sábado, 11 de marzo de 2017



EL NÁUFRAGO

Desde que el náufrago sobrevivió milagrosamente a la tragedia y arribó a la isla a bordo de una pequeña lancha, impulsándose con los brazos como si fuesen remos, los nativos se preocuparon por cuidar de su salud y bienestar. Lo consideraban un ser nacido de las espumas del mar. Incluso le entregaron a una joven mujer para que le diera descendientes y le complaciera en sus más íntimas necesidades.
 
El náufrago, que poseía alma de aventurero y una genuina curiosidad por conocer más de lo debido, se adaptó rápidamente a los usos y costumbres de una comunidad de tradiciones milenarias, cuyos habitantes, cobrizos de piel y recios de cuerpos, aunque sólo tenían un taparrabos como única prenda, estaban ataviados con ornamentos de oro; un material con el que forraban sus templos y en el que fundían la imagen de sus dioses, que eran tantos que incluso algunos confundían sus nombres.

Cuentan que el mismo náufrago, que fue encontrado exhausto sobre las finas arenas de la costa, una noche en que la luna se hundió como un deslumbrante balón entre las encrespadas olas, estaba impresionado de ver a los nativos con tantas joyas, que los convertía en los seres más afortunados de este planeta; una realidad que él jamás soñó ni imaginó cuando se embarcó en la carabela portuguesa, que zarpó del puerto de Lisboa rumbo a tierras desconocidas, y cuyos tripulantes, tras vencer intermitentes huracanes y espesos sargazos, se fueron a pique antes de avistar la isla, que si bien era hermosa, era también en extremo peligrosa.   

Algunas zonas de la isla, aparte de presentar una vegetación tropical, estaban llenas de desfiladeros, pantanos y ciénagas, poco o nada explorados por los propios nativos, que no se atrevían a penetrar en sus entrañas, debido al temor de que en esas tierras, infestadas de bichos inmundos y voraces cocodrilos, pertenecían a una fiera con forma de alacrán, patas con tenazas y una larga cola con la que estrangulaba a sus presas que osaban ingresar en los territorios de su dominio.

El náufrago no tardó en darse cuenta que estaba en una comunidad hecha de mitos y leyendas, donde todos creían en que las serpientes tenían espíritu y las tarántulas eran la reencarnación de las mujeres que abandonaron a sus hijos y maridos, de manera que no era raro que creyeran también en que un pájaro, con características de ave rapaz y vuelo rápido, produjera rayos y truenos antes de que se desatara una endemoniada tempestad capaz de inundar las aldeas y cambiar el curso de los ríos.

No en vano los niños que veían a un animal nocturno, como la lechuza o el murciélago, sobrevolando por encima de la aldea a plena luz del día, imaginaban que podía ser un chamán que se transformó en ese animal durante una sesión ritual en la cual se ponía en contacto con los dioses tutelares y el espíritu de los seres que moraban en el reino de los muertos.

El náufrago, aun sabiendo que las atroces muertes en la isla no se daban por armas de guerra, sino por las tenazas y colmillos de una fiera de aspecto espeluznante, se dejó vencer por la curiosidad y decidió internarse en una de las zonas prohibidas, con la intención de encontrarse cara a cara con esa fiera temida y mitificada por los nativos. Estaba convencido de que él saldría ileso de esa nueva aventura, atenido a que era un mensajero de Dios y que, por eso mismo, era inmune a morir de una manera inusual y despiadada.

El náufrago se endilgó por una boscosa cañada, hasta que llegó a un pantanoso río, donde todo parecía tener vida. Avanzó como si caminara por arenas movedizas, apoyándose en una rama de considerable tamaño y grosor. La fiera, al escuchar sus pasos que parecían chapotear en el fango, se escondió detrás de un macizo tronco, desde donde acechó al náufrago, quien se fue internando más y más en un sitio lleno de alimañas y animales acuáticos, hasta que, de pronto, la fiera se le apareció con una impresionante voltereta, lanzó un espantoso bramido y lo atacó de manera fugaz y violenta. El náufrago, orinándose en los pantalones, empezó a rezar como si las plegarias pudieran salvarlo de la muerte; entretanto la fiera, enseñándole sus colmillos y chasqueando su cola como chicote de caporal, lo sujetó por los brazos y las piernas y le rompió el espinazo con sus tenazas. Después lo jaló a la orilla del río, donde troceó su cuerpo a mordiscos, sacudiéndolo de un lado a otro, mientras la sangre entintaba el agua y los restos de carne saltaban por doquier.

Los isleños más viejos, al enterarse de que el náufrago no retornó de los dominios de la fiera, cuya dentadura era capaz de demoler el esqueleto de un solo mordisco, dedujeron que su espíritu acabó reencarnándose en un enorme cocodrilo, como quien se mete en el interior en un animal salvaje, con el cual no sólo se identifica de manera emocional, sino que también adquiere su aspecto y textura física. Por cuanto había que suponer que el espíritu del náufrago, que dejó de ser lo que era, pasó a convertirse en un animal cuya piel, cubierta de duras escamas desde la cabeza hasta la cola, parecía una armadura protectora hecha de rocas, que sus extremidades pasaron a ser sus patas en forma de paletas y que su boca se le alargó como un hocico forrado de dientes poderosos y afilados.

Uno de los chamanes de la comunidad, atribuyéndose el mérito de haberlo visto durante un trance de alucinación, contaba que el espíritu del náufrago vivía en un río cubierto de una frondosa vegetación, que más parecía una alfombra verde tendida sobre la superficie del agua, que casi siempre estaba echado sobre un montículo de tierra firme como un lagarto petrificado, con la boca abierta y los dientes expuestos a la luz del sol, donde algunas aves, paseándose dentro de su alargada mandíbula, le extraían los insectos y le escarbaban los restos de carne incrustados entre sus dientes. Además, el náufrago, convertido en cocodrilo, no sólo poseía dentadura en su mandíbula inferior y superior, sino también en la cola, en los nudos de las patas y en otras articulaciones del cuerpo.

Cuando se metía en el agua, los demás cocodrilos y animales acuáticos lo trataban como a un hermano. Tenía un fino oído y una visión increíble, pues podía divisar a su presa a varios kilómetros de distancia. Aunque su cuerpo era pesado y se arrastraba con la panza colgada al ras del suelo, podía desplazarse con rapidez en los terrenos pantanosos, empujándose con sus patas cortas, cuyos dedos estaban unidos por membranas que le permitían nadar con la destreza de los palmípedos silvestres.

Cuando detectaba a su presa por medio de las vibraciones y cambios pequeños en la presión del agua, se sumergía con las fosas nasales cerradas y la boca abierta; mientras sus ojos, con el iris color plateado y la pupila vertical como la de los gatos, podían ver con la misma nitidez tanto en el día como en la noche, y su retina, que reflejaba la luz de la luna, hacía que sus ojos brillen en la oscuridad como chispas de fuego.

Si tenía que recorrer distancias largas, adoptaba un paso alto; levantaba el cuerpo del suelo y corría como un lagarto en un terreno pantanoso, y cuando se empeñaba en capturar a su presa, que huía espantada al advertir su presencia, podía galopar y alzarse sobre sus patas traseras, como si relinchara apoyándose sobre su musculosa cola, que, estando metida dentro del agua, le permitía impulsarse como una lanchita a motor, sin apenas hacer ruido ni alborotar la superficie del pantanoso río.

Así fue como el espíritu del náufrago, convertido en un cocodrilo por las fuerzas misteriosas habidas en las zonas prohibidas de la isla, pasó a formar parte de las leyendas de los nativos, quienes contaban que el animal era tan grande que podía engullirse a una persona de un solo bocado.

Decían que era tan peligroso, que apenas la sombra de otro animal, que caminaba por la orilla pantanosa del río, tocaba la superficie del agua, podía ser atrapado por una feroz dentellada y luego ser ahogado debajo del agua. Y si la presa luchaba por sobrevivir, el cocodrilo volvió a emerger a la superficie, donde daba giros de la muerte, retorciéndose hasta que la presa, que se volteaba junto con él de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, terminaba siendo devorado como una miserable salchicha.

Los nativos transmitían por tradición oral la leyenda de que el náufrago, que un día encontró la muerte en las tenazas y colmillos de una temible fiera, y cuyo espíritu se reencarnó en otro animal del pantanoso río, fue el único cocodrilo que sobrevivió al fuego de los volcanes y a los maremotos que modificaron la geografía de la isla desde mucho antes de que los conquistadores europeos se asentaran en las tierras del Caribe. 

jueves, 2 de marzo de 2017


ASTRID LINDGREN, ÍCONO DE LA LITERATURA INFANTIL

La escritora Astrid Lindgren, cuyo nombre completo es Astrid Anna Emilia Ericsson, nació en la granja de Näs, cerca de Vimmerby (Småland), al sureste de Suecia, el 14 de noviembre de 1907. Fue la segunda hija de un matrimonio de campesinos. Su infancia, según sus propias confesiones, fue feliz y estuvo llena de protección, gracias al amor recíproco que hubo entre sus padres a lo largo de sus vidas.

Los hermanos Ericsson, interrumpiendo sus momentos de juego, tenían que ayudar en la granja; una obligación que les otorgó el sentido del deber, la responsabilidad y, sobre todo, la autoestima, al mismo tiempo que disfrutaban del aire libre y de los ejercicios físicos que les exigía la labor agraria. Quizás por eso, Astrid Lindgren, recordando sus años de infancia, consideraba que la vida en el campo le permitió cultivar el cuerpo, la mente y la imaginación.

No cabe duda de que la célebre autora creció entre animales silvestres y carruajes tirados por caballos, tal y como apunta en su libro Mina påhitt (Mis invenciones). Fue en la granja de sus padres que Astrid Lindgren desarrolló una sensibilidad especial hacia la condición humana y la naturaleza; un espíritu ecologista y de respeto hacia la madre tierra que, de manera implícita o explícita, se reflejan vivamente en las páginas de su obra literaria.

Las vivencias como material literario

Está claro que las experiencias de su infancia ensombrecieron cualquier otra experiencia posterior en su vida. Nunca perdió a la niña que habitaba en su interior ni dejó de usar los recuerdos de su infancia como vitales recursos en la elaboración de sus libros, cuyos temas y  personajes, tanto niños como adultos, están ambientados en una naturaleza llena de bosques, lagos y paisajes que, para los lectores no escandinavos, parecen escenas arrancadas de los cuentos de hadas. 

Nunca perdió la referencia de los olores, colores, imágenes, sonidos y sentimientos que experimentó de niña, y su escritura proyecta la misma intensidad y frescura con que un infante descubre el mundo, mientras le encanta trepar a los árboles, subir a los tejados y hacer travesuras junto a los niños del barrio o la escuela. De ahí que no es casual que los lectores de su obra se vean transportados a la época y el lugar donde transcurrió su infancia. Ella recordaba vivamente y con lujo de detalles cómo era ser una niña campesina y cuáles eran sus preferencias y deseos a distintas edades.

Todos sus personajes de ficción –sobre todo Pippi– están dotados de una imaginación y creatividad poderosas, que son dos de los elementos más característicos del desarrollo emocional e intelectual del niño, quien no sólo explora en su entorno para comprenderlo mejor, sino también para representarlo e incorporarlo en su actividad lúdica. Los críticos especializados en su obra coinciden en señalar que la literatura lindgreniana está inspirada en las aventuras y la felicidad de su infancia, que transcurrió en la pequeña provincia de Småland.


Cuando Astrid Lindgren tenía 18 años de edad, su infancia y adolescencia se acabaron tras un inesperado embarazo, pero no por esto dejó de vestirse a la moda, ni dejó de disfrutar del jazz ni dejó de bailar las populares músicas de la época. No deseaba casarse con el padre de su hijo y prefirió considerarse madre soltera. Se dice que fue la primera muchacha en Vimmerby que se cortó el pelo por encima de los hombros en actitud de rebeldía; una conducta que pronto causaría revuelo entre los suyos y despertaría los chismes entre los habitantes del pueblo, obligándola a marcharse de casa y refugiarse en Estocolmo, la capital sueca, donde tomó cursos de mecanografía para convertirse en secretaria y luego trabajar en una oficina. 

Los inicios de una exitosa carrera

En 1934 empezó a escribir historias navideñas y otros textos breves que, luego de meterlos en un sobre, los envía a la redacción de los diarios locales. Astrid Lindgren jamás escribió bajo los dictámenes de la moda o el capricho de un editor, sino empujada por la irrefrenable necesidad interior de expresarse por medio de la palabra escrita.

Escribió su primer libro a los 38 años sobre una niña rebelde, llamada Pippi Calzaslargas, que surgió en los días en que su hija Karin, de siete años de edad, se enfermó de neumonía. Mientras estaba convaleciente, le pidió a su madre que le relatara las fascinantes historias de Pippi Calzaslargas, una huérfana de 9 años que, además de tener una descomunal fortaleza física, vivía con un caballo y un mono como únicos compañeros. Se trataba, en realidad, de una personaje de ficción basada en las experiencias que tuvo la autora en su infancia y cuyas acciones estaban contextualizadas en la pintoresca región de Småland, donde el invierno se llena de nieve, la primera estalla en flores multicolores y el verano exhibe una exuberante naturaleza, con sus lagos de cristalinas aguas, sus casas de madera pintadas de rojo, sus estrechos callejones y sus empinadas calles.

Astrid Lindgren, sin pensar demasiado, plasmó en hojas de papel las fabulosas historias sobre Pippi Calzaslargas, para obsequiárselas a su hija Karin el día de su décimo cumpleaños. Ese mismo año, 1944, como empujada por una fuerte intuición de que su literatura tendría un brillante porvenir, envió el manuscrito a la prestigiosa editorial Ruben & Sjögren, que no demoró en rechazarlo por contener episodios que no se ajustaban a la realidad de los niños suecos y, sobre todo, porque abordaba situaciones controversiales que atentaban contra la moral de quienes estaban educados bajo las normativas de la religión protestante.


La autora no se dejó intimidar por la crítica de los lectores de la editorial y siguió escribiendo historias arraigadas en una rica tradición popular, con muchos chistes, relatos y anécdotas, que ella escuchó en su infancia tanto en su entorno familiar como social, hasta que, tiempo después, se presentó a un concurso de literatura infantil, en el que obtuvo un segundo premio, más la publicación de su primer libro Cartas de Britta Mari. De modo que, entusiasmada por el premio, revisó el manuscrito de Pippi Calzaslargas y lo presentó en 1945 a la misma editorial que lo había rechazado un año antes; más todavía, Astrid Lindgren no sólo logró que se publicara el libro, sino que trabajó como editora en esa misma editorial entre 1946 y 1970, promocionando obras destinadas al público infantil y juvenil.

La trascendencia de su obra

Está por demás decir que su consagración llegó tras la publicación de Pippi Calzaslargas y una serie de libros para niños que, gracias a su singular estilo y calidad literaria, se tradujeron a decenas de idiomas y se vendieron en todo el mundo. En la actualidad, está considerada como una de las escritoras más trascendentales de la literatura infantil del siglo XX.

Los temas de sus libros, lo mismo que sus protagonistas, son irreverentes según los cánones de la educación retrógrada y moralista. No obstante, su narrativa, acorde a las necesidades emocionales y la fantasía infantil, se estableció como una lectura que despertó el interés de los pequeños lectores. Sus protagonistas son, unas veces, fuertes e inteligentes, y, otras veces, débiles y con dudas. En sus libros sobre Pippi Calzaslargas, como en la trilogía Los niños de Bullerbyn (1946), se respira un aire de humor anárquico y una rebeldía contra el autoritarismo familiar y escolar. La autora, consciente de que la literatura es un medio a través del cual puede transmitirse el respeto a los derechos humanos, jamás dejó de manifestar su defensa decidida de los valores de la paz, el ecologismo y el feminismo.

Entre sus obras cabe destacar también la serie de cuatro libros protagonizados por Emil, un niño que vive en una granja y que, en una popular adaptación televisiva, fue rebautizado como Miguel el travieso; la celebradas historia sobre El Superdetective Blomkvist (1946), una saga sobre un niño detective, que contiene reflexiones profundas sobre la relación entre niños y adultos, y otras obras como Karlsson del tejado (1955), Mío, mi pequeño Mío (1954), Vacaciones en Saltkrakan (1964), Los Hermanos Corazón de León (1973) y Ronja, la hija del bandolero (1981), sólo para citar algunas.


Sus obras le ganaron prestigio internacional y le hicieron merecedora del Premio Hans Christian Andersen, considerado el Nobel de Literatura Infantil y Juvenil, en 1958; recibió el galardón Nils Holguerson, en 1950; el Premio Nacional de Literatura de Suecia, en 1957; la Medalla de Oro de la Academia Sueca, en 1971; el Premio de la Paz, otorgado por los libreros alemanes; el Premio Internacional del Libro de la UNESCO, en 1993; el Premio Right Livelihood, llamado también Premio Nobel Alternativo, que concede el parlamento sueco, en 1994.

Una fundación en su memoria

Astrid Lindgren falleció de una infección viral el 28 de enero de 2002, en su casa ubicada en Dalagatan, en un céntrico barrio de Estocolmo, donde vivió desde los años 40 de la pasada centuria. Poco después de su deceso, su residencia se convirtió en museo y lugar de atracción turística, lo mismo que la casa donde nació, en Vimmerby, cuyos barrios y campos fueron los escenarios donde trascurrió su infancia y adolescencia, y que hoy son mundialmente conocidos, debido a que en este sureño pueblo de Suecia tienen su medio de acción la mayoría de los personajes de su vasta y magnífica obra literaria.

Asimismo, el gobierno sueco decidió instituir un premio en su memoria, destinado a destacar a los escritores, narradores orales, promotores de lectura e ilustradores de Literatura Infantil y Juvenil de todos los países del mundo. El premio Astrid Lindgren Memorial Award (ALMA), administrado por Kulturrådet (Consejo Nacional de Cultura) desde 2002, asciende a los cinco millones de coronas suecas, que anualmente se otorga a los premiados en la ciudad de Estocolmo, con la presencia de destacadas personalidades del ámbito cultural y literario.