sábado, 2 de julio de 2011


¿ASIMILACIÓN O INTEGRACIÓN?

Cuando llegué a Suecia, a finales de los años ‘70, había un solo idioma predominante y dos canales de televisión. Después, con la presencia cada vez mayor de inmigrantes y refugiados, se fueron multiplicando los idiomas y los canales de televisión. Este país exótico dejó de ser una nación monolítica y en su seno aprendieron a convivir culturas provenientes de allende los mares.

Los políticos conservadores de derecha, desde un principio, exigieron que los inmigrantes se asimilen a la sociedad sueca, antes de gozar de los mismos derechos que les corresponde a los ciudadanos nativos; en tanto los políticos más tolerantes pidieron que los inmigrantes se integren al nuevo país, conscientes de que la diversidad cultural es como un recipiente de ensalada en el cual se mezclan las verduras, pero sin que ninguna de ellas pierda las propiedades que la caracterizan.

La asimilación, por su propia naturaleza, tiende a despojarle al individuo de sus costumbres y tradiciones ancestrales, para luego revestirlo con una nueva identidad cultural. En cambio la integración, contemplada desde una perspectiva democrática, procura que el inmigrante pase a formar parte de la vida social, política, económica y cultural del nuevo país, donde asume todos los derechos y las obligaciones en igualdad de condiciones con los nativos.

Queda claro que nadie tiene el porqué asimilarse a una nueva sociedad a costa de perder los valores culturales de su país de origen, nadie tiene el porqué teñirse el pelo de color rubio ni usar lentes de contacto de color azul para hacerse el gringo siendo indio, como tampoco nadie tiene el porqué cambiarse el nombre para conseguir un mejor empleo ni hacerse el sueco.

Nadie tiene el porqué parecerse a mí ni yo tengo el porqué parecerme a nadie. Así como respeto la cultura del país que me acogió, exijo también que éste respete el bagaje cultural que llegó conmigo, porque mi cultura forma parte de mi identidad personal, de mi pasado, presente y futuro, y porque no estoy dispuesto a perderla ni por todo el oro del mundo.

Con la política de integración se permite que el chileno siga comiendo empanadas con vino tinto, el argentino siga bailando tango y el boliviano siga rindiéndole culto a la Pachamama. No se trata de olvidarnos de nuestros ancestros ni del cargamento cultural que llevamos dentro, sino de estar dispuesto a integrarnos en el nuevo país que, a su vez, tiene mucho que compartir con nosotros.

Por lo demás, una sociedad multicultural nos da una mayor opción para encontrar el verdadero sentido de la solidaridad. Tenemos que ser capaces de lograr la unidad en la diversidad y de gritar a los cuatro vientos el mismo lema que Alexandre Dumas puso en boca de los tres mosqueteros: Uno para todos y todos para uno.

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