus fronteras.

El derecho a escribir en la lengua materna, lejos de fomentar la segregación creciente, es un modo de convocar a la integración real de los individuos en una sociedad multilingüe y multicultural; pero, eso sí, manteniendo a salvo la diversidad idiomática y cultural, pues entiendo que integrarse plenamente no es lo mismo que teñirse el pelo ni hacerse el sueco, sino aprender a usar una lengua vehicular que nos permita comunicarnos mutuamente, al menos, para hacer más leve el castigo de Babel, donde hablar y entender otras lenguas implica enriquecer la propia lengua.

Mi literatura, como en el caso de una infinidad de escritores, ha sido creada casi íntegramente fuera del país que me vio nacer. Se trata, sin mayores preámbulos, de la escritura de un emigrado, quien lleva a cuestas una maleta con los frutos de su tierra. Y allí donde está, apenas abre la maleta con orgullo, se le escapan los olores, colores, sabores, voces, rostros e idiomas que identifican a su país de origen. El escritor, en este contexto, se torna en una suerte de nómada, quien va dejando huellas de identidad a lo largo de su itinerario, mientras su escritura, al no quedarse atrapada en un solo sitio, pasa a ser itinerante porque no conoce fronteras que la detengan ni vallas que la encierren como a una oveja en el redil.

Cuando se vive por mucho tiempo fuera del país de origen, se experimenta que, incluso, el estilo literario está salpicado de interferencias idiomáticas. Es inevitable que la lectura de textos en otros idiomas diferentes a la lengua materna influya en la obra de un escritor, tanto en lo sintáctico como en lo semántico. Vivir en una metrópoli, con personas procedentes de otros países hispanoamericanos, permite advertir que existen variantes lexicales, giros idiomáticos y expresiones regionales que, además de enriquecer el bagaje lingüístico del escritor, forman parte de un lenguaje que se hace cada vez más universal.

Si bien es cierto que, a pesar de haber vivido muchos años en una segunda patria, sigues escribiendo en tu lengua materna, que constituye una parte de tu identidad cultural, es cierto también que si escribes en un idioma que no es el vehículo de comunicación de las mayorías, puede limitarte en algunos sentidos, sobre todo, a la hora de publicar una obra y difundirla ampliamente en el país en el cual fijaste tu residencia. Por ejemplo, en Suecia no existen editoriales que publiquen libros en español ni un mercado que permita llegar hacia los lectores que, por razones obvias, se comunican en un idioma diferente al que usa el escritor inmigrante. Con todo, el simple hecho de vivir en otros países enriquece la experiencia y fortalece los conocimientos de cualquier ciudadano, venga de donde venga.

Debo manifestar que ser escritor inmigrante, al margen de toda consideración etnocentrista, no me ha perjudicado en lo personal ni en lo profesional. Estoy consciente de que vivir fuera del país de origen, estar en contacto con otras culturas, costumbres, idiomas, credos y razas, ha sido una experiencia estimulante y, consiguientemente, me ha ofrecido más ventajas que desventajas.

Nunca me molestó el apelativo de invandrar författare (escritor inmigrante), porque escribir en sueco -o hacerse el sueco- no es la solución para llegar a ser un autor leído en Escandinavia ni en otras regiones del planeta; de ser así, no contaríamos con escritores hispanoamericanos que gozan de prestigio internacional ni tendríamos a quienes, con méritos propios y escribiendo en la lengua de Cervantes, se hicieron merecedores del Premio Nobel de Literatura, ya que la buena obra de un buen autor es como la punta de una lanza que, una vez disparada, da en el blanco tarde o temprano.

Por las consideraciones anotadas, estoy orgulloso de escribir en mi lengua materna y no estoy dispuesto a sacrificarla por otro idioma que me ofrece menos posibilidades para difundir mi obra, sobre todo, cuando sé que la literatura hispanoamericana ha ganado un prestigio imperecedero en el contexto de la literatura universal.

Por lo demás, así escriba en otra lengua distinta a la que aprendí en el pecho materno, no dejaré de ser boliviano, como Kafka que escribía en alemán aunque nació en Praga, como Carlos Fuentes que escribía en español aunque vivía en Estados Unidos, o, por citar otro caso, como Adolfo Costa du Rels, quien, a pesar de haber escrito gran parte de su obra en francés, jamás dejó de considerarse escritor boliviano.

Sé de sobra que si García Márquez, Borges o Neruda hubiesen vivido en Suecia, y escrito sus obras en español, serían también considerados escritores inmigrantes, como Picasso, Dalí o Botero serían considerados pintores inmigrantes, así sus cuadros, como las partituras musicales, no conozcan más idiomas que el lenguaje universal de la imaginación, la sensibilidad y el amor por el arte.

El escritor, independientemente del país donde nació, es un trabajador de la cultura, que dedica su aptitud literaria a la colectividad, sin más pretensiones que la de expresar, por medio de la palabra escrita, los sentimientos y pensamientos inherentes a la condición humana. La escritura, en este contexto, no es más que un instrumento en manos de un autor que desea convertir en literatura todo cuanto concibe con los sentidos, instintos e intuiciones, sin importar mucho si se trata de un escritor nativo o de un escritor inmigrante, y menos aún si escribe su obra en español o en otro idioma que tiene más a mano y más cerca del corazón.

En lo que a mí respecta, siempre me consideré -¡y a mucha honra!- un escritor latinoamericano residente en Estocolmo. Y seguiré siendo como el Sancho de Cervantes, quien, a la pregunta de Don Quijote: ¿Qué sabes tú de la lengua?, contestó: Pues que sirve para pedir de comer, para insultar a pícaros y ladrones... Y, lo que es más importante, seguiré escribiendo en español, no sólo porque me permite manifestar con mayor lucidez mis pensamientos y sentimientos, sino también porque, con legítimo derecho, constituye mi lengua materna; una impronta cultural que marca de por vida y un instrumento de comunicación que se atesora desde la cuna hasta la tumba. 

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