lunes, 15 de octubre de 2018


LA TUMBA DE CÉSAR VALLEJO

La mañana que tomé el metro en París, rumbo a la estación Raspail, cuya salida conduce a una de las entradas del famoso cementerio Montparnasse, la muchedumbre se apiñó en el andén para meterse en cualquiera de los vagones, como si huyeran de un incendio que devoraba a la Ciudad Luz.

Me apeé en la estación de mi destino y dirigí mis pasos hacia el cementerio Montparnasse, ubicado en un barrio de la bohemia parisina, en el número 3 del boulevard Edgar Quinet; un camposanto abierto en 1824, que ocupa alrededor de 19 hectáreas y alberga unas 35.000 tumbas.

Hace tiempo que tenía curiosidad por visitar la tumba de César Vallejo (Santiago de Chuco, Perú, 1892 – París, Francia, 1938), quien fue uno de los mayores innovadores de la poesía del siglo XX y el máximo exponente de las letras hispanoamericanas; un revolucionario en las ideas y las palabras. No en vano transitó por todos los niveles del lenguaje, pulverizando las normas estéticas y retóricas de la poesía convencional. Su interés por la innovación poética lo llevó a crear un nuevo lenguaje a través de una gramática de deslexicalización del mismo, con una sintaxis, ortografía y semántica muy personal e inconfundible, al puro estilo estético de los movimientos dadaístas y surrealistas de su época.

Cuando ingresé en el cementerio, donde descansan los restos de muchos personajes célebres, tanto franceses como extranjeros, me vi perdido como en un laberinto de nunca acabar. Caminé por una suerte de callejones que conducían en todas direcciones y entre lápidas con los nombres de ilustres escritores como Emile Zola, Víctor Hugo, Ernest Renan, Stendhal, Alejandro Dumas hijo, Samuel Beckett, Marguerite Duras, Eugène Ionesco, Guy de Maupassant, Charles Baudelaire, Tristan Tzara, Emili Cioran, Julio Cortázar, Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, entre otras celebridades.

Después de una agotadora caminata y tras haber leído en las lápidas los nombres grabados de hombres y mujeres que, con sus vidas y obras, iluminaron nuestra mente y llenaron nuestro corazón, me dirigí hacia donde yacían los restos de vate peruano bajo un sol que ardía en las alturas.

Cuando llegué al lugar, me sorprendió ver que la tumba de César Vallejo, poeta comunista y revolucionario, estuviese rodeada por lápidas de personas con apellidos notables o títulos respetables. Pero mayor fue mi sorpresa al constatar que el sepulcro, que parecía hecho de dolor y soledad, recibía innumerables visitas y lucía flores rojas como la sangre.

Estar al lado de su tumba era suficiente motivo para pensar que Su cadáver estaba lleno de muerto e imaginarlo tal cual aparece en esa famosa fotografía captada por Juan Domingo Córdoba y fechada en 1929, donde está sentado en una grada de los jardines de Versalles, con un aspecto de poeta dandi: camisa blanca, traje oscuro impecable y zapatos brillantes como su cabellera peinada hacia atrás como las alas de un cuervo. La foto revela también a un hombre taciturno, con el rostro de líneas angulosas, el ceño fruncido y la mirada perdida en el horizonte, como si estuviera inmerso en una profunda meditación; tiene una nudosa mano sosteniendo su huesudo mentón, y la otra, en la que luce un impresionante anillo, sujetando la empuñadura de su bastón. Al lado de él está sentada su esposa Georgette Marie Philippart Tavers, quien aparece sosteniéndole, probablemente por solicitud del poeta, su sombrero gris con cinta negra.


Al ver esta fotografía cuesta hacerse una idea de que este poeta, que fue retratado de cuerpo entero, hubiese tenido penurias de orden económico y existencial, hasta que escarbamos en las investigaciones de sus biógrafos, que no dudaron en echar luces sobre las penumbras de un inmigrante que se movía al borde de un precipicio social; una situación que experimentó Vallejo desde que llegó a París, donde vivió -sobrevivió-, deambulando de pensión en pensión y de alojamiento en alojamiento, sin que faltaran las veces en que, por falta de recursos económicos, se viera obligado a pasar la noche en la intemperie.

Sin embargo, el poeta no se dio por vencido y siguió buscando un asidero en una ciudad multifacética y cosmopolita, sin dejar de dedicarse con pasión a la literatura. Incluso trabó contacto con Juan Larrea, Vicente Huidobro, Pablo Neruda y Tristan Tzara, con quienes compartía el sueño de colaborar en publicaciones que difundieran su obra escrita tanto en verso como en prosa. Con Larrea fundó la revista Favorables París Poema, y con Pablo Abril de Vivero el semanario La Semana Parisién, publicaciones que, a pesar de su importancia, tuvieron vida efímera.

Aunque sabía que se reunía con sus amigos en tertulias y reuniones informales, incluso en sesiones de espiritismo en las que se convocaba el alma de un mercenario ruso para enviarlo a España, con la misión de acabar con la vida del dictador Francisco Franco, me preguntaba si alguna vez estuvo en una brasserie, como La Coupole, degustando del menú, tomándose cervezas frías y vinos añejos de Château Mont-Redon, o en un ambiente más relajado e intelectual, como el café Flore de Saint Germain, donde se reunían Albert Camus, Simone de Beauvoir, Boris Vian y Jean-Paul Sartre, junto a otros intelectuales y bohemios que, entre copa y copa, intercambiar noticias literarias, confrontar principios filosóficos o, simple y llanamente, repetían los versos de Rimbaud o Verlaine entre humos de cigarrillo.

Con todo, cabe recordar que Vallejo encontró dos amores que le encendieron el corazón y tuvo épocas en las que consiguió trabajos eventuales como periodista y profesor de Lengua y Literatura, hasta que en marzo de 1938, sufrió de agotamiento físico y fue internado en el hospital por una enfermedad desconocida. No se trataba de la misma hemorragia intestinal, de la que fue operado en 1924 y de la que se restableció favorablemente, sino de otra que comprometía seriamente su salud. Los galenos hicieron todo lo que estuvo a su alcance, pero César Vallejo, a pesar de los esfuerzos que hizo por aferrarse al amor y la vida, falleció el 15 de abril, que no fue un día jueves, como él vaticinó en su poema «Piedra negra sobre una piedra blanca», sino un viernes santo, sin aguacero y sin que los médicos supieran diagnosticar la causa  exacta de su enfermedad.

Su cuerpo embalsamado fue velado en la Mansión de la Cultura, su elogio fúnebre estuvo a cargo del escritor francés Louis Aragon y su entierro se realizó en el cementerio Montrouge (Monte Rojo), donde reposó hasta el 3 de abril de 1970; año en que sus restos, por voluntad de su viuda Georgette, fueron trasladados al cementerio Montparnasse (Monte Parnaso), donde fue enterrado por segunda vez en una tumba ubicada en la doceava división, cuarta Línea del Norte, número 7.

Sobre el grueso y reluciente mármol, donde está grabado su nombre, la fecha de su nacimiento y muerte, se lee el siguiente epitafio: J'ai tant neigé pour que tu dormes (He nevado tanto, para que duermas), que su viuda Georgette le dedicó al poeta, quien, por su vida llena de angustias, orfandad, violencia y dolor, hubiera cambiado el epitafio por otro que lo definiera mejor, quizás hubiese elegido esos versos suyos que dicen: Hay golpes en la vida tan fuertes... ¡Yo no sé! o Yo nací un día/ que Dios estuvo enfermo.

A la hora de despedirme y alejarme de la tumba, no dejaba de pensar en el invalorable legado literario de este gigante de las letras hispanoamericanas, de este magnífico autor de los poemarios Los heraldos negros (1918), Trilce (1922) y Poemas humanos (1939); las novelas Fabla salvaje (1923) y El Tungsteno (1931); los relatos Escalas (1923), Paco Yunque (1931); los ensayos Rusia 1931. Reflexiones al pie del Kremlin (1931) y España, aparta de mi este cáliz (1939). 

Estando ya fuera del cementerio Montparnasse, con la mirada tendida en las anchas avenidas de asfalto y los enormes edificios de acero y vidrio hormigón de una ciudad que nunca dejó de evocar su glorioso pasado ni dejó de proyectar las ilusiones de su porvenir, seguía con la imagen de César Vallejo atravesada en la memoria, sobre todo, con la imagen de esa tumba donde yacen sus restos después de tantos años de vida difícil, inaparente, miserable, acosado por enfermedades, desdichas económicas y, en cierto modo, desilusionado de un París que no siempre acogía bien a sus hijos adoptivos, quienes llegaron de otras tierras tras la búsqueda de mejores oportunidades de vida. Aun así, el poeta oriundo de Santiago de Chuco, el niño a quien le daban duro con palo y con guasca, prefirió morirse en París, mientras se repetía a sí mismo: Me moriré en París con aguacero,/ Un día del cual tengo ya el recuerdo./ Me moriré en París –y no me corro–/ Tal vez un jueves, como es hoy, de otoño…

No hay comentarios :

Publicar un comentario