lunes, 16 de marzo de 2026

UNA ENTREVISTA EXTRAVIADA

Aquí tenemos, después de mucho tiempo, una entrevista extraviada en los laberintos de los documentos almacenados en una computadora portátil. Las respuestas a las preguntas realizadas por la periodista Milenka Parisaca Carrasco, que era responsable del suplemento Crónicas del diario Ahora el Pueblo, son una muestra del compromiso cumplido por el escritor Víctor Montoya, quien se tomó el debido tiempo para contestar las preguntas que le llegaron por correo electrónico aproximadamente a mediados de 2024.   

1. ¿Cómo defines tu estilo a la hora de escribir microrrelatos, cuentos y novelas? ¿Existe alguna diferencia?

El estilo literario, que es como la identidad del autor, está determinado por el tipo de obra que se escribe. Por ejemplo, no es lo mismo escribir un ensayo que escribir una novela. Los recursos literarios varían dependiendo del género literario de la obra; en el ensayo se usan elementos fácticos, en cambio en la novela entran en juego tanto lo real como lo ficticio.  Sin embargo, el autor debe estar consciente de que cada vez que concibe una obra literaria, sea esta una novela, un cuento, un microrrelato o una crónica, debe considerar que la obra tenga altos valores éticos y estéticos, y que la temática que va a desarrollar le permitan explayar los diversos recursos técnicos de la moderna narrativa latinoamericana, sin trastocar su estilo personal ni deslucir su peculiar manera de convertir en literatura los elementos de la realidad y la ficción.

2. ¿Qué papel juega la investigación en tus obras y cómo encuentras el equilibrio entre la ficción y la realidad?

Muchos de los cuentos los he escrito luego de haber realizado una investigación previa de los temas que iban a tratar. De hecho, mis ensayos y crónicas están basados en trabajados de investigación, no en vano incluyen extensos datos bibliográficos al final del libro. El equilibrio ente la realidad y la ficción depende del género literario. En los ensayos, por ejemplo, no existe espacio para la ficción, pues se abordan temáticas que requieren estar pegadas a la realidad fáctica y al material bibliográfico; en cambio en las novelas, cuentos y relatos existen andamiajes literarios que permiten combinar la realidad y la ficción con absoluta libertad, pero siempre cuidando que la narración parezca lo suficientemente real o verosímil. Si el escritor no se cree la historia que está relatando, menos se lo creerá el lector. Entonces es importante que la realidad y la ficción se fundan  como el anverso y reverso de una misma moneda, sin que el lector note qué parte es real y qué parte es ficción en la novela o el cuento.

3. ¿Cómo describirías tu proceso creativo al concebir y desarrollar una historia? ¿Qué te inspira?

Como todo proceso de gestación, donde una idea concebida, sea en el contexto real o imaginario, debe tener un comienzo, un medio y un final, con la intensión de que la obra, que es como criatura espiritual del autor, pueda deleitar y satisfacer las expectativas del lector. A los escritores, de un modo general, nos inspiran, entre otras, las historias humanas y universales, relacionadas a la vida, el amor, el desamor, los conflictos sociales y la muerte. A mí, en lo personal, suelen inspirarme las temáticas que me tocan muy de cerca el corazón y la mente, temas en las que pueda reflejar mis propias inquietudes, frustraciones, ensueños, insatisfacciones y mis deseos de mejorar las condiciones sociales. Por lo general son temas con los que me identifico tanto en mi condición de escritor como en mi condición de lector.

4. ¿Cómo percibes la evolución de tu escritura a lo largo de tu trayectoria como autor?

Es un largo proceso de aprendizaje, como cuando un niño aprende a andar después de gatear. En el camino se cometen muchos errores, pero se aprende a corregir los errores con el tiempo, la autocrítica y la experiencia. El oficio de la escritura se parece a cualquier otro trabajo artesanal, donde la experiencia hace al maestro. Es decir, uno nunca deja de aprender. La escritura requiere de un constante ejercicio y uno debe machacar el oficio sin cesar, al menos, si uno quiere quedar relativamente satisfecho con su obra de creación. García Márquez decía que uno aprende a escribir escribiendo, como se aprende a nadar nadando.

5. Desde tu infancia, has mostrado una inclinación por la clase obrera. Sin embargo, ahora perteneces a la clase media. ¿Qué te lleva a seguir identificándote con esta clase social que aún enfrenta muchas reivindicaciones pendientes?

No solo he mostrado una inclinación natural hacia la clase obrera, sino que yo mismo soy hijo de entrañas mineras. He nacido y vivido en el seno de una familia minera. Mi abuelo, mi padre y muchos de mis parientes han sido mineros en el norte del departamento de Potosí. El hecho de que ahora pertenezca a la clase media, no es motivo para desconocer mi origen de clase; es más, siempre me he sentido orgulloso de ser hijo de esa clase social revolucionaria, que tanto ha aportado al desarrollo económico del país, a la toma de conciencia política de las mayorías desposeídas y la formación de Bolivia como nación. Me identifiqué con la clase obrera desde que tengo uso de razón. Los mineros han contribuido en mi formación personal. Ellos me han dotado de una conciencia política y ellos son los personajes de una gran parte de mi mundo literario.

6. ¿Cómo fue tu experiencia en Suecia, durante el exilio, bajo la dictadura de Hugo Banzer, y de qué manera influyó en tu trabajo como escritor?

La experiencia del exilio es casi siempre la de un desterrado, de aquel que es expulsado, contra su voluntad, de la tierra que lo vio nacer. No obstante, tuve la suerte de haber sido todavía un adolescente cuando la dictadura de Banzer me lanzó a las mazmorras de la prisión y me exilió a Suecia, país donde terminé mi educación secundaria y proseguí mis estudios de educación superior. Desde luego que una nueva realidad, un nuevo idioma y una nueva forma de vida influyen en la conducta y el pensamiento de cualquiera que acaba siendo un inmigrante en el país que lo acoge. Esta misma situación, de un modo consciente o inconsciente, hace que un escritor aborde temáticas que tienen que ver con su nueva realidad sociocultural, incluso ocurre que en el momento de escribir se piensa en dos idiomas, en  mi caso, en español y sueco.  

7. ¿Cómo ha sido tu proceso de reconciliación o reflexión sobre las experiencias vividas en Bolivia durante la dictadura de Banzer y en el exilio a tu retorno a tu país?

Mi retorno al país, después de más de tres décadas de ausencia, fue una experiencia que me generó emociones encontradas. Por una parte, vuelves a reinsertarte en un contexto del que te apartaste por un buen tiempo, y, por otra, sientes que estás dejando atrás, lejos de tu país de origen, una vida, un trabajo, una familia, que no es solo boliviana sino también extranjera. Con todo, mi retorno al país ha sido como la del pez que vuelve a nadar en sus propias aguas. Ya no había dictaduras militares y se notaba que el país estaba cambiando para el bien de todos. Causa una enorme satisfacción el saber que la lucha que uno libró en el pasado, contra las injusticias sociales, las discriminaciones raciales y los sistemas dictatoriales, no fue en vano, sino un sacrificio que valió la pena, al menos, para demostrar que sí es posible construir una sociedad distinta a la que nos ofrece el capitalismo salvaje.   

8. ¿Qué mensaje o reflexión esperas transmitir a través de tus escritos sobre la injusticia social y la resistencia en situaciones políticas difíciles?

No siempre tengo la intención de transmitir un mensaje o una reflexión a través de mis escritos. En el mejor de los casos, me cuido mucho de ese maniqueísmo didáctico de querer enseñar siempre lo qué es bueno y lo qué es malo, ver las cosas en blanco y negro, sabiendo que la realidad presenta también tonalidades grises. Las obras recargadas de demasiadas sentencias o advertencias censo-moralistas no siempre son las que más gustan a los lectores, ya que estos prefieren libros que estimulen su fantasía y los transporten, en las alas de la imaginación y de la mano de los personajes inventados, hacia otras realidades distintas de su entorno inmediato y cotidiano. La lectura debe darles el placer y la sensación de haber sido partes de una historia que nació de la inventiva del autor. En mi caso, incluso cuando escribo sobre la realidad dantesca de los mineros, intento que mis obras no sean una suerte de panfletos literarios, con consignas del sindicalismo revolucionario, sino obras donde el realismo social y el realismo mágico se complementen, tal como ocurre el mundo minero, donde, además de darse una explotación inhumana, se respira una cosmovisión donde prevalece la magia de los cuentos, mitos y leyendas que provienen de la tradición oral de las culturas ancestrales.

9. ¿Cuál es la importancia de una literatura social que mire a los sectores populares? ¿Crees que en la actualidad se perdió ese tipo de literatura?

Pienso que en la pasada centuria se escribió mucha literatura entroncada en el realismo social. Este es el caso de la literatura indigenista y minera. Los autores, identificados con las reivindicaciones de los obreros y campesinos, creyeron que con sus obras podían contribuir a la concientización de los oprimidos y la conquista de la liberación nacional. En el presente siglo, los autores están más dedicados a abordar temas que tienen que ver con las necesidades existenciales de los individuos y las nuevas tecnologías de la sociedad moderna, y creo que están más abocados a trabajar con el lenguaje, que en lanzar mensajes sociopolíticos a diestra y siniestra.  Tampoco se trata de hacer una literatura por literatura, pues no es lo mismo escribir sobre los pétalos de una flor que sobre un drama humano, que nos convoca a la reflexión y a buscarle una solución. Por lo demás, la literatura contemporánea de Bolivia, en los últimos años, ha ganado merecidos espacios a nivel continental y mundial, gracias a su temática de carácter universal y su calidad estética. 

10. ¿Qué te llevó a explorar el tema del Tío de las minas en tus escritos?

No tuve que explorar nada ni hizo falta que lo invente. El Tío ya estaba ahí, en el interior de la mina, esperándome para convertirme en su escribano, porque él, más que yo, es quien cuenta sus historias de aventuras y desventuras. El Tío estaba metido en el crisol de mi memoria y en mi mundo subconsciente desde la niñez. Escuché hablar de él en boca de mi abuelo y de varios de mis familiares que tenían que ver con la labor minera y sus asuntos. Ahora bien, el Tío no es el único personaje central que habita en mi obra, aunque a él le he dedicado lo mejor de mi tiempo y mi creación literaria. El Tío de la mina es un excelente personaje literario no solo porque representa las contradicciones entre lo profano y lo sagrado, sino también porque posee atributos que permiten poner de relieve el realismo fantástico existente en los mitos, cuentos y leyendas que abundan en la tradición oral de las poblaciones andinas y, sobre todo, en los centros mineros, donde se lo venera y rinde pleitesía, ofrendándole coca, cigarrillos y aguardiente a través de las ch’allas, wilanchas y otros ritos ancestrales.

11. ¿Cómo defines la relación entre el Tío de las minas y la figura del diablo en tu obra?

El Tío de la mina y el diablo bíblico no son el mismo personaje, salvo para los judeocristianos que creen que el Tío es el mismísimo demonio llegado del infierno para promover el mal entre los humanos. Lo cierto es que los conquistadores, desde los albores de la colonia, confundieron a la deidad de la cosmovisión andina con el diablo, intentando atribuirle vicios y maleficios, como parte del proceso de extirpación de idolatrías que los catequizadores emprendieron en el seno de las culturas originarias. No obstante, para los mineros –o los mitayos del pasado–, el Tío poseía más facultades de bondad que de maldad, por cuanto lo reconocieron como al Supay (Diablo), deidad del ukhupacha  (mundo subterráneo), representado más tarde por el Tío, protector de las riquezas minerales y los mineros, quienes, asumiendo una actitud de respeto y sumisa veneración, lo incorporaron con honda fe en su mundo familiar, asumiendo la idea de que el Tío es dios y diablo en la cosmovisión andina y la mitología minera.

12. ¿Podrías explicar si realmente mantienes conversaciones con el Tío, o si más bien es una estrategia para llevar a tus lectores más allá de la imaginación?

El Tío es un personaje tanto real como ficticio, el que mejor simboliza el mestizaje cultural y el sincretismo religioso entre el paganismo ancestral y la religión católica. Eso me da la posibilidad de fantasear en torno a una serie de temas donde no están exentos los tratados filosóficos, la sabiduría popular, los postulados religiosos y una fuerte dosis de humor que genera encendidas polémicas en torno al presente y el pasado de nuestra esencia multicultural. En los supuestos diálogos que mantengo con el Tío, como si de veras se tratara de un ser vivo como cualquiera que tiene sentimientos y pensamientos, no me olvido de recrear los mitos, leyendas y consejas del mundo fantástico de los mineros, quienes, desde los albores de la época colonial, empezaron a venerar a este personaje mitológico, mitad dios y mitad demonio, que reina en los tenebrosos socavones. Desde luego que todos estos diálogos, que se supone son ficticios o imaginarios, son una suerte de estrategia literaria que me permite llegar a los lectores interesados por conocer el mundo mágico y mítico de los mineros bolivianos, pero también para estimular su imaginación y demostrarle que, a veces, la realidad puede superar a la ficción y que la fantasía puede trocarse en realidad.

13. ¿Hay algún otro personaje o historia que hayas escrito que sea especialmente significativo para ti?

Existen varias historias y varios personajes que son significativos en mi obra literaria y en mi vida existencial como escritor. Solo por citar algunas de mis obras, puedo afirmar que los personajes y las historias narradas en mis Cuentos violentos o Cuentos en el exilio son de carácter más íntimos, más personales, porque abordan hechos reales y de primera mano. Lo mismo se repite en mis libros El laberinto del pecado y Huelga y represión, cuyos personajes y temas son una suerte de espejos donde se reflejan varias de las experiencias que me tocó vivir en carne propia. El hecho de que estén presentadas como obras de ficción, no les quita su valor testimonial ni autobiográfico, por lo que se constituyen en obras que tienen un gran significado para mí y que, a su vez, ocupan un sitial especial entre los libros que he publicado hasta el presente. Otros ejemplos son mis crónicas que están pobladas de personajes del mundo real.

14. ¿Qué consejo les darías a los escritores aspirantes que están empezando su viaje en el mundo de la escritura?

Que lean mucho y aprendan lo mejor de otros autores, en cuanto a recursos narrativos y temáticos, como los que nos legaron los más descollantes escritores de la literatura universal. Los aspirantes a escritores tienen que ser consciente de que para aprender a domar el lenguaje y manejar con destreza las técnicas escriturales, no hay otra alternativa que forjar el oficio sin cesar, con paciencia y conocimientos, como se forja el acero en el yunque. Todo lo demás, como el reconocimiento a la inventiva y al trabajo del escritor, viene por añadidura, sabiendo que la creación de una obra literaria requiere más transpiración que inspiración.

15. ¿Qué significa para ti tener lectores que se conectan con tus historias y personajes?

Para cualquier escritor es una enorme satisfacción saber que sus libros se venden y llegan a manos de los lectores. Ahora si estos se conectan con las historias y los personajes del libro es doble la satisfacción, sobre todo, si se considera que un autor debe buscar a sus lectores, llevándoles un producto que no los defraude tanto por su forma como por su contenido. Todo escritor debe ser consciente de que su existencia en el ámbito literario depende de los lectores, porque ellos son los jueces que determinan el destino que tendrá el libro, de ellos depende que una obra sobreviva al tiempo o sucumba en las catacumbas del olvido. En síntesis, así como no hay escritores sin libros, tampoco hay escritores sin lectores. El escritor debe tener lectores para legitimar su existencia en un contexto cada vez más exigente y competitivo.

16. ¿Tienes algún proyecto futuro del que te gustaría hablar o del que estés especialmente entusiasmado?

Como todo escritor, cuya vida gira en torno a la actividad literaria, tengo varios proyectos en marcha, pero prefiero mantenerlos en secreto hasta que llegue la hora de revelarlos públicamente. No creo que valga la pena meter el pan en un horno que todavía no está caliente. Todos los proyectos saldrán a luz a su debido tiempo. Por ahora no queda más que seguir trabajando con el mismo empeño y entusiasmo de siempre.

jueves, 12 de marzo de 2026

ÓSCAR ALFARO A VUELO DE PÁJARO

A Óscar Alfaro me parecía haberlo conocido en el sueño, cuando mi madre, sin saber al cuidado de quién dejarme, me llevó, siendo niño, a la Escuela Jaime Mendoza, en la población de Llallagua, donde ella ejercía como directora del establecimiento educativo.

Me dejó jugando en el patio, mientras ella trabaja atendiendo los asuntos de sus colegas, los alumnos y los padres de familia, hasta que, bajo un límpido cielo y en medio de la algarabía de los niños, que revoloteaban como abejas en un panal, apareció un hombre de contextura delgada, con un maletín en la mano y un extraño modo de caminar; tenía los lentes casi redondos y una barbita de chivo, dándole la apariencia de ser un ser extraordinario. No era el nuevo profesor, ni el supervisor escolar, sino el poeta tarijeño Óscar Alfaro, el Príncipe de la literatura infantil boliviana, quien llegó a las poblaciones de Llallagua, Siglo XX y Catavi, como parte de un recorrido por las escuelas de la COMIBOL, programado por la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia, para que leyera y difundiera sus poemas infantiles entre los profesores de enseñanza primaria.

Cruzó el patio de cemento, en compañía de mi madre, y se metió en un aula, donde estaban reunidos los profesores, sentados ya en los estrechos pupitres, donde el poeta les saludó amablemente, antes de tomar asiento en una silla, cerca de la pizarra y la mesa del profesor. Abrió su maletín y sacó varios libros, con ilustraciones en colores, que los puso sobre la mesa a modo de exposición. Luego les dirigió unas palabras, explicándoles el porqué de su visita. Los profesores le miraron atentos y en silencio, como hipnotizados por las mágicas frases de un mago. Él se levantó de la silla, hojeó uno de sus libros y leyó su poesía, con una voz suave pero firme.  

Yo observé la escena desde la ventana, sin que los profesores advirtieran mi presencia de niño curioso y desobediente. Al cabo de la lectura, algunos de los profesores se le acercaron al poeta, le dieron la mano y hasta le compraron sus libros, que él, con muestras de gratitud y cariño, se los autografió uno por uno.    

Mi madre se compró Cien poemas para niños, un libro que después leí con mucho entusiasmo, con la sensación de que, en cada verso, me parecía escuchar su voz, como si él mismo me lo estuviese leyendo al oído, con esa misma entonación melódica que escuché aquel maravilloso día en que el poeta pasó por la Escuela Jaime Mendoza, como un pájaro peregrino que vuela de jardín en jardín, ofreciendo ramilletes de versos y llevando en su maletín las joyas más preciadas por los niños.

Concluida su visita, salió del aula en compañía de mi madre y, rengueando de una pierna, cruzó el patio sin apuros, hasta perderse tras la puerta que daba a la calle, donde estaba la Plaza 6 de Agosto y la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción.

domingo, 8 de marzo de 2026

LA SERENA

Juana tenía 32 años y era madre de dos hijos. Nació al pie del Cerro Rico de Potosí, donde trabajaba como serena en una cooperativa minera. Quedó viuda y a cargo de la familia desde el fatídico día en que su marido, obrero de la misma cooperativa, voló en pedazos tras la explosión de una descarga de dinamitas. Así enviudó siendo todavía joven, como muchas mujeres casadas con mineros.

Ella vivía en dos pequeños cuartos, con sus hijos y un perro que era guardián de la casa. Ingresó a trabajar en la cooperativa minera en lugar de su marido, quien, según sus confesiones, era un hombre borracho, machista y maltratador.

La casa no tenía agua potable, luz eléctrica ni cocina a gas. Nunca contó con ingresos propios ni fue dueña de nada, mucho menos del paupérrimo salario de su marido, que no alcanzaba para llenar la canasta familiar ni para que sus hijos asistieran a la escuela.

Desde que empezó a trabajar como serena, en los depósitos de minerales de la cooperativa, aprendió a luchar para sobrevivir en un infierno no apto para las mujeres, teniendo como únicas armas el coraje, una piedra y una dinamita en mano. Se convirtió en experta en el manejo del explosivo, siempre listo para estallar ante el primer atisbo de peligro.

Todas las noches trabaja acompañada de su perro y, a veces, también de sus hijos, para ahuyentar a los jukus, que merodean la zona, queriendo robar las bolsas de mineral que los cooperativistas extraían de la mina y dejaban en unos depósitos, con paredes de adobes y techos de calamina, construidos de manera improvisada cerca de la bocamina.

Juana era compañera de los cooperativistas que, a pesar de trabajar sin seguridad industrial y en condiciones infrahumanas, le seguían metiendo barreno y dinamitas a los parajes que dejaron los trabajadores de la COMIBOL. Ellos trabajaban en el interior de mina y ella como serena encargada de vigilar los bienes de la cooperativa, enfrentándose a jukus que, noche tras noche, se aparecían al amparo de la oscuridad para robar el mineral.

Juana estaba ya acostumbrada a enfrentarse a los jukus y a los mineros atrevidos que, aun teniendo una mujer en casa, intentaban abusarla y violarla delante de su perro; por eso ella, precavida desde el día de su nacimiento, andaba siempre con una piedra en el bolsillo de la pollera y una dinamita cargada en la mano, para defenderse de los desgraciados que amenazan su integridad de mujer, viuda y madre.

Juana le rezaba al Tata Q'ajcha para que no le pasara nada y le suplicaba al Tío de la mina para que la protegiera siempre, por ser viuda de un minero cooperativista y por el bien de sus hijitos huérfanos de un padre que murió en un paraje lejano, donde las vetas de estaño estaban ya agotadas.

Juana era el ejemplo de una mujer que no se dejaba vencer por las adversidades, consciente de que la vida no era fácil para una viuda y serena de una cooperativa, pero sí una gran escuela donde se aprendía que no hay mal que por bien no venga, hasta que un día, mientras trabajaba como de costumbre, llegó un gringo turista, interesado por conocer el Cerro Rico de Potosí. Apenas la vio cerca de la bocamina, en compañía de sus hijos y su perro, se sintió atraído por la belleza exótica de esa mujer de sombrero, manta y pollera.

El gringo la enamoró con buenas intenciones, la acompañó en su trabajo por las noches y, al cabo de un tiempo, le propuso matrimonio con el propósito de llevársela a su país. Así fue como Juana y sus hijos se libraron de las temibles garras del laboreo minero.

Los cooperativistas, conocedores de la miserable realidad de una serena, decían que Juana tuvo suerte, que recibió la bendición del Tata Q'ajcha y el consentimiento del Tío de la mina para encontrar un hombre de sentimientos nobles, quien, además de amarla con la sinceridad de su corazón, la haría feliz por el resto de sus días.

Desde entonces no se volvió a saber nada de Juana ni de sus hijos, salvo que dejó de ser serena en la cooperativa minera y que se marchó a tierras lejanas para no volver más a la ciudad donde nació. 

Glosario

Guardatojo: Casco de protección usado en el laboreo minero.

Jukus: Ladrones de mineral.

Paraje: En el interior de la mina: sitio o lugar de trabajo.

Serena: Mujer que cumple la función de vigilar por las noches los depósitos de mineral y los bienes de la cooperativa minera.

Tata K’ajcha: Cristo Minero. Santo Patrono. Crucifijo situado en los primeros metros de la galería principal. En Potosí, según la tradición popular, su imagen aparece como un Cristo moribundo con su “guardatojo” de minero.

Tío: Deidad. Diablo y dios tutelar que habita en el interior de la mina. Los mineros le temen y le brindan ofrendas. Su estatuilla es de greda y rocas, está colocada en el lugar de paso obligado de los mineros.

lunes, 2 de marzo de 2026

CUENTOS BREVES

Los cuentos, cada vez más breves, ganan en vigor y en tiempo. El microcuento hace gala de una técnica narrativa que gira en torno a la brevedad brevísima. Toda palabra tiene un significado específico, como si la connotación semántica del significante constituyera el eje principal del principio, la trama y el desenlace de estas brevedades que, por sí mismas, se acomodan al poco tiempo que dispone el lector para experimentar un goce estético de la lectura de un relato estructurado sobre la base de una invención sintetizada y un puñado de palabras que componen una historia comprimida como el gas en una garrafa del tamaño de un puño.

Los cuentos breves, por su propia naturaleza, corresponden a un género literario que fue cultivado desde la antigüedad tanto en Oriente como en Occidente. Los autores, desde siempre y de un modo intuitivo, sintieron el deseo y el reto de crear microcuentos, que tuviesen la virtud de abreviar las historias que, de otro modo, podían extenderse tanto en el tiempo como en el espacio. El desafío consistía en contar un hecho real o ficticio en pocos minutos y en pocas palabras, como los buenos chistes, que son mejores, muchísimo mejores, mientras menos tiempo requieran para dar la estocada final, como lo hace el matador en el ruedo de toros.

No hay nada más valioso que un autor/a, después de haber pergeñado un cuento breve, sorprenda a los lectores con su ingenio y su capacidad de no quitarle tiempo al tiempo ni el poco tiempo que tiene el lector en una sociedad cada vez más intensa y estresante, donde el hábito de leer un libro impreso es cada vez menos atractivo. Así que el microcuento debe durar, en el mejor de los casos, lo que dura un orgasmo breve pero intenso.