lunes, 27 de febrero de 2017


LO MÁS IMPORTANTE

Si alguien me preguntara: ¿Qué es lo más importante en tu vida? La respuesta sería concluyente: Las cosas más cercanas, entrañables y sencillas; por ejemplo, mi madre que me trajo al mundo y me orientó durante los primeros años de mi vida, que me dio su aliento en los momentos difíciles y me invitó sus sabrosas comidas, que eran como para chuparse los dedos; mis hermanos que me brindan su apoyo cuando se los pido, mis hijos que me arropan con su cariño y alegría en mis horas de tristeza, mis amigos que siempre están ahí cuando más los necesito; mi padre que, sin ser carpintero de oficio, construyó con sus manos la cama donde duermo, la silla donde me siento y el estante donde están mis libros.

Y como todo individuo acostumbrado a la vida gregaria, a convivir con la comunidad y la familia, necesito del apoyo decidido de la persona que, en las buenas y en las malas, está siempre a mi lado. En este caso, mi compañera sentimental es más importante que todos los gobiernos del mundo, ya que ella no sólo me proporciona confianza y seguridad, sino que, además, me ofrece su amor incondicional que es el bien más preciado al que aspira todo ser humano.

Los gremios de segunda categoría

Fuera y dentro de las cuatro paredes de mi hogar, aunque muchos opinen lo contrario, necesito los servicios de los llamados profesionales de los gremios de segunda categoría. Es decir, puedo prescindir de los cirujanos, abogados, arquitectos, matemáticos e ingenieros, pues a ellos los necesito menos que a la caserita del mercado, al cocinero, sastre, panadero, peluquero, tendero, zapatero, cerrajero y otros que, sin lucir rimbombantes rótulos en sobre el pecho, suelen ayudarme a resolver los problemas más frecuentes y cotidianos.

No tengo la costumbre de medir a los profesionales por los años que se quemaron las pestañas estudiando, aquejados por la enfermedad de la titulitis, todo por conquistar un papelito o diploma que les concede un título profesional, con la esperanza de mejorar su estatus social y económico en una sociedad competitiva y materialista, hecha a golpes de categorías, clasificaciones y discriminaciones.

En un país dividido entre unos que tienen mucho y otros que tienen poco, donde el nacimiento de un hombre es más celebrado que el nacimiento de una mujer, el ser humano no vale tanto por lo que es, sino por lo que tiene: un título profesional, un inmueble confortable, un automóvil de lujo y una sagrada familia. No en vano reza el dicho popular: Tanto tienes, tanto vales. De modo que allí donde hay higos, hay amigos, y donde no hay higos, hay sólo enemigos.

De artistas y artesanos

Si de categorías profesionales se habla, para mí se sitúan en la cúspide aquellos que, tradicionalmente, están en la base de la pirámide social, como el carpintero que es un artesano de maravillosas manos, que aprendió las técnicas de su padre desde que se inició como aprendiz. Sin embargo, aunque algunos lo llaman maestro, sigue siendo un simple artesano, así su talento y experiencia lo conviertan en un artista consumado.

En Bolivia, como en otros países donde reina la escala de valores del mejor y del peor, es común subestimar al profesional que carece de un diploma académico; pero si un europeo o norteamericano hace lo mismo que el artesano boliviano, es considerado artista, así no interprete lo real o plasme lo imaginado con recursos plásticos, lingüísticos, sonoros u otros medios de las llamadas bellas artes, ya que el artesano, conforme a la definición del Diccionario de la Real Academia de la Lenguas Española, es quien ejercita un oficio meramente mecánico y hace por su cuenta objetos de uso doméstico imprimiéndoles un sello personal, a diferencia del obrero fabril.

Si pienso de este modo será porque no estoy de acuerdo con las categorías que separan a los unos de los otros según el título profesional que ostentan, o, quizás, porque estoy hecho más de cosas pequeñas que de cosas grandes. De ahí que los artesanos de oficios varios son imprescindibles en mi vida, que es similar a la de los ciudadanos de a pie, que requieren más de los profesionales de los gremios de segundas categoría, porque comen y beben todos los días, pero no todos los días asisten a una clínica quirúrgica ni todos los días mandan a construir una casa.

Todos somos igual de importantes

No sé si estoy equivocado en mis apreciaciones, pero sostengo que todos los ciudadanos somos igual de importantes para la colectividad en la que vivimos, siempre y cuando contribuyamos en ella con lo que mejor sabemos hacer, independientemente del tipo de profesión que ejerzamos en la vida pública, donde nadie está por demás y donde todos somos necesarios para resolver los múltiples problemas que aquejan a hombres y mujeres, a niños y adultos.

Considero, asimismo, que el progreso de una nación se alcanza con empatía y solidaridad, pensando más en el bienestar de los otros que en el bienestar de uno mismo, pues no es lo mismo servir al país que servirnos del país. Y, aparte de lo señalado, lo más importante es que cada uno de los individuos unamos nuestras fuerzas e iniciativas para forjar una sociedad donde todos podamos vivir en armonía, respetando los principios de los Derechos Humanos y la democracia participativa, habida cuenta de que nuestras diferencias, si nos lo proponemos de manera consciente, podrían complementarse y convertirse más en ventajas que en desventajas, ¿o qué opina usted, atento lector?  

viernes, 24 de febrero de 2017


EL INTENDENTE MUNICIPAL DE LLALLAGUA

Cuando retorné a la ciudad de Llallagua, después de muchos años de ausencia, vi en todos los noticieros de la televisión local la imagen de un hombre uniformado, que respondía al nombre de Arturo Bautista. Poco después me enteré de que era el intendente municipal, quien se ocupaba de organizar operativos para controlar el ordenamiento del tráfico vehicular y la calidad de los alimentos en los mercados; una actividad que, a su vez, consistía en reubicar a los vendedores ambulantes y minoristas en nuevos campos feriales, para evitar que realicen su actividad comercial allí donde los peatones tenían dificultades para transitar de un lado a otro, ya que tanto los transportistas como los comerciantes avasallaban arbitrariamente las aceras y calzadas.

Un personaje visible en la ciudad

Desde aquella primera ocasión en que lo vi en la pantalla chica, se me hizo una costumbre verlo casi todos los días en los noticieros, informando sobre las peripecias de su trabajo a los pobladores, quienes, de tanto verlo y escucharlo, lo conocen como si fuera un miembro más de su familia, así no sepan cuántos años tiene y en qué calle vive, si tiene o no familia, si disfruta de algún pasatiempo fuera de su trabajo y si está o no conforme con su labor de intendente municipal.

Arturo Bautista, como todo funcionario del orden público, lleva una libreta de apuntes en el bolsillo y una cartilla con las ordenanzas bajo el brazo; luce la seriedad de una autoridad con potestad y está siempre ataviado con su uniforme de “policía municipal”, para que no lo confundan con cualquier hijo de vecino. Aunque en su caso, no creo que nadie lo confunda con el cartero, el heladero o el oficial de la Escuela de Policías, habida cuenta de que, de tanto aparecer en los informativos de la televisión local, se ha convertido no sólo en un personaje visible, sino que también en una parte del ornamento de la ciudad, donde brilla con su presencia, su inconfundible uniforme de color azul, engalanado con sus inscripciones bordadas en el brazo y el pecho de su chamarra, la gorra con visera calada hasta las cejas y la mirada al acecho de los infractores.

Siempre que se lo ve merodeando por plazas y calles, unas veces solo y otras junto a sus compañeros de la Intendencia, causa revuelo entre los infractores reincidentes que, apenas lo divisan a la distancia, se ponen con los nervios de punta y esconden la cabeza como el avestruz, en un intento por esquivar el control de los intendentes, porque saben que ellos, que son las máximas autoridades del orden público, tienen carta blanca para hacer cumplir las ordenanzas municipales con todo el peso de la ley.

Con las ordenanzas municipales en mano

El amigo Arturo Bautista, en cumplimiento de sus atribuciones, intenta socializar y aplicar a raja tabla las normas de urbanismo establecidas por la Intendencia, que es el brazo operador del Gobierno Autónomo Municipal de Llallagua, no sin antes discutir con los comerciantes, transportistas y propietarios de locales de expendió de comidas y bebidas alcohólicas que, como en acto de desacato y rebeldía, incumplen olímpicamente las ordenanzas municipales, como si estuvieran en tierra de nadie, donde no impera la ley sino el libre albedrío.

Una tarde, mientras el autotransporte hacía de las suyas en la Plaza 6 de agosto, lo detuve en seco y, extendiéndole la mano amiga, lo felicité por su encomiable labor. Él apretó mi mano y me agradeció por el gesto.

–Así estés rodeado de varios enemigos entre los transportistas y comerciantes, puedes contar con mi apoyo y solidaridad –le dije con franqueza–. Yo pienso también que es necesario imponer el orden, la limpieza y el reordenamiento vehicular…

Él asintió con un movimiento de cabeza y, despidiéndose de prisa, como estresado por el cumplimiento del deber, prosiguió su camino calle abajo, con un montón de tareas pendientes, como controlar el comercio informal, inspeccionar el tráfico vehicular, supervisar el precio y la calidad de los alimentos, para garantizar la inocuidad alimentaria de la población que, acéptese o no, es la más favorecida por la acción de la unidad de la Intendencia municipal.
   
Sin embargo, para cualquiera que ande y desande por las calles principales de Llallagua, parece que de nada sirve el haber socializado las ordenanzas municipales, el haber concientizado a los comerciantes y conductores de autos “chutos”, ya que la anarquía y el desorden siguen a la orden del día, ante la mirada pasiva de los ciudadanos de a pie.

Los operativos en calles y mercados

Arturo Bautista, que controla las calles en horario diurno y nocturno, da la impresión de tener la mano dura y ser dueño de una personalidad insobornable, aunque en el fondo de su alma es un ser sencillo y sensible. Si actúa de manera implacable es simplemente por cumplir con su trabajo, que está respaldado por las ordenanzas municipales que deben cumplirse por las buenas o por las malas.


Sus operativos tienen la finalidad de poner orden en la ciudad, limpiando las calles de vendedores que ejercen el comercio informal y exigiendo orden en el tránsito vehicular, para que los peatones, tanto niños como adultos, tengan mayor espacio para movilizarse de una calle a otra y de una acera a otra. Y no como ocurre ahora que, tanto los conductores como los tenderos, obstruyen el paso de los peatones, quienes tienen que pelearse cotidianamente con los transportistas y comerciantes, que congestionan el espacio público como si fuese su propiedad privada y no un bien colectivo de toda la población.

Los miembros de la Intendencia, que no hacen otra cosa que exigir disciplina, higiene y responsabilidad, son los más criticados y vilipendiados por transportistas y comerciantes, que no dudan en agredirles verbalmente, como una forma de poner resistencia a la incautación de sus productos comerciales o negarse a pagar las sanciones pecuniarias, que les duele en el bolsillo y en el alma, aun sabiendo que su modo de proceder infringe la normativa municipal y que se merecen una sanción estipulada por ley.

Controles “sorpresa” en locales clandestinos

En cierta ocasión, cuando le hicieron una entrevista en uno de los canales de la televisión local, Arturo Bautista contó que durante ese día realizaron un control “sorpresivo” del manipuleo de los alimentos y el estado de los mismos. Demostró, con pruebas contundentes en la mano, que decomisó algunos productos que no contaban con el registro sanitario y tenían la fecha de vencimiento caducada. Habló con voz dubitativa y con un gesto que denotaba cierta desilusión, lo que me hizo suponer que no tuvo un buen día ni una tarea fácil, y que se ganó más enemigos entre los comerciantes, quienes son capaces de vender incluso piedras del río como si fueran piedras preciosas.

Cuando un día lo encontré en la terminal de autobuses, sin su uniforme de “policía municipal”, lo aborde por la espalda y aproveché para reiterarle mis agradecimientos por la tesonera labor que realiza contra viento y marea. Él se sorprendió al verme y me contó que estaba con permiso del trabajo. Fue entonces que le pregunté en son de broma:

–Dime una cosa, Arturo. Si todos los días te buscas tantos insultos y enemigos entre los infractores de la ley, ¿qué te dice tu esposa cuando llegas a casa? Supongo que no siempre estás de buen humor, ¿verdad? ¿O las broncas te las haces pagar con ella?...

Él, asediado por mis preguntas, se limitó a esbozar una sonrisa amable, dio un paso atrás y nada me contestó.

En una población en constante crecimiento demográfico, es normal que proliferen los bares clandestinos y las cantinas nocturnas, que funcionan sin licencia en las zonas periféricas de la ciudad, donde los jóvenes, bajo los efectos de las bebidas espirituosas, protagonizan escenas de escándalo y hasta de violencia desenfrenada. Es entonces que la unidad de la Intendencia desata una “batida” en bares y cantinas. De las inspecciones “sorpresas” no se salvan las discotecas ni los karaokes que tienen las puertas abiertas hasta altas hora de la noche; cuando en realidad, según reza la ordenanza, está prohibido que los locales de servicio público atiendan a los clientes después de las once de la noche.

Una labor para precautelar la salud ciudadana

Si la unidad de la Intendencia, en sus regulares recorridos, más conocidos como “peinados”, encuentra a un propietario que no cuenta con su licencia de funcionamiento legal otorgado por el gobierno municipal, pasan a requisar el local de rincón a rincón y, si por alguna casualidad detectan bebidas alcohólicas adulteradas y de dudosa procedencia, no vacilan en confiscarlos para preservar la seguridad de los consumidores que, muchas veces, por falta de control, se vacían las botellas de “veneno” entre pecho y espalda.

Arturo Bautista, en su afán por mejorar el sistema administrativo de los comerciantes y precautelar la salud de la ciudadanía, realiza operativos de inspección en los mercados en los que, casi siempre, encuentra productos alimenticios en mal estado, que son una verdadera amenaza contra el bienestar de los consumidores; al menos, si nos atenemos a las determinaciones de las instituciones encargadas en el verificativo del control de los productos alimenticios. Por si fuera poco, en estos operativos no están libres del control ni las balanzas; si las encuentran descalibradas o “robadas”, debido a que las vendedoras tienen el objetivo de ganar un poco más a costa del desequilibrio, las decomisan hasta que las vendedoras se comprometen a no volver a vulnerar las ordenanzas emitidas por la Alcaldía.  

No pocas veces se lo vio inspeccionar restaurantes y puestos de comida ligera. Si éstos presentan un ambiente insalubre, falta de higiene en la manipulación de los alimentos o cocinas en pésimas condiciones, decomisa las ollas, platos, vasos y utensilios que no cumplen con los mínimos requisitos de salubridad. Y para que nadie le reclame por los objetos decomisados, creyendo que él y sus colegas se los llevan a casa o los venden en un “mercado negro”, Arturo Bautista convoca a la prensa para demostrar que los mismos son reducidos a nada por las ruedas de un camión de alto tonelaje.

Un ejemplo como funcionario municipal

El intendente Arturo Bautista, al margen de ser persona reservada y hasta reticente, da la impresión de ser un empleado público honesto, modesto e insobornable, como muy pocos individuos en una sociedad atravesada transversalmente por la corrupción y la desidia. Es, sin lugar a dudas, uno de los pocos funcionarios municipales que cumple con su deber a pie juntillas, sin esperar que nadie lo alague ni lo premie. Lo importante es hacer cumplir las sanciones estipuladas por el Gobierno Autónomo Municipal de Llallagua, acomodándose a la altura de quienes, en las buenas y en las malas, haga calor o haga frío, están siempre dispuestos a emprender una batalla para que el municipio tenga un aspecto más atractivo y presentable.

Por lo demás, desde el día en que nos conocimos en persona, nos saludamos cada vez que nos cruzamos en la calle, como si fuésemos dos viejos amigos, dos Quijotes empeñados en seguir luchando contra molinos de viento. No será fácil reordenar el comercio ni el transporte, pero tampoco será imposible. Todo dependerá de que todos y cada uno de los pobladores hagamos conciencia de que una ciudad ordenada y limpia es siempre un poquito mejor que una ciudad desordenada y sucia. 

lunes, 6 de febrero de 2017


LAS PALLIRIS

Las palliris, que cambiaron las polleras y vestidos por los pantalones, trabajan rescatando los residuos de mineral incrustados como chispas en las rocas que, debido a su impureza, fueron desechadas y acumuladas en las zonas aledañas a los campamentos y cerca de las bocaminas, donde las plomizas granzas parecen cerros sobre cerros.

Las palliris machacan las rocas de día y de noche. Su única compañía es su merienda, una botella de té y la bolsita de plástico con la mágica hoja de coca, tan sagrada para ellas como las bendiciones de la Virgen del Socavón, que les mitiga el dolor del alma, el cansancio, el hambre y las enfermedades.

Trabajan a sol y sombra, en medio de un paisaje frío y yermo, soportando los vientos y las lluvias, esperanzadas en rescatar el metal del diablo entre los restos de los restos que, a veces, se les esconde debajo de los pies como por arte de magia, sin lograr rescatar un solo puñado de mineral durante la jornada, que es de diez horas al día y seis días a la semana.

Sus ajadas manos, como sus dedos ennegrecidos por la suciedad y el polvo, son la prueba de que el trabajo que realizan no es de humanos y mucho menos de mujeres, pero como ellas no usan cremas para manos ni se pintan las uñas con esmalte, siguen separando, a fuerza de pulmón y martillo, lo puro de lo impuro de las rocas extraídas del interior de la mina.

Las palliris han trabajado desde siempre en condiciones infrahumanas y a la intemperie, sin tecnología ni maquinaria, arriesgando el pellejo a cambio de migajas. Palliris existían en el Cerro Rico de Potosí en la época de la colonia, cuando los dueños de los yacimientos de plata necesitaban la mano de obra de las mujeres de los yanaconas, que debían fundir la plata y trabajar en las canchaminas, picando los trozos de roca para rescatar los restos del preciado metal.

En la Era del Estaño, la labor de la palliri ha contribuido al aumento de la producción minera. Asimismo, con el respaldo de las amas de casa, se han organizado en una Asociación de Mujeres Palliris para defenderse del acoso de propios y extraños, para mejorar su condición de trabajo, para reclamar que se les conceda el mismo sueldo y los mismos derechos que a sus compañeros.

Son madres solteras, novias, viudas o hijas de mineros, que no se rinden ante los avatares de la vida ni la miseria que azota sus hogares. Cumplen con su rol de amas de casa y, a su vez, con su rol de palliris, ya que cargan la responsabilidad de mantener a una familia. Son mujeres ejemplares por su infatigable labor en el hogar y su gran coraje en la lucha; en otras palabras, más que amas de casa, son admirables armas de casa.


Después de la relocalización, en 1985, son innumerables las mujeres que, empujadas por la necesidad y la desesperación, ingresaron a trabajar en interior mina. Y, aunque muchas veces realizan el mismo trabajo que sus compañeros, ocupan el último lugar en la jerarquía de la cuadrilla y su sueldo es inferior por el simple hecho de ser mujeres. Algunas veces, como por castigo del Tío, son relegadas a cumplir labores más simples y marginales, como ser guardianes de las bocaminas para evitar el acceso de desconocidos a los rajos donde depositan las cargas de mineral.

Las mujeres que trabajan en interior mina usan medias de lana no sólo para calentarse, sino también para aliviar los dolores causados por el reumatismo o la artritis; dolorosas enfermedades que les trepa por los huesos de los pies de tanto chapotear en las aguas de copajira. Se calzan viejas botas de caucho, ajustan el pantalón debajo de las polleras, cubren sus hombros con una manta y atan sus trenzas dentro del guardatojo y, poco antes de despuntar el alba, se marchan rumbo a la mina, donde murió su marido, como antes murió su padre y su abuelo.

Esta triste realidad se repite en varias familias, donde todos saben que la hija de un minero se casa con otro minero, y cuando éstos tienen hijos, se sabe también que ellos serán mineros como su padre y como el padre de sus padres, y que probablemente morirán jóvenes, escupiendo sus pulmones después de haber entregado sus vidas a cambio del desprecio y el olvido.

Antes estaba prohibido el ingreso de las mujeres a los socavones, debido a la superstición de que la menstruación y los sollozos hacían desaparecer las vetas. Algunos cuentan que una mujer que ingresaba a la mina era seducida por el Tío, provocando así los celos y la ira de la Chinasupay y la Pachamama. Ahora su presencia no es sinónimo de mala suerte y las supersticiones han cedido a la necesidad de ganarse la vida arañando la montaña para dar de comer a sus hijos, quienes la aguardan sentados o durmiendo en un rincón de su humilde hogar, donde, a falta de un padre, abrigan las ilusiones de que algún día cambiarán el destino de sus vidas.

Ésta es la vida de miles de mujeres que, expuestas a los peligros de la montaña y machucándose los dedos a martillazo limpio, se enfrentan a un trabajo rudo y duro que las enferma, envejece y mata antes de cumplir los cincuenta años de edad.

miércoles, 1 de febrero de 2017


LAS CREENCIAS POPULARES SOBRE LA VIDA Y LA MUERTE

Las  creencias en fenómenos paranormales, espíritus, almas en pena y fantasmas del inframundo, forman parte de la fantasía humana y del imaginario colectivo en todas las culturas. En algunas de ellas, y desde la remota antigüedad, los individuos no hacen distinciones entre los objetos animados e inanimados. Esta concepción implica que los fenómenos naturales, las características geográficas, los objetos cotidianos y materiales pueden estar también provistos de alma (espíritu, pisque, mente, conciencia o como se lo llame).

El alma, según varias tradiciones religiosas y filosóficas, es el componente espiritual que poseen los seres vivos, una manifestación inmaterial que está dotada de movimiento propio, ya que puede desarrollarse independientemente de la condición física de la persona o el animal. Por cuanto es una suerte de facsímil del cuerpo material, un doble intangible que, a veces, cobra vida y se mueve con las mismas facultades que caracterizan a los seres vivos.

En algunas culturas se cree que el alma sale y entra en el cuerpo como el aire que se aspira y respira; es más, en las comunidades tribales, que viven a espaldas del racionalismo occidental, se atribuyen las enfermedades a la ausencia del alma y que, para remediar el mal, se invoca al alma errante para que vuelva a entrar en el cuerpo del convaleciente, ya que el alma es la fuente espiritual donde se generan los instintos innatos, como son los sentimientos, emociones y fantasías, que influyen de manera trascendental en la vida social y familiar.

En la tradición china, por ejemplo, cuando una persona está al borde de la muerte y se cree que el alma ha dejado su cuerpo, el abrigo del paciente es sostenido en un largo poste de bambú, mientras un curandero se esfuerza por devolver el espíritu al abrigo por medio de conjuros. Si el bambú comienza a girar en las manos del familiar, que se ha dispuesto para sostenerlo, implica que el alma del moribundo volvió a ocupar su lugar en el cuerpo.

En las culturas andinas, con predomino de la religión católica, se suele escupir tres veces al suelo cuando una persona ha sufrido un arrebato de espanto. Seguidamente, se pronuncia varias veces su nombre con la finalidad de que su alma, que aparentemente abandonó el cuerpo en el momento del espanto, acuda a los llamados y vuelva a entrar en el cuerpo de la persona para devolverle el equilibrio emocional.

El pensamiento mágico

Estas creencias populares, aun siendo contraria a la razón científica, están muy arraigadas en todas las culturas del mundo, donde las supersticiones, transmitidas de generación en generación, permiten interpretar los fenómenos paranormales que no son probables científicamente, pero que están presentes en el pensamiento mágico de los individuos, indistintamente de su condición social, racial, religiosa o cultural.

El pensamiento mágico, capaz de concebir la existencia de entidades sobrenaturales y milagros producidos por gracia divina, es una forma de pensar y razonar en que todos los elementos de la naturaleza están dotados de vida y de alma, al menos según los preceptos filosóficos del animismo, que considera que tanto lo material como lo inmaterial posee razonamiento, inteligencia y voluntad.
 
Por otro lado, el pensamiento mágico y primitivo no distingue niveles entre lo real y lo imaginario, se revela contra la idea inaceptable y abstracta de la muerte y considera que lo aparecido en el sueño o la pesadilla, posee existencia real, así las personas aparecidas estén ya en el otro lado de la vida.

Los individuos, indistintamente del lugar geográfico y la época, comparten la misma necesidad de despejar las dudas concernientes a los fenómenos paranormales y sobrehumanos, ya que de no ser así, no se creería en la existencia de muertos que están condenados a vagar como almas en pena al no poder encontrar la paz eterna en el más allá, y que, consiguientemente, permanecen atrapadas entre este mundo y el otro.

La naturaleza dual del individuo

Los fenómenos paranormales, como los mismos sueños y pesadillas, fueron contemplados en los estudios del animismo y el psicoanálisis, convirtiéndose en una filosofía o seudociencia capaz de responder a las preguntas que los humanos se formularon desde siempre; unas veces, por intuición natural y, otras, porque las creencias son inherentes a la condición humana.


En el contexto de las pesadillas, por citar un caso, no es casual que uno se reencuentre o comunique con muertos, como si ellos se reaparecieran para decir o hacer algo que dejaron pendiente mientras estaban vivos; una experiencia mental que al hombre primitivo le llevó a concebir la idea de que existe una parte incorpórea en los seres vivos, que sobrevive a la disolución del cuerpo físico después de la muerte.

La convicción de la naturaleza dual del humano, que combina lo material y lo espiritual, tiene sus orígenes en la mente del hombre primitivo, quien creía que los fenómenos naturales, como los rayos y truenos, lo mismo que las plantas, piedras y animales, tenían también un alma parecida al de los seres humanos; una percepción que ha trascendido hasta las sociedades modernas, donde existen creencias y supersticiones basadas en el animismo.

El animismo divide el mundo en una realidad y una suprarrealidad, en un mundo fenoménico visible y un mundo espiritual invisible, en un cuerpo mortal y un alma inmortal. Los usos y ritos funerarios no dejan duda alguna de que el hombre del neolítico comenzó ya a figurarse el alma o espíritu como una sustancia que se separaba del cuerpo. La visión que la magia tiene del mundo es monística; ve la realidad en forma de un conglomerado simple, de un continuo ininterrumpido y coherente; el animismo, en cambio, es dualista y funda su conocimiento y su fe en un sistema de dos mundos (Hauser Arnold, Historia social de la literatura y del arte, Ed. Guadarrama/Punto Omega. Ed,, Labor, S.A., Barcelona, 1979, p. 26).

La vida después de la muerte

La mayoría de los sistemas de creencias animistas sostienen que existe un alma que, alejándose del cuerpo físico, sobrevive a la muerte, porque es la parte inmaterial o espiritual de la esencia humana. Tampoco son ajenas las visiones de quienes creen en la existencia de un vínculo estrecho entre las almas de los vivos y los muertos. Y, a pesar de las controversias sobre si el alma pertenece o no a la sustancia divina, la religión judeo-cristiana sostiene la creencia de que Dios formó al hombre del polvo y le concedió vida soplándole en sus narices el aliento divino, por cuanto el primer hombre de la creación vino a ser alma viviente a partir de un elemento material como es el polvo.

Cuando se da el deceso de una persona, se cree que su cuerpo queda en la tierra, pero que su espíritu se eleva al cielo o cae en las catacumbas del infierno. El cristianismo promete que si uno tiene fe en Dios, será redimido de sus pecados, salvado de los suplicios del infierno y gozará de una vida eterna en el reino de los cielos. En este caso, la resurrección es un ejemplo de que la vida no termina con la muerte. Jesucristo, tras ser desclavado de la cruz y sepultado fuera de los muros de Jerusalén, resucitó entre los muertos y retornó espiritualmente hacia los suyos.

La creencia de que los humanos pasan a otra vida después de la muerte es una concepción común en varias religiones y filosofías. Es decir, los muertos son seres que pasan de la vida terrenal a otra que es mejor y que está en el más allá. Otros creen que el espíritu de los muertos se reencarnan en otros seres vivos como los animales domésticos o silvestres, o que, simple y llanamente, retornan al reino de los vivos manifestándose como almas en pena, sobre todo, cuando el alma de un difunto no encuentra paz en la tumba y se aparece de forma perceptible y descarnada en los sitios que frecuentó en vida.

En pleno siglo XXI se sigue creyendo en la existencia de fantasmas y almas en pena, a pesar del desarrollo de una corriente positivista, escéptica y científica, que intenta desacreditar esta superstición sobre las fuerzas espirituales, que está lejos de todo razonamiento lógico y materialista, incluso lejos de algunos principios de la religión católica, que considera la superstición como una expresión sobrenatural de las idolatrías paganas y demoníacas.

Cuentos de espanto y aparecidos

En diversas culturas suelen referirse cuentos de espanto y aparecidos como si fuesen acontecimientos de la vida real y cotidiana, pese a que la creencia en la existencia de almas o fantasmas contiene elementos ficticios e inverosímiles, que perturban algunas de las sensaciones inherentes a la condición humana. Así, en las culturas ancestrales latinoamericanas, desde antes de la colonización y la irrupción de los catequizadores, se creía en que el alma era algo intangible y que podía seguir vivo, en forma de espectro o espíritu, tras el deceso físico de la persona.


Asimismo, los cuentos de espanto y aparecidos del imaginario popular, emparentables con las supersticiones y los elementos sobrenaturales, suelen contarse como acontecimientos de la vida real y cotidiana, como ocurre con las creencias de la fe religiosa que, siendo contrarias a todo tipo de evidencia científica, no se conciben como supersticiones sino como hechos evidentes registrados en las Sagradas Escrituras, en cuyas páginas, en mi criterio, convergen dos mundos: el real y el mágico.

Los cuentos de espanto y aparecidos se encuentran en el límite de la credibilidad, donde apenas un hilo sutil separa a la realidad de la ficción; más todavía, puede afirmarse que estos cuentos, transmitidos por medio de la tradición oral, están basados en elementos de la realidad, aunque son distorsionados por la imaginación en la medida en que se añade al argumento ingredientes ilusorios y se les atribuye a los personajes facultades sobrenaturales propias de las narraciones fantásticas, que se caracterizan fundamentalmente por la combinación de la realidad y la ficción.

martes, 17 de enero de 2017

ALICIA EN EL PAÍS DEL SUEÑO


Alicia, la niña de rostro angelical y sonrisa dulce, juega con sus gatas recostada en el sillón, donde se sumerge en el sueño delante de la brasa que crepita en el fogón.

En el sueño se le presenta un problema y el problema requiere solución. Ella se incorpora en el sillón, salta al patio a través del espejo y corre sin apenas rozar la hierba, hasta alcanzar un monte desde cuya cima contempla una extensa llanura, cruzada por arroyos que forman los escaques de un gigantesco tablero de ajedrez.

En el país del sueño, donde los insectos tienen voz y las gatas son reinas encantadas, Alicia se dispone a jugar al ajedrez. Así, antes de que el sol bañe el campo con su dorado resplandor, sortea los obstáculos y salta por encima de los arroyos, sin detener los pasos ni volver la mirada.

De pronto, en medio de las frondas batidas por la brisa, escucha mi voz parecida al pitido de un tren:

–Soy yo –le digo–. El rey blanco que sueña contigo mientras escribo este cuento.

Ella me mira con dulzura, lanza un suspiro y prosigue su camino.

–¡Jaque! –grita alguien.

Alicia voltea la cabeza y fija la mirada en el unicornio de un caballo azabache, cuyo jinete está enfundado en roja armadura, casco cónico con nasal y cota de mallas que le llega más abajo de las rodillas.

–Considérate mi prisionera –le dice, manteniéndose lanza en ristre.

Alicia, luciendo un vestido floreado que baila con la brisa, desoye la amenaza y se acerca hacia el jinete. Entorna los párpados y acaricia la crin del caballo. En ese trance, otra voz estalla a sus espaldas; es la voz del caballero ataviado de blanco, quien, apeándose del brioso corcel y haciendo venias, saluda a su futura reina. Ella contesta el saludo y le ordena montar en el corcel para enfrentarse a su rival, quien lo está mirando severamente, como retándolo, al límite de emprender la embestida.

Alicia aprovecha el desconcierto y se escabulle detrás de un árbol, cuya sombra se proyecta como un pozo insondable a sus pies. Tiene temor en los ojos y la respiración atascada en el pecho. Se sujeta del árbol y observa a los caballeros enfrentándose en duelo.

–Es mi prisionera y no permitiré que te apropies de ella –advierte el caballero rojo.

–Era, querrás decir –corrige el caballero blanco.

Los caballos relinchan echando babas por el belfo y los jinetes, mirándose frente a frente, se trenzan en un feroz combate, hasta caer abatidos en medio de un estrépito de lanzas y armaduras.

El caballero rojo se levanta pesadamente, se acomoda a horcajadas en el lomo ensillado de su caballo y se retira a galope tendido.

El caballero blanco, que fue lanzado por los aires y rodó por el suelo, demora tanto en ponerse de pie como en montar al corcel; lleva armas de guerra, un yelmo que relumbra a cielo abierto y una cota de mallas tejida con anillos de hierro. Afloja las riendas, espolea los ijares con sus tacones claveteados y avanza a pasitrote, como si flotara en la nada.

Alicia, que no quiere ser prisionera sino reina, hunde la cabeza en el pecho y clava la mirada en el suelo.

–Pierde cuidado –asiste el caballero blanco, espada corta en el cinto y lanza en mano–. Seré tu escudero hasta que cruces el último arroyo.

Alicia se retira del árbol, levanta la mirada y agradece la cortesía con una sonrisa a flor de labios.

Cuando Alicia llega a la orilla del último arroyo, donde comienza y termina el gigantesco tablero de ajedrez, el caballero blanco se despoja de su yelmo, se arregla el bigote y dice:

–Sólo hace falta que cruces el arroyo para ser coronada como reina.

Alicia se despide del caballero blanco, quien le salva la vida y la guía en el camino. Cruza el arroyo de un brinco y cae sobre un remanso de flores y de hierbas.

En el país del sueño, como en el tablero de ajedrez, donde todo tiene su lugar y su tiempo, Alicia es coronada con una diadema engastada en relumbrante pedrería; entretanto yo, su rey blanco, me resisto a despertar por temor a que se apague cual una vela.

Al concluir la ceremonia, Alicia es despertada por el ronroneo monótono de sus gatas y el gigantesco tablero de ajedrez desaparece como por ensalmo, pues el mundo onírico no es más que el reflejo invertido de la realidad, donde Alicia soñó que la soñaba.

lunes, 16 de enero de 2017


LAS ALMAS DE CATAVI

En el patio de una envejecida vivienda, ubicada detrás de la antigua Casa Gerencia de Catavi, se escuchan los ladridos de un perro que parece enloquecer cada vez que oye el prolongado silbido de una sirena instalada en el techo del Teatro Simón I. Patiño. Esto sucede todos los días, perro y sirena invaden el silencio al filo de la madrugada, cuando ni siquiera la luz del alba alcanzó a filtrarse en las viviendas ni los primeros rayos del sol lograron posarse en la punta de los cerros.

Los caídos en la masacre de Catavi

El perro sale de su caseta, bate la cola a diestra y siniestra, y comienza a aullar como si el lamento de las almas en pena se hubiese desatado en su interior, hasta que las trompetas de la sirena dejan de ulular y la población vuelve otra vez a la calma, al mismo tiempo que el perro vuelve a meterse en su caseta construida con cajones de dinamitas.

Las mujeres más supersticiosas están seguras de que el perro ve el ánima de quienes perdieron la vida accidentados en el Ingenio Victoria, sin despedirse de sus padres, esposas ni hijos. Pero también que ve el alma de los mártires que cayeron abatidos en la masacre de la pampa María Barzola, la mañana del 21 de diciembre de 1942, cuando una marcha de mineros y palliris se dirigía hacia la Gerencia de Catavi, para reclamar por sus derechos laborales, al son de atronadores gritos de protesta, cachorros de dinamita, banderas rojas tendidas al viento y un pliego petitorio aprobado en asamblea general.


El perro, que tiene una alzada regular, la pelambre negra y cerdosa, moderadamente larga, y la mirada profundamente triste, como la de los perros de la puna, acostumbrados a pelear contra los soplos del viento y las corrientes de aire frío, corretea por el patio haciendo cabriolas, siempre que su dueño le sirve su comida en un plato de fierro losado, y, aunque no es un perro de caza sino de casa, persigue a los gatos del vecindario como si fuesen sus presas.

Espíritus en sitios emblemáticos

Apenas asoman las penumbras del ocaso, despierta de su extendida siesta, abre sus melancólicos ojos y agita su cabeza, da saltos impulsándose sobre sus patas traseras y, haciendo restallar la cola como un látigo en el aire, enseña sus afilados colmillos bajo la luz de la luna que, en las noches despobladas de estrellas, parece un plato de porcelana suspendido sobre los cerros. Es un perro inteligente, hiperactivo, de orejas largas y actitud valiente, tan valiente que es capaz de enfrentarse, con bravura y potente ladrido, a las almas que merodean por las cercanías del Teatro Simón I. Patiño, el Hospital Obrero y la antigua Casa Gerencia, en la que ahora no habitan más los espíritus de las gringas y los gringos que, en su condición de técnicos de la empresa, vivieron como verdaderos aristócratas a costa del sudor de los obreros, gozando de todos los privilegios en las amplias y cómodas viviendas, que actualmente están abandonadas y desoladas, como si un colosal ventarrón hubiese cruzado por esta población minera, llevándose consigo toda su grandeza y esplendor, tras la aplicación del Decreto Supremo 21060 y la posterior relocalización, que provocó una masiva emigración de sus habitantes hacia el campo y las ciudades.

El perro y la sirena

La sirena, que cada mañana y cada noche se escucha en Catavi, se parece en algo a la sirena que había en Siglo XX, la misma que primero sirvió para hacer señales en un barco mercante chileno y luego para indicar la hora de entrada y salida de los trabajadores mineros; y, como no podía ser de otra manera, para convocar a las asambleas en la Plaza del Minero, donde la sirena, que emitía un sonido estridente desde la azotea de la sede sindical, jugaba un rol importante en los momentos en que se agudizaban los conflictos sociales, cuando anunciaba la presencia militar, las masacres y apresamientos de los dirigentes.

Cuando la sirena toca por última vez en Catavi, cerca de la medianoche, el perro se arma de coraje para ahuyentar a las almas de los obreros muertos en el Ingenio Victoria y la pampa María Barzola, con la misma bravura con que aleja a los extraños que se acercan a la puerta del patio, donde el perro ladra y aúlla como un lobo herido, hasta que la sirena se calla como por mandato supremo en medio de la oscuridad.


Los cataveños aseguran que, a eso de la medianoche y cuando la sirena invade los dominios del silencio, el perro detecta con su fino olfato el olor del almita del minero que se hizo volar con cartuchos de dinamita. Dicen que el animal lo ve como a un ser esquivo y huidizo, como si sintiera miedo, el mismo miedo que él provoca con su presencia entre los vivos. Los testigos revelan que, algunas noches, el almita se aparece como una silueta ensangrentada en las paredes de la antigua Casa Gerencia y, otras veces, convertido en el espectro de una persona mutilada que se desliza con agilidad felina, que traspasa los muros de las habitaciones, sin necesidad de abrir puertas ni ventanas, y que se detiene en el jardín que parece un paraíso, donde contempla la belleza cromática de las flores y el macizo tronco de dos enormes árboles, en torno a los cuales solían jugar los hijos de los gerentes de la empresa.

El almita del minero inmolado

Su paso por las habitaciones deja impregnado un olor a dinamitas y carne chamuscada, y su presencia en el jardín de la antigua Casa Gerencia es breve, tan breve que apenas dura lo que dura el toque de la sirena, porque cuando ésta enmudece de golpe, el perro deja de ladrar como si le hubieran cortado la lengua. Sólo entonces vuelve a meterse en su caseta y se tiende a descansar sobre las frazadas sucias y deshilachadas que, a veces, aparecen en el patio expuestas bajo el sol.

El almita en pena, que el perro ve todas las noches, corresponde al minero que se inmoló de manera atroz y sin precedentes. Quienes lo conocieron en los campamentos de Siglo XX y Catavi, donde vivió y trajinó desde muy joven, aseveran que el almita no encuentra el descanso eterno desde su trágica muerte, acaecida aquel martes 30 de marzo del 2004, cuando entró en el edifico anexo del Congreso Nacional, a unos cincuenta metros del Palacio de Gobierno, armado con varios cartuchos de dinamita adheridos al cuerpo. Los policías de seguridad, que intentaron arrebatarle los detonadores que llevaba en las manos, forcejearon un instante con el minero, hasta que éste los activó y la explosión los hizo volar por los aires en medio de una ventolera de fuego, sangre, polvo y hojas de coca.

La onda expansiva, que se oyó a varias cuadras a la redonda y llegó hasta el corazón mismo de la sede de gobierno, hirió al menos a diez policías, hizo añicos los vidrios de las ventanas y dejó mutiladas a las víctimas, cuyos cuerpos volaron como piltrafas de muñecos de trapo, disparados por el soplo de la explosión. Y eso que no se activaron todas las dinamitas, ni las que el minero llevaba sujetas en la espalda ni los cinco kilos de explosivos que cargaba en el maletín. Poco después, los restos dispersos fueron metidos en bolsas negras de polietileno y retirados del edificio, donde no quedó más que escombros, manchas de sangre, pedazos de carne chamuscada y las hojas de coca que el minero llevaba en una bolsita de plástico.

El almita no retornó para vengarse

Las personas que no se movieron de Catavi, por nada ni para nada, ni antes ni después de la relocalización, cuentan que al almita del minero inmolado, que parece haber retornado desde el más allá para reclamar sus derechos en la Gerencia de la Empresa Minera Catavi, se lo siente por las noches como un vientecillo helado, incluso se escuchan sus pasos en los adoquines de la Avenida Bolívar y se lo escucha llorar en los pasillos fríos y vacíos de lo que antes fuera el Hospital Obrero, donde se encienden y apagan las luces por las noches, mientras se escuchan quejidos y lamentos por todas partes.


Los lugareños cuentan que el almita llora por sus wawitas que quedaron huérfanos y por la desgracia de sus compañeros que perdieron su trabajo, pulpería y hogar, y, por si fuera poco, que quedaron en la cochina calle. Él no hizo más que exigir justicia en honor a la verdad, porque cuando se hizo volar con los cartuchos de dinamitas, estaba reclamando la devolución de sus aportes al sistema de jubilación, después de haber trabajado 14 años en la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL).

El almita no ha retornado para hacer daño, afirman una y otra vez. Él no quiere descargar su venganza contra nadie. Sólo quiere que hagamos penitencia para que no se condene como espíritu maligno. Por eso rezamos a su nombre, para que un día encuentre la paz en su última morada, porque en vida fue una persona muy buena y querida. No hizo daño a nadie, pero tampoco se puede negar que tuvo una muerte por demás violenta. Hacerse volar con dinamitas debe ser como comprarse un pasaje directito al infierno, ¿no ve?

El almita se aparece en varios sitios

Parece que no quiere marcharse de Catavi. Se ha quedado con nosotros y entre nosotros, porque estaba ligado afectivamente a la producción minera y a las personas que lo querían y respetaban. Ésa es la razón por la que su alma descarnada, que está atrapada entre el mundo de los vivos y los muertos, se manifiesta en diferentes lugares. Algunos lo han visto ingresar al Teatro Simón I Patiño, sentarse en el sillón de cuero del palco de preferencia, que antes estaba reservado para el gerente de la empresa. También lo han visto ingresar en la Escuela de Enfermería, donde los papeles de la oficina vuelan encima del escritorio sin que nadie los toque. Eso no es todo, otros cuentan que, pasada la medianoche, cuando el perro negro, que vive cerca de la antigua Casa Gerencia, deja de ladrar y la sirena deja emitir un sonido capaz de despertar a los muertos, el almita se mete en el Sauna Turco de los baños termales y hace fila en las ventanillas de lo que antes era la pulpería de la empresa.

Como nadie atenderá las demandas del minero que, por no tener jubilación, trabajo ni pan que llevar a su casa, se inmoló en el edifico anexo del Congreso Nacional, su ánima seguirá deambulando por las dependencias de la antigua Casa Gerencia, mientras el perro, que vive encerrado en el patio de la casa envejecida, persiguiendo a los gatos y espantando a los intrusos, seguirá ladrándole toda vez que oiga el agudo ulular de la sirena, que inunda el silencio desde por la mañana hasta la media noche.

Las almas de palliris y mineros

Los aullidos del perro, que se confunden con el ulular de la sirena, son una prueba fehaciente de que las almas de las palliris y los mineros muertos en circunstancias trágicas, no han encontrado la paz eterna en su tumba; al contrario, retornaron para hacer cumplir sus demandas laborales en las oficinas de la Gerencia de la Empresa Minera Catavi que, hoy por hoy, están desmanteladas desde que se produjo el retiro colectivo de los trabajadores, quienes cargaron sus pertenencias en los camiones Leyland y dejaron los campamentos rumbo a otros horizontes, con la esperanza de encontrar nuevas y mejores condiciones de vida.

En tanto en las calles y casas de esta población, cuya grandeza parece haber sido borrada de un plumazo de la historia del movimiento obrero boliviano, se quedaron las almas de las palliris y los mineros que, noche tras noche, son ladrados por el perro que los ve aparecerse cada vez que oye el ulular de la sirena instalada en el techo del Teatro Simón I. Patio, único monumento que permanece intacto desde que el magnate minero mandó a construirlo con bloques de piedra labrada y con la intención de preservarlo para la posteridad, como uno de los mayores símbolos de la primera gran industria minera, que se instaló al pie de los cerros volcánicos de Catavi.  

lunes, 9 de enero de 2017


EL LABERINTO DE LOS SUEÑOS

El psiquiatra suizo Carl G. Jung, en su abundante contribución a la comprensión de la psicología humana, manifestó que el sueño no sólo es un desván de los deseos reprimidos, sino también un mundo que forma parte de la vida real, así el sueño no se manifieste como un pensamiento racional sino por medio de imágenes alegóricas.

Sigmund Freud, por su parte, insistió en que los sueños son importantes en la vida de las personas; primero, porque ayudan a resolver los conflictos emocionales acumulados en el subconsciente y, segundo, porque tienen la función de satisfacer los deseos inhibidos y censurados por el entorno social.

El sueño es el lenguaje simbólico del inconsciente, un cuarto de espejos donde nos miramos la cara; unas veces más joven y, otras, más viejo; unas veces más sano y, otras, más enfermo. Los sueños se parecen a las películas de ficción, cuyos directores y protagonistas somos nosotros mismos. En el sueño todo es posible, incluso volar, amar, odiar, morir o sobrevivir a los peligros. No es casual que parte de nuestros instintos reprimidos se proyecten en los sueños eróticos, donde el sexo, como en los cuadros surrealistas, está simbolizado por una llave introduciéndose en la cerradura, una mano empuñando el bastón o un ariete echado abajo una puerta; una suerte de alegoría sexual que nos permite satisfacer los deseos reprimido en el inconsciente.

Si el sueño tiene la función de aliviar la realidad existencial, entonces es saludable zambullirse en los sueños para encontrar el cofre escondido del inconsciente. Y si el cofre, en lugar de contener riquezas, contiene maldades como la Caja de Pandora, lo mejor será abrirlo para dejar huir a las criaturas que atormentan, como Aladino dejó escapar al genio escondido en la lámpara maravillosa; de lo contrario, se corre el riesgo de que el cofre de los sueños se convierta en una carga pesada para el cuerpo y la conciencia.

A pesar de las explicaciones psicoanalíticas, que intentan interpretar nuestro fuero interno, hay todavía quienes ocultan y niegan el mensaje de los sueños, atrapados por un miedo profundo y supersticioso a la novedad y lo desconocido. Peor aún si en los sueños se revelan los instintos agresivos y demoníacos, como en este grabado de Francisco Goya, donde los búhos y murciélagos bullen sobre la cabeza de quien sueña junto al epígrafe: El sueño de la razón produce monstruos, puesto que el sueño, como un acuario, tiene vida propia debajo de la superficie.

El sueño es una suerte de laboratorio, donde no pocos pensadores encontraron la solución a ciertas ideas que les zumbaba en la cabeza. René Descartes se planteó varias de sus tesis filosóficas en los sueños. Albert Einstein se formuló la ley de la relatividad en el sueño. Isaac Singer, que conocía el mecanismo del telar, inventó la máquina de coser a partir de un sueño en el cual, contrariamente a la sabia advertencia de Cristo, vio atravesar camellos por el ojo de la aguja. August Kekulé von Stradonitz descubrió la estructura molecular del benceno luego de soñar con serpientes que se mordían la cola y a Robert Louis Stevenson se le reveló en el sueño la trama de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hydde.

Los sueños son la voz del inconsciente, una llave que sirve para abrir las puertas de la vida pasada y, quizás, para allanar el camino de la vida futura, pues algunos aseveren la existencia de sueños premonitorios, en los cuales creen encontrar, como en una bola de cristal, el destino final de sus vidas. Martín Luther King decía tener el sueño de que un día los afroamericanos serían libres, en tanto Martín Lutero tenía ataques de pesadillas, como si su mundo inconsciente quisiera salir a gritos hacia la superficie. Y, aunque en su vida oficial era un hombre recatado y un cura que se autocensuraba ante sus feligreses, en los sueños se veía paseando por las catacumbas del infierno, al igual que Dante en su Divina comedia.


El sueño se agrava cuando se convierte en pesadilla, una suerte de ensueño que puede causar miedo y terror. Las pesadillas, de manera frecuente, producen sensaciones desagradables de angustia, ansiedad y tristeza. Las pesadillas son, a veces, como viajes realizados al subconsciente de uno mismo, como si uno buceara en sus adentros para encontrarse con los monstruos y fantasmas que habitan en el fondo del alma.
 
Aunque esta experiencia onírica es una forma de reproducir las fuertes impresiones de la vida que, durante el proceso de la pesadilla, se proyectan como imágenes y guiones incoherentes, que más parecen las escenas entrecortadas de una película sin principio ni final, no es raro que uno se vea transportado a escenarios conocidos y con detalles verídicos, donde se dialoga con personas conocidas y desconocidas, pero casi siempre al filo del espanto y el horror.

En las pesadillas no sólo se ven seres vivos, como humanos o animales, sino también objetos inanimados, como si ellos poseyeran alma o espíritu. Por eso mismo, uno tiene la sensación de que, durante el trance de la pesadilla, el alma abandona el cuerpo y realiza un viaje al más allá, donde todo es imposible, salvo el encuentro con la divina providencia.

Las pesadillas, hasta el siglo XVIII, eran consideradas como obras de monstruos y almas retornadas de la muerte, para aterrorizar a los durmientes que vivían con la mala conciencia por haber cometido un pecado contra la ley divina. Sin embargo, en la actualidad se sabe que las pesadillas, además de ser producidas por el exceso de comida, alcohol, drogas o ciertos fármacos antes de dormir, son generadas por causas fisiológicas, tales como la fiebre y el estrés, o por algún trauma psicológico que permanece latente en el subconsciente.

Por otro lado, en el mundo bíblico se explica la importancia de los sueños, como una forma de ponerse en contacto con Dios y como una forma de explicar las causas y consecuencias de una historia escrita de antemano. El profeta Daniel, siete siglos antes de Jesucristo, tuvo sueños premonitorios en una prisión de Egipto, así como por medio del sueño se enteró José de que su esposa -la Virgen María- concebiría un hijo por obra y gracia divina. Por lo tanto, los sueños premonitorios tienen la virtud de anunciarnos los sucesos mucho antes de que ocurran en la realidad. No en vano Carl G.Jung intentó explicar este fenómeno onírico cuando afirmó que el sueño no sólo servía para restablecer el equilibrio psíquico, sino también para advertir los peligros de la vida presente. Si se desdeñan las advertencias de los sueños -sentenció- pueden ocurrir verdaderos accidentes.

Ahora bien, si los sueños premonitorios fuesen ciertos, yo quisiera que alguien me explicara, en lenguaje claro y conciso, cuál será el futuro que me depara el destino después del último sueño en el cual se me quitó la vida, pues en él vi la imagen de una bestia parada al lado de mi cama, entre el velador y la cabecera. Estaba cubierta con una capa negra y sujetaba un enorme cuchillo en la mano; tenía los ojos y los pelos de Medusa, mientras sus labios, rojos como flores de amapola, esbozaban una sonrisa dejando entrever los escorpiones de su lengua.

La miré absorto y, aunque intenté moverme y gritar, permanecí petrificado entre el terror y el espanto. Ella se abrió la capa de un tirón y me enseñó su sexo, cuya abertura desprendía una hilera de gusanos blancos a lo largo de las piernas. Luego levantó el cuchillo y me lo asestó sin asco. Me cortó la carne y me dispersó en pedazos. Yo tenía la cabeza intacta y la sensación de seguir con vida. Escuchaba mi respiración entrecortada y veía cómo mi corazón latía en el suelo, arrancado ya de mi pecho, y cómo los pedazos de mi cuerpo se movían como la cola cuarteada de una lagartija.

Consumado el acto, la bestia se esfumó entre las penumbras del cuarto y yo junté los pedazos de mi cuerpo para huir del sueño. Desde entonces no he dejado de pensar en este grabado de Goya, quien, sin ser profeta ni psicoanalista, sabía que en el laberinto de los sueños moraban los monstruos domados por la razón.